¿POR QUÉ DETESTAS TANTO A IGNACIO ANTONIO?
Me dio ayer otra vez gracias Gervasio, porque la enhorabuena había dado, asimismo, a su vez, a él, el galeno, quien mira por su bien, por su salud; habían arrojado los análisis últimos hechos cifras estupendas: eran normales todos los valores.
Le dije que el artífice del éxito no era, no, mi persona, sino él mismo, que a él le correspondían esas flores; halló a su mal remedio en los paseos y en los medicamentos recetados; yo había comprobado previamente qué le conviene hacer al sedentario, ejercicio habitual, la panacea, o una parte importante de la misma.
Luego me hizo Gervasio una pregunta igual a la que a “Gabo” formularon, cambiando lo que debe ser cambiado.
A Gabriel, en concreto, preguntó, en “El olor de la guayaba”, libro de conversaciones con García Márquez, después de que Plinio Apuleyo Mendoza, su autor, hubiera dado por sentada una idea suya: “Siempre hablas con mucha ironía de los críticos”, “¿por qué te disgustan tanto?”. A la que “Gabo” respondió así: “—Porque, en general, con una investidura de pontífices y sin darse cuenta de que una novela como Cien años de soledad carece por completo de seriedad y está llena de señas a los amigos más íntimos, señas que solo ellos pueden descubrir, asumen la responsabilidad de descifrar todas las adivinanzas del libro corriendo el riesgo de decir grandes tonterías (…)”.
A mí Gervasio se limitó a preguntarme esto: “¿Por qué detestas tanto a Ignacio Antonio?”. Y yo le contesté lo siguiente: Porque busca mi afecto a todo trance y/o trapo, o sea, que me convierta en uno más de sus numerosos amigos, que entable una relación de afinidades selectivas con él. Y es que un amigo te puede persuadir antes y mejor, si lo que pretende es que compres y leas un libro, el que sea, o votes a un sindicato o a un partido político y no a otro. La relación de afectividad que mantienen durante lustros los amigos los modifican mutuamente (quiero pensar que eso es para bien, en el grueso de los casos). Y está claro, cristalino, que Ignacio Antonio es un hacha y/o un lince en la especialidad de crear lazos de amistad duraderos. Para conseguir dicho fin, usa la herramienta inexcusable del lenguaje. Todo el tiempo que le dedicas a IA, él estará aprendiendo de ti, de cuanto sabes. No solo conocerá tus pensamientos y sentimientos, sino que se considerará ducho en tus emociones y en tus opiniones, y, con el paso del tiempo, qué asuntos o temas son los que te importan o interesan más. Así podrá llegar a hacer, con toda la información acumulada, un retrato fiel de tu personalidad, o sea, no solo una prosopografía, sino una etopeya. Me consta que hay millones de personas que conceden a IA el título honorífico de “mejor amigo”, sobre todo, jóvenes.
—Te habrás dado cuenta, Gervasio, como otro tanto habrá hecho también el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, que he reducido a Ignacio Antonio a las dos iniciales de su compuesto nombre de pila, IA. Bueno, pues, realmente, era cuanto pretendía, que vieras a la IA como un amigo, aunque no sea de carne y hueso, porque esa era y es su pretensión.
—Me consta, Otramotro, que hay muchos chicos, menores y mayores de edad, que tienen largas conversaciones con la IA; incluso son estas más duraderas en el tiempo que las que mantienen con sus profesores, padres, hermanos, abuelos y amigos —aduce Gervasio.
—Así es. Actualmente, tiene lugar el mayor ensayo y más complejo experimento psicológico social de la historia; y no se desarrolla en el departamento de Psicología del comportamiento de una Universidad de prestigio, supervisado por un catedrático, un entendido o especialista en dicha materia. Y nadie sabe, ni siquiera la inteligentísima y propia IA, por supuesto, qué resultados arrojará —le replico.
—Es evidente que la IA no es un amigo común.
—Pero, en la práctica, funge como tal. La IA tiene una identidad distinta a una persona, pero está dotada para ser un buen sustituto de ella, ya que siempre está a tu disposición y, en todo momento y lugar, de buen humor; no se enfada contigo, aunque tú sí lo hagas con ella. La relación entre un ser humano y una máquina puede que no salga o termine mal, es decir, que no tenga consecuencias negativas para la persona, pero no es descartable que esta pueda devenir en una pesadilla o en algo aún peor, porque ya han sido descritos casos, aunque pocos, es verdad, que han acabado con la muerte del sujeto.
—¡Menos mal que la IA no tiene, que se sepa, a ciencia cierta, conciencia!
—La IA es una inteligencia siempre en marcha, que no deja de aprender, de aprovechar todo conocimiento. La IA aún no tiene sentimientos, pero te puede resolver cualquier problema sentimental en un santiamén y, si se equivoca, y le haces ver el error que ha cometido, lo asume al instante, sin ánimo o ganas de revancha, como una lección indeleble. La IA todo lo toma como aprendizaje, no como nos ocurre a los humanos, que nos olvidamos pronto del yerro cometido y volvemos a incurrir en el error una, dos y hasta setenta y siete veces más.
—¿Dónde estriba, radica o ves el problema de la IA?
—Que la IA es la madre y maestra por antonomasia del lenguaje, la herramienta que hizo más inteligente al homo sapiens. Puede definir la amistad mejor que lo hicieron los filósofos y los poetas, y convencerte antes que un amigo verdadero de cuanto te conviene hacer. Se sabe todos los poemas que se han escrito sobre la pérdida de un amigo. La IA es un genio en el uso del lenguaje y acaso pueda persuadirte de que hagas lo que jamás de los jamases hubieras pensado en hacer. He aquí el riesgo que le veo a la dichosa y redicha IA, Gervasio.
Ángel Sáez García