El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Un chicle fue la causa de mi miedo…

UN CHICLE FUE LA CAUSA DE MI MIEDO

A MORIR, QUE ARRAIGÓ CUANDO ERA UN CRÍO

Que la vida es una contradicción o, mejor, un rosario o serie de ellas, lo empecé a sospechar (y más tarde a constatar) cuando yo no era más que un infante de corta edad. Comprobé que las lágrimas podían tener como origen tanto una sensación de dolor o sentimiento de pena como una impresión contraria, la de dicha a raudales o alegría y risa a espuertas. Uno podía llorar por esto y también por su opuesto, por supuesto.

El suceso crucial de ese serial de contradicciones me ocurrió a los 16 años, cuando, como consecuencia funesta de un accidente de tráfico, mi mecenas y hermano mayor José Javier murió el 25 de diciembre de 1978, hace 47 años ya, sí, Navidad. La natividad del Señor coincidió con el óbito de mi protector. Y en ese hecho luctuoso prendió la llama, que aún sigue viva, de mi ateísmo actual.

A mí, de “muete” (así se conocía y llamaba en Tudela al mocete o muchacho por aquellos años, finales de los setenta), tendría 6 o 7 primaveras, y a otros niños del barrio, de parecida edad, quinta arriba, quinta abajo, nos entusiasmaba acudir, nada más empezar a sonar el repiqueteo alegre de campanas, a la salida de la iglesia/parroquia de Lourdes, seguros de que los sacramentos que se habían administrado dentro eran los gozosos, sobre todo, el bautismo y el matrimonio. ¿Por qué? Porque los deudos o amigos de los recién bautizados o casados habían comprado previamente caramelos o peladillas para lanzarlos antes de que salieran los bebés o contrayentes (para estos últimos guardaban el clásico y arrojadizo arroz). Recuerdo haber recogido del suelo pesetas y algún duro. Arraigada la costumbre, nada afeaba y enfadaba más a los recién casados que escuchar a la patulea de críos congregada allí cómo les cantaba, en el supuesto de que faltaran los dulces susodichos, la cantinela o el remoquete iterativo, un endecasílabo cabal, que les zahería tanto su orgullo, de “boda cagada, porque no echan nada”, ya que, además, se había corrido la voz de que esa circunstancia daba mal fario a la nueva pareja.

En contraposición, nada nos daba más grima y repelús a los entonces habituales a la plaza actual del padre jesuita Jesús Lasa, promotor de las casas baratas del barrio de Lourdes (que, a la sazón, carecía de nombre; y luego se le adjudicó la del papa Pío X, XI o XII; si me pidieran que me decantara, optaría o me quedaría, a ojos cerrados, como haría el peripatético Aristóteles, si hubiera estado en mi lugar o pellejo, con el del medio, porque en él, según el estagirita, se hallaba la virtud; en este caso, la verdad, Pío XI, por tanto), que ver el coche fúnebre a la entrada/salida del recinto religioso mencionado. Es más, a mí me sucedía lo mismo que a mis quintos, que detestaban escuchar, tanto como me repelían a mí, sobremanera, los sonidos agudos de las notas que sonaban a réquiem, y huíamos del lugar como de un apestado.

Como yo no tuve un hermano, primo, amigo o vecino que fuera enfermo crónico, de crío tenía la sensación indócil de que iba a vivir siempre, de que era inmortal, pero hoy reconozco, e insisto en ello, que me molestaban mucho los funerales y toda su parafernalia. Me incordiaba oír tocar a muerto.

Pero llegó el día, de infausto recuerdo, en el que tuve la certeza de que iba a morir también, como cualquier otro congénere o semejante, y fue una sensación desagradable, lamentable. Hoy me da risa rememorar la anécdota, pero lo pasé fatal. No he olvidado que mi madre me mandó hacer lo que fuera y yo, como si oyera llover, no le hice caso. Ella estaba limpiando el interior de la nevera, que entonces se hallaba en el vestíbulo de casa y yo andaba haciéndole burla y monerías por la espalda. Inesperadamente, ella se volvió y me dio un susto de muerte y, de resultas del mismo, me tragué el chicle que tenía en la boca. Como le había escuchado decir varias veces que la goma de mascar era veneno, me entró el pánico. Y más aún, cuando me dijo mi progenitora, Iluminada, que eso había sido castigo de Dios, y que me iba a morir. ¡Qué angustia, Dios mío! Faltó poco para que ocurriera el hecho. Más veces, inopinadamente, me he tragado un chicle, pero aquella, por ser la primera, quizá, y al ir acompañada de todo lo dicho arriba, la recuerdo casi con total fidelidad.

También recuerdo, cada vez que acudo a un tanatorio a dar el pésame a los familiares y amigos del difunto (ora fuera o se sintiera ella, él o no binario) o a un funeral, cuatro versos, del quinto al octavo, que forman una redondilla, de la “Letrilla lírica” de Francisco de Quevedo, que dicen así: “¿De qué sirve presumir, / rosal, de buen parecer, / si aun no acabas de nacer / cuando empiezas a morir?”

   Nota bene

   Con el paso del tiempo, y el poso que ha ido dejando este en mi piel y en mi cacumen, he podido comprobar, de manera fehaciente, que es una fetén, una verdad indisputable, inapelable, ese aserto cuya autoría adjudiqué otrora y sigo atribuyendo ahora a mi mentor literario por antonomasia, fray Ejemplo: No temas nunca nada de los muertos; solo los vivos pueden lastimarte.

Olvidábaseme de decir (confío, deseo y espero que a nadie le haya molestado que el abajo firmante de estos renglones torcidos haya aprovechado la ocasión, pintiparada, para hacer un guiño a Cervantes, pequeño homenaje al que se había hecho acreedor), que, leyendo unos versos del poeta metafísico inglés John Donne, que pertenecen a la Meditación XVII de su “Devotions Upon Emergent Occasions” (1624), tuve cuanto tomé por epifanía o revelación, la clave que abría y explicaba mi barruntado, intuido o presentido miedo cerval a la muerte. Son los mismos que le sirvieron al novelista norteamericano Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura en 1954, para rotular una de sus obras, “Por quién doblan las campanas” (1940): “La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo formo parte de la humanidad; por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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