ME LLEVÉ AYER UN ALEGRÓN DE AÚPA
Ayer me llevé un alegrón de los de aúpa por la sencilla razón de que volví a coincidir en el autobús que cubre el trayecto que va de Algaso a Rosales con Nieves (al asiduo lector de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro ya le consta a quién me refiero, a la estudiante de Medicina en la Universidad de Zaragoza, originaria de Trinquete, que no se lleva bien con la bioquímica, como otro tanto me acaeció a mí, cuando estudié dicha asignatura en la misma facultad), quien, ciertamente, como me adujo (hay féminas que tienen, además del don de la intuición, el de la profecía, como ella, pues acertó en cuanto presagió) la primera vez que montamos juntos (puede que hubiera habido alguna anterior, pero a ninguno de los dos nos constaba), un viernes, en el bus de la susodicha línea, me deparó bienes, como eso hace, asimismo, el dicho castellano, que airea lo consabido: año de Nieves, año de bienes.
Reconozco que se me encendieron los ojos cuando la vi, viniendo hacia mí, por el estrecho pasillo. ¡Albricias!, solté, jubiloso. Le di dos ósculos en sus carrillos, y me dispuse a ocupar el asiento 25. Le cedí gustoso el 26, para evitar tener que levantarme de nuevo, cuando llegáramos al coqueto y muy renovado castillo medieval mudéjar de Trinquete.
En esta oportunidad, fui yo quien abrió fuego:
—¿Qué tal te va con tu hueso, que también fue el mío, la bioquímica, Nieves?
—Vamos mejorando como pareja, pero seguimos teniendo nuestros desencuentros. Por favor, antes de que me formules la siguiente pregunta, Ángel, permite que te haga yo una sola, esta: ¿Qué opinas de eso, que mucha gente repite, de que un genio actual, si los hay, que acaso sea aventurado hablar hoy de su existencia, es el 98% de transpiración, o sea, de trabajo, del acrónimo DES, dedicación, esfuerzo y/o sacrificio, y el 2% de inspiración?
—Que estoy de acuerdo, aunque ya sabes qué dejó escrito negro sobre blanco Truman Capote en el prólogo de su obra “Música para camaleones”, que “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. Abundo con él en el criterio y solo suelo añadir una palabra, para coronarlo: amén.
—He leído en una entrevista que le hicieron y apareció publicada recientemente en EL SIGLO que, a pesar de que Miguel de Unamuno no creó escuela, usted se considera el mejor epígono o seguidor del celebérrimo rector de la Universidad de Salamanca. Explíquese, se lo ruego, deme ese gusto.
—Nada; eso fue una boutade, una ocurrencia. Había leído qué le aconsejó que hiciera Salvador Dalí al pianista y director de orquesta brasileño João Carlos Martins, tras dar este un concierto de Bach en el Carnegie Hall y, como en el grupo en el que me hallaba, estábamos de guasa o zumba, mutatis mutandis, me surgió rememorar a las personas con las que charlaba amistosamente el consejo que le dio el pintor figuerense, tras dicho concierto, que dijera en varios cenáculos o reuniones sociales a las que asistiera que él, Martins, se consideraba el mejor intérprete de Johann Sebastian Bach. Martins le preguntó el por qué. Y el eufórico y guasón artista catalán le contestó que él llevaba diciendo que era el mejor pintor vivo del mundo y había quienes coincidían con él en dicho parecer. Así que, durante algún tiempo, me brindé a repetir esa coña. En puridad, seguía la recomendación de Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda de Adolf Hitler, de iterar a diario el mismo embeleco hasta que este se confundiera con la verdad. Dicho con otras palabras: Repite todos los días la misma mentira; conseguirás que un día sea tenida por verdad.
Y, mientras me despedía, le di otros dos besos castos a Nieves en sus mejillas, porque el bus se había detenido junto al castillo de Trinquete, y Nieves, llegado a su destino, tenía que apearse.
Ángel Sáez García