«Esta era una casa con muebles, camas, sofás». José camina entre los escombros de lo que fue el hogar familiar, una propiedad heredada de su madre que data de 1872. Todas las vigas han caído, los cristales se han derretido y apenas sobrevive un trocito de muro. El amplificador está irreconocible, los altavoces han desaparecido. El calor alcanzó entre 500 y 600 grados.
«La casa donde guardábamos todos los recuerdos de la familia, todos mis trofeos», explica mientras observa las ruinas. Su mujer coleccionaba meninas en esculturas, cuadros y tapices. Guardaban discos de oro, fotos con artistas, recuerdos de las graduaciones de los niños. Todo ha desaparecido. «Mi mujer no deja de llorar, se nos ha ido la vida entera».
La decisión de quedarse
Cuando se dio la orden de evacuación, José tomó una decisión que muchos considerarían temeraria: quedarse. «Yo no me fui por cuidar los animales», afirma sin titubear. Tenía dos caballos muy viejos, de 19 y 20 años, y cuatro perros. «No iba a consentir que se me quemaran».
Bajó hasta donde estaban los perros con el coche, en medio de un infierno. «Había 60 grados, 60 grados, y estaba todo ardiendo». Lo peor no era el calor, eran los ojos que dolían intensamente por el humo. Cogió a los perros, especialmente a Ray, un rottweiler cachorro de un año, y los metió en casa. «Mi mujer, Mara, estaba en Madrid llorando, diciendo: si le pasa algo a Ray, si le pasa algo a Ray».
El abandono institucional
«Aquí no vino nadie, no ha entrado nadie. No vino un bombero, no vino la UME, no vino nadie». La denuncia de José es contundente. Los jóvenes voluntarios que intentaban hacer cortafuegos le insistían: «Cuéntalo, cuéntalo, no viene nadie».
Los efectivos de la UME estaban parados en la puerta de la urbanización. «No es que estemos esperando órdenes», le dijeron. Pero no subieron. La zona está en un punto estratégico donde confluyen tres comunidades autónomas: Ávila (Castilla y León), Toledo (Castilla-La Mancha) y Madrid. «Se miraban los de Castilla-La Mancha, los de Castilla-León y Madrid, y nosotros mientras aquí ardiendo».
La tragedia anunciada
Lo más indignante para José es que la catástrofe era previsible. «A las nueve de la mañana del jueves hubo un comunicado cuando el fuego estaba en Burgondo«, a 30 kilómetros en línea recta. El comunicado de la Junta describía exactamente lo que pasaría: si no se paraba en Burgondo, llegaría a Navalunga, luego a la presa del Burguillo, después a La Rinconada y finalmente entraría en la reserva natural del Valle de Iruelas, donde nunca había habido un incendio.
«A las ocho de la tarde llegó aquí. ¿Qué hicieron desde las nueve de la mañana?», se pregunta. «Nos ponemos 20 amigos en Burguillo y lo paramos, 20. Y no paró nadie nada».
El desastre ecológico
El Valle de Iruelas es una zona ZEPA (Zona Especial de Protección de Aves), uno de los parques más importantes del mundo. «Hay todos los animales que te puedas imaginar de cuatro patas, pero aves todas: rapaces, no rapaces, grandes, pequeñas… todo a tomar por culo».
José recorrió la carretera dos días después del incendio y encontró una escena que no olvidará jamás: «Había como 100 venados muertos entre la presa y aquí. Son como de madera cuando mueren quemados, como muñecos de madera, tiesos». Los animales intentaban bajar al río Alberche para salvarse, pero muchos no llegaron. Grabó un vídeo pero lo borró «para que no lo vean los niños».
Ahora cientos de buitres y águilas sobrevuelan la zona buscando comida. «¿Qué van a comer? En su casa no hay nada». Un cabrero con 700 cabras le preguntó desesperado: «¿Y dónde voy ahora? ¿Qué comen ahora?».
La contaminación que viene
«Estamos muy asustados del primer día que llueva», confiesa José. «Esto es veneno, todo veneno». La fruta está contaminada, los árboles, la uva que es abundante en la zona. Las tuberías de agua están quemadas, se fueron la luz y las comunicaciones. «Siete días después, Telefónica y Movistar nos tienen abandonados. Ni teléfono, ni televisión, ni internet».
La herencia perdida
La finca pertenece a la familia de su madre desde 1872. Conserva las escrituras originales, las hijuelas hechas a mano. «Toda mi vida dedicado aquí, es mi sangre, he nacido aquí. Mis tíos, mis abuelos paternos y maternos, tíos, primos, amigos…».
Ante eso, «¿qué te va a dar miedo?». Por eso luchó con mangueras mientras el fuego avanzaba, regando sin parar. «No sé si he salvado nada más con las mangueras, pero los perros se salvaron. Y créeme que he salvado la finca».
Sin compensación
La Guardia Civil le instaba a marcharse: «Que fuera, que fuera». Su respuesta fue clara: «¿Fuera por qué? Me parece denigrante y humillante que echen a alguien de su casa». Muchos vecinos tomaron la misma decisión.
Ahora, las malas noticias continúan: «Los seguros no pagan. Que tiene que estar asegurada la vaca y el nombre de la vaca… No cobran nadie». Y nadie devolverá los recuerdos perdidos, toda una vida familiar calcinada.
El balance emocional
«No me ha dado tiempo a enfadarme, estoy triste. Me enfadaré dentro de unos meses, pero ahora no me da tiempo». José mira el paisaje que antes amaba contemplar. «Todo lo que ves con tus ojos, todo está quemado. Todo, todo, todo». El primer monte de la Sierra de Gredos, en la Cabeza de la Parra, completamente negro. «Luego ya están 100 kilómetros de monte. Ese es el primero».
Su conclusión es tajante: «Esto certifica que el estado de las autonomías ha muerto. No vale eso de ‘esto es mío’. Estamos a 62 kilómetros de Madrid y aquí no ha venido nadie».
Cuando se le dice que es un héroe, lo niega: «Un ciudadano lucha por salvar lo que es suyo». Pero admite que se jugó la vida por sus animales y por una tierra que lleva en la sangre desde 1872.