El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Por qué lleva la gente inteligente…?

¿POR QUÉ LLEVA LA GENTE INTELIGENTE

UN TELÉFONO TONTO EN EL BOLSILLO?

Esta mañana, tras sonar, preceptivamente, uno tras otro, los doce obligados toques de campana en el reloj averiado de la catedral de Santa María la Mayor de Algaso (esos sonidos procedían del que se halla cerca, el de la plaza del Mercadal), superado el mediodía, un arrojado comunicante espontáneo me ha mandado (ignoro si lo había escrito horas o apenas unos minutos antes), desde no sé dónde, a la dirección de correo electrónico que más uso un “emilio” o e-mail, que contenía una sola pregunta (sí, él iba a lo mollar, precipuo o principal). Confío, deseo y espero que el susodicho no se moleste conmigo por haber metamorfoseado o reducido sus palabras a bastantes menos, pues he logrado comprimir o concentrar las suyas en dos versos endecasílabos, que son, precisamente, los que sirven para rotular esta urdidura.

Cuanto le he contestado es lo que sigue:

Si reputa persona inteligente, lector desocupado y concentrado, aquella que, independientemente de los estudios que ha cursado y los títulos que ha obtenido, es apta para resolver cualesquiera problemas de la vida cotidiana, estamos de acuerdo o abundamos en lo que significa el adjetivo “inteligente” en castellano.

Se puede aprender mucho de un sujeto inteligente (y aún más si es, además, diligente), sí, aunque usted se sorprenda al leer la conclusión que sigue, aun siendo este un congénere iletrado, analfabeto. En el discurso que pronunció el literato luso José Saramago en Estocolmo, con la grata ocasión de haber acudido este a la capital sueca a recibir el prestigioso Premio Nobel de Literatura de 1998, eso es lo que vino a reconocer el laureado autor portugués, que la persona de la que había aprendido más cosas en su vida, su abuelo materno Jerónimo Melrinho, no sabía leer ni escribir. Resumiendo, que se puede ser iletrado e inteligente; que es posible ejercer de pastor de cerdos y ser un ser humano circunspecto, prudente, o sea, tener sentido común, que es el menos común de los sentidos.

Así que, aunque haya gente que se admire al leer mi parecer, la verdad susodicha sigue en su pedestal, en pie, siendo la misma que fue, desde que el mundo es mundo, inmenso en su fetidez e inmundicias. Con otros vocablos, que la presente y presunta novedad de mis palabras es tan vieja como el orbe y, por supuesto, el bíblico Eclesiastés y su “nihil novum sub sole”.

Internet, la red de redes, quien la probó lo sabe, es, sí, un vertedero donde se deposita información y opinión averiada, prescindible, que puede considerarse mera basura, y, a la vez, una mina aurífera o joyería, con un montón de alhajas exclusivas y numerosos muestrarios llenos de gemas o piedras preciosas, es decir, donde textos elaborados por gente sabia y escritos vomitados por necios conviven democráticamente, como así lo hace el público variopinto que asiste a una misa, a ver una película o un partido de baloncesto, balonmano, fútbol o tenis.

Hace muchos años cayó en mis manos un trabajo sesudo de Jaron Lanier y supe, a través de él, por cuanto contaba (conforme lo leía, me abría los ojos), que los gurús de Silicon Valley nos habían escamoteado o hurtado información crucial, valiosísima (desde entonces, no soporto que otros incurran en esa misma añagaza o incidan en parecido subterfugio), pues no permitían que entraran en sus domicilios con las maquinitas quienes prestaban sus servicios en ellos. Al parecer, habían habilitado una pequeña garita para que dejaran o depositaran sus teléfonos inteligentes al llegar a su puesto y lo recogieran al salir, terminada su jornada laboral allí. Los guías sabían, a ciencia cierta, que el uso de esas herramientas creaba adicción (tanto o más que las máquinas tragaperras o el consumo asiduo de cocaína), y no querían que las vieran sus hijos. Esa era la hoja de ruta de a quienes les gustaba la fruta (por rentable), pero no el fruto o reto conseguido. Tomé esa circunstancia por aviso. Desde entonces, no vi bien, en mi caso particular, tener un smartphone, sino uno tonto, para hacer llamadas, cuando me apeteciera o fuera urgente.

Sin tener un cacharro de los dichos ni el acceso directo a la útil red, se puede ser dichoso, sí, feliz. Y está mi caso aquí para probarlo.

Sé que soy un sujeto raro, extraño, pero eso me permite controlar más la realidad que nos circunda.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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