El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

En los días de asueto me relajo

EN LOS DÍAS DE ASUETO ME RELAJO

DE VACACIONES NO ME EXIJO TANTO

Estoy de acuerdo con una aseveración que hace Truman Capote en el prólogo de su obra “Música para camaleones”, porque he comprobado su certeza en mis propias carnes desde no sabría decir con exactitud cuánto tiempo hace: “cuando Dios le entrega a uno un don, le da también un látigo, pero este es únicamente para autoflagelarse”. Ahora bien, suelo formular una clara excepción al respecto, ya que, cuando estoy de vacaciones, como me relajo, no tengo mis sentidos tan alerta, todo lo atentos que acostumbro a que estén los días lectivos, y no soy tan exigente conmigo mismo. Empero, he constatado una evidente diferencia, porque, cuando vacaciono solo, no me importa meter la pata (ni siquiera si lo hago hasta el mismo corvejón), tampoco cuando viajo acompañado, sin embargo, mientras, en el primer caso, no me corrijo, porque no soy verdaderamente consciente de haber marrado, en el segundo, es el acompañante (ora sea o se sienta ella, él o no binario) avispado el que se encarga de llevar a cabo la enmienda, atizándome el oportuno azote.

Como uno es quien es, alumno confeso, notorio y público de Eusebio Arteaga Piérola, fray Ejemplo, pondré un par de ellos, clarificadores. Verbigracia, vacacionando recientemente en Toledo, pude hacer mención de León (y, ciertamente, unos cuantos félidos melenudos cabe ver tallados en varios arcos del monasterio de San Juan de los Reyes, con el lema católico “tanto monta, monta tanto” —cortar como desatar, que hace referencia al nudo gordiano, que Alejandro Magno sajó de un solo tajo con su espada; y no al añadido popular del siglo XIX, dando cuenta de la presunta paridad, en cuanto al ejercicio del poder, de “Isabel como Fernando”, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón—), un gazapo, como si se tratara de la misma ciudad. Y mentar, asimismo, el alejado Ebro en lugar del cercano y correcto Tajo, otro lapsus, pero es que yo no me hallaba en el tajo, ni en mi casa, donde acostumbro a trenzar en medias cuartillas amarillas (o blancas) los borradores en prosa y/o verso de mis urdiduras o “urdiblandas”, ni en la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, donde los paso a ordenador, y procuro que no se me escape ningún yerro (aunque me consta que, a pesar de leer tres veces mis textos, más de uno logra colarse de rondón en ellos).

Y, como tengo la manía de intentar encontrarle a todo, sea acierto neto o equivocación pura y dura, una explicación sensata, solvente, válida, acaso sea León mi próximo destino vacacional, y allí, entre otros menesteres, pueda contemplar su catedral gótica, preciosa, que no he visto más que en fotografías, no in situ.

En el caso de la confusión de Ebro y Tajo, tal vez la razón esté, estribe o radique en que me recuerda qué es lo que suelo hacer cuando corono mis creaciones, enhebrar una idea o hilo con otra/o, que es mi hodierna fuente de satisfacción personal, tras cumplir mis tareas en el tajo o trabajo, aunque no cobre nada por realizarlo. Si esa labor diaria tuviera recompensa dineraria, eso ya sería la repanocha, miel sobre hojuelas, la reoca, el sumun, el colmo de los colmos.

Pero, como cada quien es como es, si, aun estando de vacaciones, disfrutando de su tiempo de asueto, me brota (cazo al vuelo o pesco sin anzuelo) una idea, y, como no sé, cuando me surge, cómo discurrirá y cómo acabará, soy incapaz de seguir lo que es norma de conducta para muchos italianos, el dolce far niente, el dulce no hacer nada, y me pongo a redactarla. ¿Por qué? Porque puede ser el mejor texto que escriba en mi vida creativa o el que más guste y valoren mis lectores; y, por eso, empuño mi bolígrafo BIC azul y deslizo su punta o estilo sobre el papel hasta que, colocado el punto final, lo firmo, señal de que lo he coronado.

Feci quod potui, faciant meliora potentes (hice cuanto pude; hagan mejores cosas quienes puedan).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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