El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Genio y figura hasta la sepultura

GENIO Y FIGURA HASTA LA SEPULTURA

NO ES ÁNGEL RAFAEL PARA “EL MUGRIENTO”

Desconozco si Ángel Rafael se ha despedido de Juan Félix y Lucas antes de lo que él había previsto porque ha reparado en que la presencia de Antonio era inminente; no sé si se ha percatado de que “el Roñoso” se aproximaba a ellos por la calle Mayor, pero, aunque ha dado las zancadas largas, intentando emular los proverbiales pies ligeros de Aquiles, para acercarse al trío, cuando ha llegado adonde se hallaban, la algasiana Plaza de la Constitución, ya había volado el mochuelo alado a otra rama de olivo.

Cuando Antonio ha arribado a la altura de la pareja, los mencionados colegas y amigos Juan Félix y Lucas, no de ayer, sino desde la más tierna infancia, les ha formulado la siguiente pregunta:

—¿Qué es lo último que os ha dicho Ángel Rafael, antes de desaparecer o esfumarse, como lo haría un ilusionista?

—“Os dejo, que se me está haciendo tarde, pues tengo cita con la galena en el centro de salud”.

—Gracias, Lucas; os lo he preguntado porque ignoro el porqué, pero tengo la impresión refractaria de que, últimamente, Ángel Rafael me rehúye.

—Eso son imaginaciones tuyas —le ha replicado Lucas.

—De un tiempo a esta parte, me esquiva, pasa de mí; diré más: me ningunea.

—Acaso tengas y/o sostengas alguna vela en ese entierro; o sea, quizá tengas, en el caso en cuestión, parte de culpa. Parece que le tienes envidia por haber llegado a la cota intelectual que nosotros no alcanzaremos, aunque nos asemejemos a los gatos y vivamos siete vidas —le ha retrucado Juan Félix.

—¿Por qué lo dices?

—Porque se te ha escuchado despotricar de él; y permíteme que me ahorre decir el dónde y el cuándo. “A Ángel Rafael le chifla o flipa ser el bebé en el bautizo, el comulgante en la primera comunión, el penitente en la confesión, el contrayente o novio (que no vio o sí lo no obvio) en la boda, el misacantano en su primera eucaristía, el ungido en los momentos previos a dar sus últimas boqueadas o estertores y, como remate, el fallecido en el funeral”.

—Ciertamente, eso o algo parecido dije el otro día en el Casino “La Fuerza”, de nuestra ciudad. Y tú, Juan Félix, estabas presente, después de terminar la tertulia de los viernes; pero es que me tiene frito.

—Lo lógico y normal es que él esté quejoso y aun quemado contigo, “Tiñoso”.

—Juan Félix, no me insultes, que yo no lo he hecho.

—No te he insultado, qué piel más fina tienes hoy. Me he limitado a utilizar un sinónimo de tu apodo familiar, “Roñoso”. Más de una vez te he llamado Toño, “el Tiñoso”, y no te has molestado.

—Dejémoslo, que no me quiero enojar.

—Somos muchos los que creemos que a Ángel Rafael le gusta pasar inadvertido, es decir, no llamar la atención, aunque sea bueno cuanto de él se comente o diga, ni tampoco, pero aún menos, si eso es malo.

—A él no le escucharás decir, por su exquisitez a la hora de expresarse, pasar “desapercibido”, como me criticó un día a mí, porque no es vocablo que use un filólogo.

—¿Ves? Ahí tienes la razón, a la pata la llana, en plata; parece que sientes por él una envidia malsana, que ni la puedes callar ni aciertas a mantener bajo control, y eso puede granjearte más de un problema, Antonio.

—Bueno; ¿de qué estabais hablando, si puede saberse?

—De que Ángel Rafael va a donar su cuerpo, una vez haya muerto, a la Universidad de Zaragoza para que lo utilicen los alumnos matriculados en el grado de Medicina en las clases prácticas de anatomía —ha contestado Lucas.

—Pero, ¿es posible que no lo contempléis con vuestro intelecto tan claro, cristalino y diáfano como lo observo yo? El viernes me faltó agregar ese dato impar, que ya es el colmo, la reoca o la repera, ya que, amén de lo dicho entonces, a él, que es ateo, o eso arguye, y no cree en la escatología, en la vida de ultratumba, también le va a encantar ser el cadáver en la sala de disección.

—No tienes solución, “Roñoso” —pensaron Juan Félix y Lucas, pero solo dijo el primero de ellos.

Y los susodichos se despidieron, dejando a Antonio con su triunfo a solas, sin poder saborear con ellos los laureles y las mieles de su victoria. Ellos fueron los tacaños, ellos, no él, pensó “el Roñoso”, aunque, en Algaso, lo motejen a él con dicho apodo.

Nota bene

Detrás de Ángel Rafael no me hallo yo, no, aunque la mitad de su gracia de pila coincida con la mía, como el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos podría colegir, sino un gijonés (desconozco si lo es de nacimiento, o solo de “pacimiento” y esparcimiento), que no tengo el gusto de conocer, pero sí ha de tener, como deduzco, apellidos similares a los míos (alguna letra debe ser distinta), del que me llegan las facturas de telefonía que me manda la compañía con la que tiene contratados esos servicios, por error, que me las remite a mí (y, supongo, que no a él, el interesado en recibirlas). ¿Por qué sucede tal cosa? Porque los empleados de la no mencionada empresa se creen o unas águilas o unos linces, pero me consta que no son tan competentes como se precian, porque no han corregido todavía (puede que ahora, por fin, sí) el yerro que les he indicado o señalado por correo electrónico varias veces.

El último correo que les he enviado dice, poco más o menos, esto:

“Les he escrito en numerosas ocasiones que no soy Ángel Rafael, y que tienen la dirección de correo equivocada (alguna letra que creen correcta es falsa). Solucionen el problema y manden la información a la dirección certera, a la que corresponde que llegue.

“Ya no les advertiré más veces del morrocotudo error en el que incurren. Hagan su trabajo. Pónganse el mono de faena. Moléstense en ser eficientes.

“Ángel”.

   Ángel Sáez García

   [email protected]

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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