DE BIEN NACIDO ES SER AGRADECIDO
Y DEMOSTRARLO CON TUS FRUTOS U OBRAS
Está claro, cristalino, que el artista (ella, él o no binario) es un ente solitario. ¿Servirá de algo añadir, a renglón seguido, que la rima no ha sido buscada? Bueno, si le preguntas, quizá te manifieste (una forma de escabullirse y sortear lateral o tangencialmente la cuestión) que le apetece estar acompañado por su numen, de sus musas (si son varias), pero si tú lo ves trabajando, sin que él te vea, a través del agujero de la cerradura antigua de la puerta de su estudio, verbigracia, haga lo que haga, escriba, esculpa o pinte, comprobarás, de manera fehaciente, que está solo, tanto como la una.
Un artista, si lo es de verdad, y tú te encargas de espiar las evoluciones de su tarea de continuo, está todos los días al pie del cañón, a ras de obra. Puede que no se halle trabajando físicamente, pero está rumiando una idea, tal vez la próxima que, una vez diseñada, se dispone a emprender. A veces la obra, para ser coronada, culminada, necesita de un solo trazo o línea y él, una vez preparado para llevar a cabo esa labor, lo/a da y, regularmente, se siente satisfecho del fruto obtenido.
Si lleva muchos días de vacaciones (suelen serlo más de diez), aunque se lo esté pasando estupendamente, empieza a echar de menos sus rutinas, trabajo y paseos, solitarios. Si le dieran a elegir, prefiere el espacio y el momento de recogimiento al bullicio de la fiesta y las horas de confraternización, que no le molestan si están espaciadas en el tiempo. Y es que, como le gusta proferir a él, “lo poco gusta y lo mucho cansa”. No olvida, si la reunión es con gente de calidad y altura, recordar a Baltasar Gracián, que tanto prestigio (ganado a pulso, sin la ayuda de otros, salvo de sus lectores y relectores, quienes se lo han otorgado con razón) tiene entre la intelectualidad y te hace quedar como alguien perito, leído, entendido, porque lo que acabas de expresar es, amén de conveniente, justo: “Esta es la ordinaria carcoma de las cosas: la mayor satisfacción pierde por cotidiana y los hartazgo de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.
Al artista, como regla general, aunque toda generalización lleve aparejada el error, le gusta incomodar, pero sin llegar a infligir daño físico alguno, tal vez sí moral. Y detesta sentirse herido por no escuchar del espectador o lector de su obra, ora crítico, ora halagador, cuanto de verdad piensa.
Al artista le pone de mal humor hacer una entrevista si quien le pregunta, ella, él o no binario, quien desconocía su trabajo, sigue ignorándolo, pues no ha hecho el menor esfuerzo de interesarse por él. Puede ser un entrenamiento para otros artistas, no lo niega, pero para él tales interviús no están en la cúspide de su escala de valores o prelación.
Al artista le encanta hablar con gente que conoce, amigos y deudos, sobre todo, pero también con desconocidos; lo que sí es evidente y notorio es que le disgusta hablar en público y más todavía dar un discurso, sin embargo no escribirlo (ahí disfruta de lo lindo), porque, velis nolis, se pone nervioso desde que era un adolescente. Y aún acarrea consigo al muchacho que fue otrora ahora; aunque parezca increíble o mentira, es la fetén.
Al artista lo que más le chifla o flipa es agradecer a sus fautores, hayan sido amigos o familiares, conocidos o desconocidos. Es proverbial el agradecimiento que ha demostrado en numerosísimas ocasiones a los religiosos camilos, sus educadores, formadores y motivadores de Navarrete (La Rioja), que le espabilaron el grueso de los dones que acarreaba el artista, pero aún permanecían aletargados. Puede que uno de los títulos que más ha repetido en sus más de ocho mil urdiduras o “urdiblandas”, fueran en prosa o verso, sea el endecasílabo perfecto “De bien nacido es ser agradecido”, que también encabeza estos renglones torcidos.
Salvo en Rosales, donde él sostiene que los ruidos ambientales no le perturban su quehacer literario (como ese es, por cierto, el aserto que vierte Ronzal en “La regenta”, de Leopoldo Alas, Clarín, que “la música es el ruido que menos me incomoda”), acaso la razón resida o descanse en que esos ruidos se camuflan entre las notas musicales de la naturaleza, sus mejores compañeros de trabajo siguen siendo la soledad y el silencio.
Ángel Sáez García