Salvando las inmensas distancias en siglos de historia y diferencias religiosas, étnicas y políticas, conviene recordar lo que le ocurrió a la extinta Yugoslavia para que España no sufra una valcanización con eso de que todos los caminos conducen a Roma. Porque senda llevamos por culpa de fuerzas bien visibles y otras bien ocultas.
Durante cientos de años, el territorio que luego fue Yugoslavia se extendía entre dos imperios: el otomano y el austrohúngaro. Conocida entre 1929 y 1941 como Primera Yugoslavia (yug, que significa sur, y slavija, tierra de esclavos), Reino de Yugoslavia o Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, después, que aunó diversas etnias, religiones y naciones, y desde 1943 y hasta su progresiva desaparición en la década de los 90 República Federativa Socialista de Yugoslavia, que empezó a cavar su tumba cuando aprobó en 1974 una Constitución que garantizaba la autodeterminación de cada una de las seis repúblicas que la integraban. Las ideologías nacionalistas crearon sus propios partidos y dos líderes secesionistas ganaron influencia: Slobodan Miloseviv (serbio) y Franjo Tudman (croata). Las tensiones se agravaron, muchos conectaron con los discursos nacionalistas y la guerra se fraguó. El 25 de junio de 1991, tras declarar la independencia de sus respectivos territorios, se enzarzaron entre ellos y más tarde con los bosnios, capitaneados por Alija Izetbegovic.
Para separar a serbios y croatas Naciones Unidas (NU) intervino ese año con 14.000 soldados (misión UNMIBH). Después, el 20 de diciembre de 1995 y con el enfado de Rusia, la OTAN, cuyo Secretario General era el español Javier Solana Madariaga y en una guerra no declarada entre la mayoría de sus miembros y la República Federal de Yugoslavia (pero en la que Alemania mostró interés), desplegó 60.000 soldados de la Fuerza de Implementación (IFOR), integrada también por fuerzas de 16 países extra OTAN, que sustituyeron a la desacreditada UNMIBH. Un año más tarde la IFOR fue reemplazada por la Fuerza de Estabilización (SFOR, 32.000 efectivos), y en 1999 la OTAN, sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (en donde se opusieron Rusia y China), inició la campaña de bombardeos aéreos (Allied Force) contra objetivos yugoslavos, tanto civiles como militares, en Serbia y Kosovo.
Después de cientos de miles de muertos entre hermanos, padres, hijos y vecinos; millones de huidos, genocidios y pisoteo de derechos humanos en nombre del vitriólico nacionalismo, el resultado es lo que hay ahora: Yugoslavia ha desaparecido y en su lugar quedan siete frágiles Estados independientes (Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Montenegro, Kosovo y Macedonia del Norte) que conviven con fantasmas, rencillas, un pesado lastre económico y problemas para la Unión Europea (UE) y de esta con Rusia y China.
Y hablando de Rusia, la Comisión Especial del Parlamento Europeo sobre injerencias extranjeras en los procesos democráticos de la UE aprobó la última semana de enero un informe en el que, entre otras cuestiones, propone que se investiguen “en profundidad” los vínculos del régimen ruso con el independentismo catalán porque a estas alturas quedan pocas dudas de que Rusia ha visto en el secesionismo catalán una oportunidad para desinformar sobre España y desestabilizar la UE. Los servicios de inteligencia de distintos países e investigaciones policiales y judiciales han acumulado evidencias de esas injerencias rusas en España a cuenta del independentismo. Entre ellas y según relato de Jorge Navas en ABC, la presencia de agentes rusos en Cataluña en vísperas del 1-O y la proliferación de cuentas y programas robotizados operados desde Rusia y Venezuela para difundir bulos a favor de la causa secesionista, en los que también participaron medios de comunicación afines a Putin como Russia Today y Sputnik. Además, el juez que investiga el “Caso Voloh” por desvío de fondos públicos para la huida de Carles Puigdemont i Casamajó señala en uno de sus escritos que un “delegado” de un “grupo de Rusia” ofreció a los secesionistas “contar con 10.000 soldados y pagar la deuda catalana” justo antes de la declaración unilateral de independencia posterior al referéndum de 2017. El New York Times, por su parte, ha publicado informes de inteligencia que desvelan reuniones en 2019 de ex agentes rusos de espionaje y funcionarios con Josep Lluis Alay, asesor y emisario de Puigdemont. Y siguiendo esa propuesta de la Comisión Especial, el Parlamento Europeo aprobó el 9 de marzo un dictamen en el que propone medidas para proteger a la UE de esas intervenciones rusas, citando expresamente a los movimientos secesionistas catalanes y calificándolas de injerencias en la política interior española.
Esto forma parte de las fuerzas ocultas (nada nuevo en nuestra historia pues ya lo hicieron “Los germanos”, grupo de alemanes que después de ser espías de Alemania en España durante la I Guerra Mundial se dedicaron, a las órdenes de los cónsules alemanes en San Sebastián y Sevilla, a alentar movimientos insurreccionales en Cataluña y Andalucía) porque las bien visibles en España son los partidos independentistas (prohibidos en el artículo 21.2 de la Ley Fundamental de Alemania con estas palabras: “Son inconstitucionales los partidos que por sus fines o por el comportamiento de sus adherentes tiendan a desvirtuar o eliminar el régimen fundamental de libertad y democracia, o a poner en peligro la existencia de la República Federal de Alemania”) como ERC, PDeCat, PNV, EH Bildu, BNG, los sobrevenidos en Baleares, Valencia, Aragón,…, porque su deriva autonómica se dirige a la secesión, y el comunista Unidas Podemos, todos con sus doctrinarios medios públicos y privados de comunicación. Como dijo Churchill, “una nación que olvida su historia, no tiene futuro”, así que estemos alertas y prestos porque, llegado el caso y por “ser un problema interior”, ni la UE, ni la OTAN, ni la ONU harán nada por nosotros. Solo certificar la desaparición de España y luego, si acaso, reconocer la soberanía de los trocitos si con ello ganan algo.

