El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Cuánto bien deparar suele el olvido

CUÁNTO BIEN DEPARAR SUELE EL OLVIDO

Reconozco que a mí no me sucedió lo mismo que les acaeció a otros autores (pues, a grandes rasgos, ellos padecieron un infierno, durante su pubertad, mientras que yo gocé un cielo; y, tal vez, ahí estribe o radique, por cierto, la fuente de la que brota un abanico de caños —conviene cerciorarse de que la palabra susodicha contiene las dos vocales distintas, primero la a y luego la o, y no viceversa, porque entonces eso haría que surgieran las coñas, ni que las dos fueran iguales y oes, ya que eso desembocaría, como efecto colateral, en un craso error—, la multiplicidad o pluralidad de voces, pues cada hacedor es el resultado o sumatorio de sus propias vivencias y de las que les acontecieron a sus colegas y él fue testigo fiel, directo, o confidente peculiar de ellos).

Mi experiencia fue, grosso modo, la opuesta, verbigracia, a la de George Orwell, que fue traumática. Así que los numerosos fantasmas que contempló, mientras transitaba por su adolescencia, se dedicó a combatirlos cuando empezó a emborronar cuartillas, a escribir, exorcizándolos, reto que logró al hallarles una plausible explicación, que fue la mejor manera de expulsar al demonio que no faltaba en cada uno de ellos, que alcanzaba a pincharle la conciencia con alguna de las tres puntas de su inexcusable tridente. Consiguió quitárselos de encima, cepillárselos, como si fueran antiestéticas, molestas, migas de pan, disertando sobre ellos, magnífica terapia. Así se ahorró tener que acudir a la consulta de un psicólogo o psiquiatra. Bueno, pues, aunque el hecho narrado parezca una bagatela o nadería, quizá en él descanse el quid o por qué no he logrado redactar aún nunca el primer capítulo de la novela sobre los tres años que pasé en Navarrete (La Rioja), mi cielo en el planeta azul, la Tierra, relato que guardo, como oro en paño, en mi cacumen o caletre, pero, velis nolis, intento tras intento, queda truncado, pues solo consigo escribir, como si cada jornada fuera el dos de febrero, en Punxsutawney, del filme “Atrapado en el tiempo” (1993), el día de la marmota, cinco o seis párrafos, como mucho, me duermo, y vuelve a sonar, indefectiblemente, el despertador a las seis de mañana. Me falta el hilo que haga posible y creíble el collar de perlas, que funja de engarzador de episodios. Y eso, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o no binario, que habré leído no menos de veinte veces el mejor libro del mundo para aprender a hacerlo, “El Lazarillo de Tormes”, anónimo (aunque la autoría de Juan de Valdés se impone a otras candidaturas), al que en tantas ocasiones he hecho referencia explícita en mis urdiduras y “urdiblandas”.

Orwell, en un artículo que escribió en 1947, pero que fue publicado, de manera póstuma, en 1952, en Partisan Review, que tituló con ironía “Así fueron aquellas alegrías”, da cuenta de algunas de ellas, y ahora dudo si, aun escribiendo esas alegrías, voz que es anagrama de alergias, galerías de monstruos, consiguió su desafío, eliminarlas de veras. Sus desdichas fueron mis dichas, su erebo fue mi gloria. En el artículo de marras admite que, hasta la treintena, jamás hizo nada que creyera que fuera de provecho, que no deviniera, sin remisión, en un fracaso. El texto fue mal recibido (debido a la colección de pullas lanzadas) por exdocentes y excolegas, que se sorprendieron, porque el grueso de ellos no recordaba la misma temporada infernal en sus vidas. Y es que el olvido, en ciertos casos, suele deparar más bien que el recuerdo; y con más razón, si este está preñado o va acompañado de animadversión u odio.

Aunque este menda se confiesa ateo, no sigue deambulando por la calle que otros recorren a continuación, la que lleva la etiqueta de anticlerical. Está claro que cada feriante cuenta cómo le fue a él la feria que acaba de terminar. Los religiosos camilos que a mis condiscípulos y a mí nos tocaron en suerte fueron excelentes educadores. Cada uno de ellos tendría sus defectos, seguro, pero eran tantas las virtudes que atesoraban que yo solo puedo decir bendiciones de ellos. De bien nacido es ser agradecido. Me enseñaron mucho de lo que sé, aunque, siguiendo la recomendación de Friedrich Nietzsche, en la introducción a “Ecce homo” (“recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”), dejé de ser el buen pupilo que fui de ellos hace muchos años.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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