“El analfabeto del siglo XXI no será el que no sepa leer y escribir, sino el que no pueda aprender, desaprender y reaprender.” — Alvin Toffler (futurista y autor de El shock del futuro)
Queridos nietos:
Permitidme que os hable claro, porque para que os engañen ya tenéis a políticos, rectores y gurús tecnológicos. Estáis a punto de elegir carrera, y he oído que queréis estudiar medicina y derecho. Muy nobles aspiraciones, sí señor. Lo malo es que, si las cosas siguen como van, para cuando acabéis los estudios puede que ni los médicos diagnostiquen ni los abogados redacten demandas. Lo hará una máquina. Y gratis.
No exagero. Hoy mismo hay algoritmos que ven tumores en una resonancia con más precisión que un radiólogo con treinta años de experiencia y que redactan contratos mejor que un licenciado con matrícula de honor. Y si les da por aprender jurisprudencia, olvidad lo de pasaros la vida buscando sentencias en bases de datos: lo hará la IA en cinco segundos, mientras vosotros seguís peleándoos con el wifi de la facultad.
Mientras tanto, la universidad seguirá cobrándoos matrículas como si os estuviera regalando la llave del futuro. Os venderán discursos sobre el “prestigio” del título y la “seguridad” de un oficio tradicional. Os dirán que una carrera es una inversión, que la toga y la bata blanca todavía tienen futuro. Y vosotros, pobres de vosotros, creeréis que el título os convierte en imprescindibles. Spoiler: no.
Lo ha dicho uno que sabe del tema, Jad Tarifi, ex de Google y uno de esos tipos que inventaron las máquinas que ahora vienen a quitarnos el pan. Según él, meterse a estudiar medicina, derecho o cualquier doctorado largo puede ser un desperdicio de tiempo. Para cuando salgáis con el diploma, dice, el mundo habrá cambiado tres veces y la mitad de lo que aprendisteis servirá lo mismo que un teléfono de baquelita. Y no lo dice solo él. Mark Zuckerberg y Sam Altman, los que están dirigiendo este circo, ya se preguntan si no será una estupidez pagar una millonada por un título universitario que caduca antes que un yogur.
Ahora bien, no todo está perdido. La IA podrá escribir recursos y analizar datos clínicos, pero hay algo que no sabe hacer: ser humano. No comprende el miedo del paciente, ni el temblor en la voz de un acusado, ni la mirada de un cliente que oculta algo. Si queréis tener un futuro en estas profesiones, vais a tener que aportar lo que ningún algoritmo puede dar: criterio, empatía, intuición, coraje. Pero eso no os lo van a enseñar en ninguna facultad. Para eso hay que leer, vivir, equivocarse, perderse y volver a empezar.
Y aquí va mi advertencia: no confiéis en que la universidad os prepare para lo que viene. No lo hará. Seguirán enseñándoos códigos que cambian cada dos años y protocolos médicos que ya están siendo reescritos por laboratorios con IA. Seguirán evaluándoos por la cantidad de apuntes memorizados, mientras las máquinas aprenden diez veces más rápido que vosotros. La universidad, tal como está, es un transatlántico que avanza directo hacia un iceberg mientras los capitanes siguen dando charlas sobre “excelencia académica” y “empleabilidad”.
Eso no significa que no estudiéis. Significa que no podéis estudiar a ciegas. Si queréis ser médicos, preparaos para una medicina distinta, donde el bisturí lo lleve un robot y vosotros tengáis que decidir qué cortar y cuándo. Si queréis ser abogados, asumid que la mitad de vuestro trabajo lo hará un software, y que vuestro valor estará en lo que las máquinas no entienden: la negociación, la lectura entre líneas, la intuición política, el alma humana.
Sobre todo, no os convirtáis en burócratas del conocimiento. No os limitéis a repetir manuales. Aprended a aprender y a desaprender. Tocad biología, sí, pero también filosofía; estudiad derecho, pero leed literatura; empapaos de tecnología, pero no olvidéis que las máquinas no saben de amor, miedo ni venganza. Cultivad todo aquello que no cabe en un algoritmo.
Porque os diré algo que no os dirá ningún decano: el futuro no es de los que más saben, sino de los que saben pensar distinto. Los obedientes serán los primeros en caer. Los que se limiten a hacer lo que les mandan, los que crean que basta con cumplir, los que se aferren a títulos y currículums, acabarán trabajando para las máquinas… si es que las máquinas necesitan aún a alguien.
Así que, nietos míos, estudiad, sí, pero con los ojos abiertos y el cuchillo entre los dientes. La IA no es el enemigo: el enemigo es la complacencia. Sed los tipos que aportan lo que no se puede programar. Todo lo demás, lo hará una máquina más barata, más rápida y más precisa.
Y creedme, cuando llegue ese día, ni los títulos universitarios ni los discursos de los gurús salvarán a nadie. Solo vuestra cabeza. Y, si me apuráis, vuestro coraje.
Con un abrazo… y una advertencia,
Vuestro abuelo
