COMETIERON ERRORES COMO SEOS
QUIENES A UN DICTADOR ALIMENTARON
Coincido con el parecer de Pepe Ronzal, personaje ficticio de “La Regenta”, de Clarín. Al parecer, hay motivo o razón bastante para creer, a ciencia cierta, cuanto antaño leí (o creí leer), que el mismo aserto lo pronunció (de esta guisa: “La música es el menos molesto de los ruidos”) también el mismísimo emperador francés Napoleón Bonaparte. Puede que el corso lo adujera primero, y luego Leopoldo Alas lo pusiera en la boca del mencionado personaje literario ideado por él: “la música es el ruido que menos me incomoda”.
Aunque he defendido y sostenido varias veces la tesis de que el hombre es un animal de costumbres, admito lo inconcuso, notorio y público, que no he conseguido adaptarme al medio, esto es, habituarme a la rutina, si esta me molesta sobremanera, y no he podido dejar de escribir sobre ella, la surtida colección o variopinto muestrario de ruidos que generan quienes habitan el piso inmediatamente superior al mío, el que he dado en llamar, por la meridiana obviedad que acarrea, “la casa de los ruidos”, donde sus moradores, adultos y críos, se lo deben pasar en grande, de lo lindo, arrastrando sillas y moviendo mesas y demás enseres (por cuanto deduzco, son muy torpes, porque se les cae al suelo lo más insospechado —puede que no se les caiga, sino que, voluntariamente, lo arrojen adrede, aposta, pero no quiero ser mal pensado, aunque en más de una ocasión o de dos, lo reconozco sin ambages, he caído en la tentación de barruntar que eso era verdad apodíctica—), extorsionando o perturbando mi concentrada actividad creativa.
Desconocen quienes tienen que enmendar las actitudes indómitas de esos infantes (todo proceso educativo que se precie de serlo lo deben fundamentar y presidir tres verbos inexcusables: dirigir, regir y corregir; la ausencia de uno solo de ellos echa por tierra e/o invalida cualquier dinámica didascálica) que, sin la oportuna corrección comportamental, están propiciando, quizá, “sin querer queriendo”, como solía tener en la punta de la lengua, a punto de largar, “el chavo del Ocho/8”, que se críen cuervos y, a la postre, que estos, ya crecidos, talludos, les saquen los ojos a los pésimos educadores (“no hay malas hierbas ni hombres malos; solo hay malos cultivadores, dejó dicho y escrito en letras de molde el maestro Victor Hugo), como lo mismo airea el refrán que conoce cualquier paremiólogo, experto en dichos propios del español.
Muchos abuelos y padres, por conceder a sus nietos e hijos el oro (que cada quien advertirá en el vocablo que da cuenta del aurífero metal aquel plácet que más le pete o agrade), ignoran el error mayúsculo en el que incurren; por dejación de sus funciones enmendadoras, están alentando y alimentando la formación de un formidable (no conviene olvidar su significado de pavoroso, temible, que da mucho miedo) dictador o tirano (ora sea o se sienta ella, él o no binario).
Lamento constatar, un día sí y otro también, que, quienes nunca han oído hablar del undécimo mandamiento de la ley divina, “no molestarás”, no hayan logrado su propósito, que yo me haya habituado a las ingentes cantidades de ruidos que generan. Quienes sabemos, pues hemos estudiado muchos años, latín, no hemos olvidado una frase enjundiosa de Ulpiano: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere”, o sea, estos son los principios del derecho (no del revés, en los que son unos duchos quienes viven encima de mí, que no son dioses, sino demonios): vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”. No puedo dejar de darles lo merecido, cuando se han ganado a pulso, en mis urdiduras (que logro trenzar, aunque ellos no paren de hacer ruidos) o “urdiblandas”; que espero, deseo y confío servirán para que otros mejoren su proceder. Los de arriba solo paran cuando hago sonar un cueceleches, que ya no sirve para tal fin, cuyo fondo está abombado, cóncavo, por los golpes de cuchara infligidos en él.
Nota bene
Y, como la vida es una pura contradicción (la frase “no hay mal que por bien no venga” es un ejemplo indeleble y proverbial de lo afirmado arriba), al final, qué paradoja, sí, voy a tener que estar agradecido a los que viven en el infierno (para mí), que está arriba, no abajo, por abastecerme de los ruidos deliberados, intencionados, que propician que escriba sobre ellos.
Ángel Sáez García