¡CUÁNTO ENSEÑA LA VIDA AL QUE ESTÁ ATENTO!
TAL VEZ ESTÉ DEL REVÉS NUESTRO MUNDO
La historia que me dispongo a contar al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos se la escuché narrar a mi heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, en el despacho del bufete del que antaño fui socio fundador y hogaño soy su presidente, durante una de las habituales visitas que aprovecha a hacerme el susodicho, mientras me hallo dormido, hecho un tronco, descansando en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, esto es, mientras sueño.
Puede que él fuera otrora el protagonista de la anécdota que contiene y encierra el suceso onírico, pero me la contó como si él se hubiera limitado a ser un alumno más de la clase, mero testigo presencial, directo, del hecho. Un compañero y amigo suyo, Esteban, había sido castigado por el maestro, porque, según criterio del docente, este discente le había contestado una burrada. Evaristo, el maestro, que era muy listo, le había preguntado a Esteban si, como así lo aseveramos cuando rezamos el Credo, Dios, amén de omnisciente, era todopoderoso; y el alumno, que fue castigado al rincón izquierdo del fondo de la clase, de cara a la pared, de rodillas y con los brazos en cruz, vaya, otro incomprendido, y de resultas de todo ello, crucificado, le respondió que no. Y lo razonó, poco más o menos (no recuerdo todas ni el orden exacto de sus palabras), así: Teniendo en cuenta todos los desastres y todas las desgracias que ocurren en el mundo, en el supuesto de que Dios exista, extremo que hay que poner en tela de juicio, no puede ser, en modo alguno, ni omnisciente ni todopoderoso. Si existe y, además de omnisciente, es todopoderoso, de nada sirve que lo sea, porque no lo demuestra, ya que esa doble virtud divina no tiene las consecuencias apetecidas. A los hechos me remito. En resumen, en el caso de que Dios exista y sea omnisciente y todopoderoso, perdón por el galimatías o confuso juego de palabras que sigue (pero estas sí que las rememoro tal cual las dijo), esto es lo que arguyo, que Dios demuestra haberse desasido (desconozco la razón) de la mano de Dios.
Apenas dos o tres minutos después de que acaecieran los hechos narrados en el párrafo anterior, llamó a la puerta de la escuela (esta era la de un pueblo pequeño, de unos mil habitantes), con los nudillos de su diestra quien la abrió, entró y dijo ser un inspector del Ministerio de Educación. Y, como así nos había aleccionado el maestro, siguiendo un ademán ascendente de su brazo, nos pusimos toda la clase, incluido él, en pie, y dijimos, al alimón, de mancomún, lo que habíamos ensayado varias veces: “Buenos días, señor inspector”. Solo permaneció en su rincón, en la posición descrita arriba, el alumno castigado, Esteban. El inspector se acercó a la tarima, a la mesa del docente, le alargó la mano a este, y Evaristo se la estrechó. Desde esa nueva posición, el inspector reparó entonces en la presencia del arrodillado. Le preguntó directamente al alumno por qué había sido castigado, y él respondió que por haberle contestado una burrada al maestro. ¿Qué burrada ha sido esa, si puede saberse?, le interrogó el inspector. Que Dios no es omnisciente ni todopoderoso, si es que existe, que esa es una cuestión previa, que habría que debatir y tratar de resolver con antelación, y no baladí, le respondió Esteban; y añadió; si existe y lo es, de nada sirve que lo sea, dada su proverbial inacción, su ausencia de corolario o recorrido. ¿Quién te ha enseñado eso? Mi abuelo Damián. ¿Acaso es filósofo? No, tabernero, pero le gusta mucho escuchar a quienes acuden a la cantina que regenta y luego, cuando cierra la taberna y vuelve a casa, le gusta leer. ¿Qué es lo que más te ha llamado la atención de cuanto te ha enseñado o lo último que has aprendido de él? Ayer me leyó la “Carta sobre la Felicidad” (o “Epístola a Meneceo”), de Epicuro de Samos. ¿Qué aprendiste? Que lo más sensato que puedes hacer con la muerte es no pensar en ella. Esta puede sobrevenirte en el momento más inesperado. Y me aconsejó no tenerle ningún miedo, porque, mientras yo viva, ella no aparecerá, y, cuando ella haga acto de presencia, yo ya no estaré vivo.
Antes de despertarme aún oí las palabras que “Metomentodo” adjudicó al inspector: ¡Cuánto enseña la vida al que está atento! Tal vez esté del revés nuestro mundo. Quien debería aprender nos enseña, y quien no nos comprende nos castiga.
Ángel Sáez García