El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Fray Ejemplo, explicando «El Lazarillo»

FRAY EJEMPLO, EXPLICANDO “EL LAZARILLO”

Hoy, lunes 25 de mayo de 2026, se cumple el cuadringentésimo septuagésimo sexto aniversario del nacimiento de san Camilo de Lelis. Como homenaje al patrón de los enfermeros (ellas y ellos) y enfermos, junto a san Juan de Dios (a través de Fray Ejemplo, cuyas dos terceras partes son camilas o camilianas), que vino al mundo en Bucchianico di Chieti en el año 1550, localidad donde estuve hace cuarenta y tantos años, he escrito este texto.

Parece mentira, pero es certeza. Ha transcurrido la friolera de medio siglo, y no he olvidado las reglas de ortografía no canónicas, que me aprendí de memoria mientras estudiaba Sexto curso de la extinta Educación General Básica, EGB, en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), que se sacó de su magín prolífico el religioso camilo Pedro María Piérola García, que, lo reconozco sin ambages, a pesar de los muchos detractores que ha habido de ellas (alguno, ciertamente, insospechado), siempre han tenido en mi persona un defensor a ultranza, porque a mí sí me han servido, y yo las sigo ponderando en su justa medida; tampoco ha caído en saco roto una lección (o varias) que nos impartió fray Ejemplo el día que nos explicó en clase “El Lazarillo de Tormes”, de autor anónimo, desconocido, aunque cada día que pasa se van agregando estudios críticos y autores (Manuel J. Asensio, Mariano Calvo y José María Martínez Domingo, verbigracia, catedrático de Literatura de la Universidad Rey Juan Carlos) que vienen a abonar la tesis de que su hacedor fue Juan de Valdés, el autor del “Diálogo de la lengua”.

Con la pretensión de no aburrirnos o cansarnos, Eusebio Arteaga Piérola nos leyó unas pocas líneas de la citada novela picaresca (que dio inicio a ese nuevo género en España), un párrafo entero y unos pocos renglones más, lo que él llamó la chorretada o propina (los cito abajo con el lenguaje puesto al día), o sea, el comentario exculpatorio que hizo el aventajado Lázaro, pícaro descuidado y acaso un tanto crecido y creído, para que se entendiera luego el proceder del ciego, y la conjetura que debió hacer a posteriori el crío, a quien le cuadra el gracia de pila (como, asimismo, al resucitado amigo de Jesús de Nazaret), a quien el vino, que le causó el mal recibido, también le cura (“—¿Qué te parece Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud”, le dice el ciego más tarde):

“Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y, delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo; y, al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y, al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.

“—No diréis, tío, que os lo bebo yo —decía—, pues no le quitáis de la mano.

“Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido”.

Nos adujo, en lo tocante a la lectura, que lo poco gusta y lo mucho cansa, y, mutatis mutandis, que lo mismo ocurre con el vino que, en pequeñas dosis, es hasta bueno, pero, bebido en exceso, es perjudicial para la salud (del cuerpo y del alma), ya que propicia que el tomador pierda el control y dominio sobre la situación y sí mismo. El vino hace que el bebido vea doble. Beodo se escribe con be, porque procede del étimo latino bibitus, que, evolucionado, da en castellano/español dos vocablos, uno más directo y culto, bebido, y otro más extraño y vulgar, beodo. Y este no se escribe con uve, porque no procede o proviene de ver dos o doble.

Y, llegado a este punto, rememorando la burla de Lázaro, nos puso un ejemplo divertido, guasón. Nos contó un chiste gracioso: un paciente había acudido a la consulta de su médico de cabecera (ahora se denomina al mismo “de familia”); y el galeno constató que venía contento, no apesadumbrado, como en ocasiones precedentes. Le preguntó por la causa, el origen, la razón de su dicha, y este le contestó que había logrado vencer al demonio de la bebida y ahora estaba bien con todos. Y se extendió así:

—Hace seis meses que no bebo (alcohol, se sobreentiende), doctor. Tengo suegra; bien, pues, cada día que bebía y llegaba a casa a las tantas, de madrugada, cocido, como una cuba, ¿sabe quién me estaba esperando en la puerta? No, no era mi esposa, sino mi suegra. Y, si estando abstemio, me daba miedo, al llegar borracho, como la veía doble, sentía pánico. Así que tomé la determinación de dejar de pimplar, y mi suegra ahora me adora y me hace las rosquillas que tanto me pirran.

—¿Cuál es la moraleja?  —nos preguntó fray Ejemplo, a la clase, en general, y, como levantamos la mano cuatro o cinco, con ganas de responder, se decantó por quien tenía más cerca, José Carlos Bermejo Higuera, que se sentaba en el primer pupitre de la primera fila de su derecha—; alecciónanos, Bermejo.

—Que una suegra, aunque dé miedo, se puede aguantar, pero dos…, eso es un insoportable potro de tortura o castigo, hasta para un estoico —adujo Bermejo.

—Excelente explicación —abundó, confirmó o ratificó fray Ejemplo.

En la misma clase (o en otra, la siguiente, tal vez; no he logrado encontrar los apuntes que tomé otrora, porque, ¿dónde estarán aquellas libretas?; puede que mi madre las hallara donde yo las puse y había guardado a buen recaudo, encima de alguno de los armarios de la casa, adonde ella tenía difícil acceso, pero acaso buscó ayuda en mi padre o alguno de mis hermanos y, encontradas y echadas un vistazo, quizá le dijo: ¿qué es esto, basura?, pues ¡a la tal!; ya sé que me estoy enrollando, pero no puedo dejar de escribir que mi progenitora y la limpieza diaria del piso se llevaban estupendamente —qué me diría y llamaría, si levantara la cabeza y viera que yo no lo tengo como a ella le placía, como la patena o los chorros del oro, sino con polvo de dos y hasta más semanas sin limpiar o quitar—, pero los libros y la información que guardaba en folios y libretas no le chiflaban ni flipaban, sino al contrario, los detestaba, los odiaba); bueno, a lo que iba (que me pierdo en menos que canta un gallo o que mi amigo Sebastián se come una ración de callos a la madrileña, en un visto y no visto, por los cerros de Úbeda), comparó el vino con el juego, pues quien los frecuenta nunca tiene bastante con ninguno de los dos. Salvo que se sea rico, el jugador tiene que idear la manera de sacar a otros los cuartos, la guita, que no dispone, por haberla perdido en una partida anterior. Recuerdo que nos previno contra quienes son peritos en el arte de sablear, o sea, unos sablistas redomados, que, sin echar mano del sable, te hacen un corte en el bolsillo, en la faltriquera, y te dejan sin blanca, sin plata, como llaman a la pasta los argentinos. Y nos contó uno de sus chistes aleccionadores:

Estaban dos amigos en la piscina del barrio (era verano). Y uno de ellos, jugador empedernido, le pidió al otro un “eche”, mil pesetas, un verde, pues el billete de entonces era de ese color y tenía la efigie del premio Nobel de Literatura de 1904 José Echegaray por la cara o el haz. El otro, antes de lanzarse a la piscina, le negó la pasta, de esta guisa:

—Contra el vicio de pedir, la virtud de “na” dar.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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