Fco. A. Juan Mata: «Cristóbal Montoro y otros casos: ¿Dónde termina el lobby y empieza la corrupción?»

"La corrupción no se combate solo con castigos, sino con instituciones que hagan imposible ejercerla sin consecuencias." —Luis María Anson, periodista y académico de la lengua

Cristóbal Montoro
Cristóbal Montoro

La frase de Anson condensa en pocas palabras una verdad incómoda: el problema no es solo el delito, sino la estructura que lo tolera. Cuando los controles fallan o se diluyen, cuando la cercanía al poder se vuelve opaca, el riesgo de desvío es constante.

Conocí a Cristóbal Montoro hace años, cuando ambos trabajábamos en la sede madrileña del Banco Atlántico. Él dirigía el Departamento de Estudios; yo era uno de los responsables de Empresas Participadas. Montoro ya demostraba entonces una agudeza intelectual y una capacidad analítica destacadas, cualidades que no tardaron en abrirle camino hacia la esfera pública.

Hoy, su nombre vuelve a ocupar los titulares, aunque bajo una luz completamente distinta: la de una presunta trama de corrupción vinculada a su etapa como Ministro de Hacienda. No me corresponde juzgar su culpabilidad, ni atribuirle responsabilidades más allá de lo que la justicia determine. Pero sí considero necesario reflexionar sobre lo que esta situación revela sobre nuestras instituciones y sobre la compleja —y a menudo opaca— relación entre poder y transparencia.

Durante aquellos años compartidos, Montoro se comportó como un profesional riguroso, centrado en el análisis macroeconómico. Resulta irónico —y al mismo tiempo revelador— que quien entonces elaboraba proyecciones desde un banco, terminara al frente de las finanzas del Estado. Su ascenso fue meteórico, y con él también se consolidaron relaciones que hoy merecen ser examinadas con atención.

Algunos de los nombres que resurgen en esta trama parecen estar vinculados a su etapa anterior como promotor de una firma de asesoría jurídica-financiera. El posterior nombramiento de varios de ellos en altos cargos de la administración bajo su gestión plantea preguntas legítimas: ¿hasta qué punto influyen los vínculos personales en las decisiones públicas? ¿Dónde termina el mérito y dónde comienza la lealtad?

Las acusaciones que hoy circulan, aún pendientes de análisis judicial, recuerdan a estructuras similares a los llamados lobbies anglosajones: organizaciones privadas que, con total legalidad, influyen en la elaboración de políticas públicas. Ejemplos hay muchos: desde la Asociación Nacional del Rifle (NRA), que bloquea reformas sobre el control de armas en EE.UU., hasta los poderosos lobbies farmacéuticos que condicionan precios y regulaciones en favor de grandes corporaciones.

En aquellos sistemas, el lobby está regulado, pero su influencia suscita enorme debate ético. En España, sin embargo, cuando ese tipo de dinámicas se produce sin transparencia, lo que en otros países es “influencia estratégica”, aquí suele convertirse en sospecha de tráfico de influencias o corrupción administrativa. Por eso, más que un caso “Montoro”, lo que debería preocuparnos es el patrón que se repite en múltiples administraciones, de todos los colores políticos.

Hoy también están bajo el foco mediático y judicial otros nombres ligados al poder: desde los casos que afectan al hermano del presidente Sánchez y a su esposa, hasta los ya avanzados procesos contra exsecretarios del PSOE como José Luis Ábalos y Santos Cerdán. No se trata de repartir culpas, sino de reconocer una estructura institucional que no termina de blindarse frente a la opacidad ni a la cercanía indebida entre el poder político y el interés privado.

Montoro, como los anteriores citados, goza —y debe gozar— del derecho a la presunción de inocencia. Será la justicia quien determine los hechos. Pero hay una dimensión que escapa a los tribunales: la de la confianza pública. Esa confianza se erosiona cuando las instituciones parecen permeables a intereses personales o de grupo, y cuando la meritocracia es sustituida por redes de afinidad.

Como periodista, y también como alguien que conoció al personaje en una etapa distinta de su vida, no me corresponde dictar sentencia. Mi objetivo es plantear preguntas, no respuestas. ¿Cómo evitar que los vínculos personales se infiltren en la toma de decisiones públicas? ¿Qué mecanismos deberíamos exigir para asegurar que los nombramientos se basen en méritos y no en fidelidades? ¿Dónde termina un lobby y comienza la corrupción?

La actualidad nos obliga a interrogarnos. Tal vez no se trate únicamente de esclarecer si hubo delito, sino de decidir si como sociedad queremos seguir tolerando una cultura política donde las fronteras éticas se desdibujan con facilidad y donde la proximidad al poder puede convertirse en un pasaporte hacia la impunidad.

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