El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No sé si he colegido lo certero

NO SÉ SI HE COLEGIDO LO CERTERO

Después de permanecer sentados cinco minutos en uno de los dos poyos que quedan a la sombra de la ermita de san Quirico (he inferido que quienes la erigieron tenían conocimientos diversos; no solo sabían por dónde salía el sol, sino también por dónde se ponía, y colocaron estratégicamente cuatro asientos de piedra para que los visitantes pudieran descasar tras la caminata), Gervasio y yo decidimos desandar lo andado.

—Si, como eso he colegido, Gervasio, de las palabras que has dicho y he escuchado, no sabes con certeza cuántos textos míos has leído en el blog que gestiono en Periodista Digital, el blog de Otramotro, pero, sumados, aseveras que serán una docena larga, seguramente, te consta que mi mayor fuente de inspiración es la realidad, cuanto me pasa o sucede a mi alrededor. Así que no te extrañará leer lo que viene a continuación, que puede que salgan a relucir nuestras andadas o andaduras y conversaciones. Y por ello, la pregunta que voy a formularte se impone: ¿Te molestará que aparezca tu gracia de pila en mis urdiduras o “urdiblandas”? Si detestas que tu verdadero nombre lo utilice, puedo cambiarlo por otro. Y podrías elegir entre una terna, para que comprobaras que tengo en cuenta la opinión de mis informantes o confidentes.

—No tengo ningún inconveniente o problema en que lo uses; ahora bien, si me lo mudas por otro, que sea, por supuesto, Agapito, que fue el nombre con el que fue bautizado mi abuelo paterno, pero, harto de que todos los niños de la escuela, la patulea entera, le tomaran impunemente el pelo por culpa de un maestro escasamente dotado para la docencia, que le hizo la etapa de la infancia desgraciada, difícil, insoportable, al convertirla este, por su culpa, en un infierno, decidió lo conveniente y oportuno, cambiarlo por Gervasio. Y así se llamó mi padre y así me llamo yo.

—Te parecerá mentira, pero eso mismo deduje, sin conocer la historia de tu yayo, cuanto le pudo acaecer a un tío mío, que no lo era en sentido estricto, pero a quien quise como si lo fuera. No menciono aquí ni su nombre real ni el que adoptó, pero he escrito sobre el asunto, que yo recuerde, dos textos al menos, uno con ocasión de su funeral. En la esquela aparecía su nombre de pila y por esa razón o motivo le pregunté a su hijo, mi primo, que tampoco lo era en realidad, pero le quise y quiero como si lo fuera.

—Ahora se habla y usa mucho el término inglés “bullying” (matonismo), pero algunos niños siempre han sido cafres, despiadados. No conviene generalizar, porque esa circunstancia lleva aparejada injusticia y, por ende, error.

—Imagino al docente decirle a Agapito: “Haga (el) pito”, y ese potro de tortura puede devenir o resultar la juerga de unos y el orco de otro.

—Depende de cómo te lo tomes, el rapapolvo, reprensión áspera y severa de un profesor, puede servirte de acicate o aliciente, para poner máxima atención en clase, por ejemplo, o puede ser una rémora o sambenito que acarreas contigo, como le ocurría al personaje mítico de Sísifo con su rodante roca, de la que fue incapaz de desprenderse durante toda su existencia.

—¿Eso quiere decir que un maestro tuyo te llamó lo que fuera y te estimuló para mejorar tu actitud?

—Sí; me llamó “besugo”, baldón que soporté estoicamente hasta que me convertí en un discente de notable y hasta de sobresaliente, y los demás olvidaron el alias con el que me motejó y hasta ultrajó (quiero creer que sin querer) ese profesor, pero no le guardo rencor por ello.

—Creo que he leído un texto tuyo que lleva este título: “No hay mal que por bien no venga”.

—Pues tu memoria no es mala, Gervasio.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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