A QUIEN MADRUGA DIOS LE AYUDA… Y GOZA
Aunque haya quienes no lo vean así (verbigracia, algunos errados dirigentes del PSOE —no falta, entre ellos, quien ha cometido la bajeza moral y morrocotuda torpeza de achacar los malos resultados de las recientes elecciones al Parlamento aragonés a Javier Lambán, un socialista como la copa de un pino, sensato y con opinión propia, que pudo marrar, como cualquier hijo de vecino, pero no se dejó pastorear por dogmáticos guías de grey, que no aceptaban disidencias u objeciones, y que ya no puede defenderse del fuego amigo, porque no fruyó del don que sí disfrutó el ave fénix, de renacer de sus propias cenizas, porque sus restos mortales lo impiden—), como hacer autocrítica nunca sobró, ni está ni estará de más, y tiene otro aspecto beneficioso, faceta positiva o virtud, ya que viene a afianzar o reforzar la independencia de criterio de cada sujeto, a mí me agrada ponerla en práctica y, asimismo, promoverla entre mis semejantes, los demás, que, además, jamás están de más. Y es que aún recuerdo fielmente qué escribió fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro y se lee al comienzo del parágrafo 35 del discurso décimo tercero, rotulado “De lo que sobra y falta en la Física”, del tomo VII de su “Teatro crítico universal”: “Así yo, ciudadano libre de la República Literaria, ni esclavo de Aristóteles, ni aliado de sus enemigos, escucharé siempre con preferencia a toda autoridad privada, lo que me dictaren la experiencia, y la razón”.
Pongamos un ejemplo clarificador, como recomendaría hacer Eusebio Arteaga Piérola, alias fray Ejemplo, para que todo quede diáfano, transparente, como el cristal de una ventana. Aunque me precio de tener buena y aun excelente memoria, a veces me olvido de que otrora fui (y todavía acarreo o porto conmigo a ese crío) un infante travieso y hasta asilvestrado, ya que quienes saborean ahora dicha condición, cuando soy sexagenario, sesentón, me molestan sobremanera, pues no me permiten concentrarme al ciento por ciento y, por ende, impiden que corone mi tarea de escribir de manera óptima, en las condiciones más propicias o favorables.
No he echado en saco roto la mejor apología que hizo de mi época de chico, adicto a las trastadas o travesuras, la hermana mayor de mi progenitora, mi tía Felicitas: “Dame a un niño como mi sobrino Angelito, travieso, sí, y haré de él, cuando sea adulto, un hombre de provecho”. ¡Menudo vaticinio! Como me sentí concernido, son muchos los años que llevo esforzándome para que el augurio u oráculo de mi tía se cumpla. Ese argumento se lo adujo a quien había acudido a su casa para quejarse de un comportamiento infantil, y, por tanto, sin malicia, de servidor. La verdad es que ahora no recuerdo cuál fue, porque mis fechorías (las que hice y se me pueden achacar, y las que se me adjudicaron, pero tuvieron otro actor o autor) fueron muchas.
A mí, de “muete” (palabra que se usaba antaño en Tudela para referirse a un mocete o muchacho), me gustaba madrugar para ver en la tele un combate de boxeo, deporte que le flipaba a mi padre. Le entusiasmaba tanto como la pelota (pero no yendo y viendo esta sobre el césped de un campo de fútbol, que no le disgustaba ver, sino en el frontón), su preferido hobby. Y recuerdo, en esas ocasiones, el refrán que profería su mui: “A quien madruga Dios le ayuda”. Luego aprendí que el refranero español era tan rico y amplio que para cada paremia había otra que la corregía, refutaba o atenuaba. Y, así, al susodicho refrán se le solía oponer otro que aireaba esto, que “no por mucho madrugar amanece más temprano”.
Eso, ver de madrugada combates de boxeo en la pantalla de la tele, ocurría en Tudela, pero, de vacaciones, cuando subía a Cabretón o Cornago, los pueblos originarios de mis padres, el hecho de madrugar tenía distinto fin u objeto.
No diré el nombre de pila, para que no tengan los probables lectores de las dos localidades riojanas mencionadas, sí, y de esta pieza literaria, urdidura o “urdiblanda”, firmada por servidor, la posibilidad de afearle la conducta, pero en una de las dos poblaciones (usaré la misma estrategia que utilizó Cervantes, pero con otra pretensión, para que, aunque los lugareños se devanen los sesos, no consigan su propósito, saber de quién se trata) uno de mis primos (la prole de mis abuelos paternos José y “Goya” fue de media docena, pero la de mis yayos maternos Leocadio y Cruz llegó a la decena) me enseñó (arriba ya quedó reconocida mi calidad de niño asilvestrado) a cazar pajarillos (con cepos, “costillas”); y debo admitir, cuando ahora la concienciación y la sensibilización sobre el tema ha mejorado muchos enteros, bienvenido el progreso, que disfrutaba un montón coronando dicha labor. Si afirmara lo contrario, mentiría como un bellaco o bribón, acción que sigo culminando, pero solo cuando escribo literatura de ficción. ¿Acaso la acabada de mentar no consiste en mezclar verdades y mentiras al antojo del autor o hacedor, siempre que esa fusión sea verosímil, creíble?
Hubo un tiempo en que madrugaba para escribir (y otro, anterior, en el que trasnochaba para llevar a cabo la misma actividad). Ahora, como el hombre es un animal de costumbres, he habituado mi cuerpo y mi mente para hacer tal cosa por las tardes a diario y los fines de semana a cualquier hora.
Ángel Sáez García