El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

La prisa siempre fue mala asesora

LA PRISA SIEMPRE FUE MALA ASESORA

El canto del cisne de Truman Capote fue “Música para camaleones” (1980), que vio la luz cuatro años antes de su muerte. En el prólogo que colocó y encabeza dicha obra, una colección de relatos en la que da muestras inconcusas de su indiscutible talento literario, escribió cuanto tengo por verdad inobjetable (y, por ende, abundo con él en dicho parecer), que “cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”.

Puede que el don susodicho, del que habla Capote (que, haciendo honor a su apellido, como, según creencia popular, acostumbra a hacer san Fermín, mientras duran los encierros pamplonicas, te lo suele echar, siempre que lo hayas leído con atención y en profundidad), tenga una doble virtud o tienda a desdoblarse en dos habilidades, por ejemplo, tener buena y mala memoria, facultades que, stricto sensu, son contrarias entre sí, pero también complementarias, porque se completan estupendamente y su suma suele dar como resultado un bendito tesoro; al menos, eso acaece en mi caso, que me beneficio de las dos bifurcaciones de ese camino. La buena memoria me sirve para no olvidar datos cruciales de una jornada vivida recientemente, y, así, poder llevarlos al papel; y la mala me es útil para olvidar, casi al instante, lo que acabo de escribir, que deviene requisito imprescindible, condición sine qua non, ya que me permite tener siempre la pizarra de mi mente borrada, tabula rasa, lista para volver a escribir con tiza blanca sobre ella.

Y, como uno, este menda, fue alumno (y confiesa seguir siendo epígono de lo mejor, no de todo lo que asimiló de su guía o maestro), o sea, hijo intelectual de fray Ejemplo, pondré uno que sea aleccionador, clarificador.

Lourdes, mi vecina de Rosales, la dueña de los susodichos, bienolientes, que, al paso que vamos, falleceré sin saber o se morirá ella sin contarme cuál es el secreto de que los tenga, amén de esplendorosos, fragantes, es una experta recolectora de moras (sobre todo, de mañana, pero también de tarde —me consta—, si ha llovido al mediodía, porque esa circunstancia acelera el proceso de congelación de las tales, ya que se salta el trámite intermedio de lavarlas en un escurridor, bajo el chorro del grifo del agua tibia, que tiene el estorbo o inconveniente de que puede disgregar las frutas en sazón de la zarzamora, los pequeños glóbulos negros que las conforman) y conservadora (y también su anagrama, conversadora, aunque no siempre, y menos si se ha levantado con un humor de perros ladradores) de ellas. Yo he tenido el privilegio de probarlas con yogur en un bol y es postre de sibaritas.

Me he acordado de ella, al leer una anécdota que se narra o relata del eminente microbiólogo galo Louis Pasteur, que puede ser cierta o una leyenda; ahora bien, como dice el dicho italiano, se non è vero, è ben trovato, si no es verdad, cuadra bien al caso. Al parecer, el científico juzgaba peligroso comer las uvas sin haberlas lavado previamente con sumo cuidado, bajo un chorro de agua o en un bol que la contuviera, verbigracia. Cierto día, durante la sobremesa, tras comer con un grupo de amigos, les aleccionaba y pretendía persuadir de que era beneficioso para la salud seguir dicho consejo o recomendación.

Mientras lavaba las uvas que tenía delante, deshaciendo el racimo, daba información precisa de su ciencia, y los presentes le escuchaban atentos y agradecidos de oír las enseñanzas de un insigne investigador.

Antes de dar remate a su discurso, sintió que tenía la boca seca, y, siguiendo una mera variante de la navaja de Ockham, “en igualdad de condiciones, la herramienta o el recurso más sencillo es el correcto”, vio una solución rauda al problema que le acuciaba, la sed, al alcance de su mano y se bebió el agua del bol donde había lavado previamente las uvas de un trago. Cuando terminó, se dio cuenta del craso error que había cometido. El prestigioso microbiólogo no pudo librarse del mismo yerro en el que solemos caer todos los seres humanos que hemos existido, existimos y existirán, el despiste, pues las prisas nunca fueron buenas consejeras.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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