El 26 de septiembre de 2026, el periodista Antonio R. Naranjo encabeza su columna en El Debate con el título Begoña tiene un cómplice.
Su planteamiento es rotundo: Pedro Sánchez no es un mero espectador en el caso de su esposa, sino que se beneficia políticamente de una defensa basada en la indignación, el silencio y el ataque hacia quienes están llevando a cabo la investigación.
En su artículo, Naranjo establece que la relación entre Begoña Gómez y el presidente no puede desvincularse del ejercicio del poder. A su juicio, las oportunidades, los contactos y las decisiones que están bajo el escrutinio público no se pueden estudiar sin tener presente que Gómez es la esposa del líder del Ejecutivo. Desde esta óptica, la reacción de Sánchez no se dirige a abordar las acusaciones en profundidad, sino que intenta redirigir el debate hacia una supuesta persecución que recaería sobre su familia.
“Begoña no es Begoña en el asunto que nos ocupa: es la mujer del presidente y por eso mismo va a ser juzgada, al entenderse que los presuntos delitos descritos en el auto de acusación solo pudieron cometerse gracias a esa condición.”
La reflexión encapsula el centro del argumento. El autor no dice que esa relación familiar imponga una culpabilidad penal, pero sí que es relevante para entender el marco de los hechos en cuestión. A su juicio, el apellido presidencial serviría de llave para acceder a relaciones, recursos y espacios de influencia que una persona sin esa posición no podría disfrutar.
Naranjo amplía la mirada hacia un contexto político que describe como una intrincada red de favores, silencios y tácticas de desgaste. Introduce otros episodios relacionados con el entorno del PSOE y el caso de David Sánchez, hermano del presidente, para dibujar un panorama de deterioro institucional. La fuerza de su lenguaje pone de relieve, según el columnista, la coincidencia entre la protección del círculo cercano al presidente y la falta de explicaciones satisfactorias.
“Tenemos, por citar sólo el penúltimo ejemplo, a una tipa pagada por el PSOE que contactó con un clan de las drogas para quitarse de en medio a la juez encargada de David Sánchez, el Hermanísimo con menos luces que una sesión de ouija, y que además gastó dinero del PSOE en comprar audios grabados en la sauna del yerno de Sánchez y lo disimuló con inserciones publicitarias en el seudomedio presidido por Rosa Villacastín, tertuliana del régimen en TVE, donde pontifica –no se rían– de política.”
Este fragmento amalgama acusaciones, ironía y menciones a varios actores. Su propósito dentro del texto es forjar una atmósfera de cloaca política, donde las controversias se suceden sin que el presidente asuma una cuota de responsabilidad pública. La dureza del estilo convierte la denuncia en una sátira sobre los mecanismos de defensa del poder.
“En esa escena siciliana Sánchez guarda silencio, como si la cloaca no fuera suya y el hermano tampoco, dejando que el trabajo sucio de blanquearlo lo hagan lumbreras con las dosis correctas de inmundicia y la fórmula mágica del sanchismo, mitad ignorancia, mitad osadía.”
La imagen de «escena siciliana» resume la crítica institucional de Naranjo: la cuestión no radica solo en la existencia de investigaciones, sino en la reacción política ante ellas. Según él, el silencio del presidente es una estrategia deliberada. Al mismo tiempo, colaboradores, dirigentes y comentaristas asumirían la función de desacreditar a jueces, periodistas y opositores.
La indignación como alternativa a las explicaciones
La columna marca una distinción entre dos maneras de reaccionar. La primera consiste en mantener el silencio y permitir que otros se encarguen de la defensa del presidente. La segunda aparece cuando Sánchez interviene, pero lo hace, según Naranjo, desde una ofensa personal en lugar de ofrecer una explicación fundamentada.
“Y luego ya irrumpe el segundo registro, igual de indecente y más ocasional porque hasta él mismo sabe que no se lo cree nadie y que enfadarse en lugar de explicarse es en realidad una confesión de culpa: un presidente digno es capaz de ofrecer una alternativa solvente a las sospechas que le acechen, y entiende que en una democracia se rinden cuentas, no se ajustan con los jueces, los guardias civiles, los periodistas y al final los propios ciudadanos.”
En este punto, Naranjo enfatiza la dimensión más política del artículo. Su crítica no se limita a Begoña Gómez ni a un caso judicial específico. Va más allá, cuestionando la relación entre el poder y la necesidad de rendir cuentas. Para el periodista, en una democracia se hace imprescindible responder a las sospechas con argumentos, pruebas y transparencia. Transformar cada investigación en un ataque al Gobierno, según sostiene, daña la confianza en las instituciones.
La última mención de Naranjo se centra en la reacción de Sánchez ante el procesamiento de su esposa. El autor la ve como una dramatización en la que el presidente asume el papel de víctima, tratando de sustituir el debate legal por un enfoque emocional.
“La penúltima indignación de Sánchez ha sido especialmente memorable: le preguntaron por el procesamiento de su esposa y, apretando los labios y creyéndose Copérnico juzgado injustamente por sus teorías astronómicas, dijo que antes que su mujer era Begoña Gómez, como si el nombre evocara a Simone de Beauvoir, y que ya estaba todo dicho al respecto de su martirio.”
La comparación con Copérnico y Simone de Beauvoir refuerza el tono irónico. Naranjo se burla de la solemnidad en la respuesta del presidente y cuestiona la presentación de Gómez como víctima de persecución política. El contraste que plantea es evidente: mientras Sánchez se aferra a su identidad y su agravio, el proceso judicial exige hechos, explicaciones y garantías.
Así se cierra la idea que sustenta el titular: Sánchez sería el “cómplice necesario”, no porque la columna establezca una responsabilidad penal, sino porque Naranjo sostiene que su posición aprobó, protegió o capitalizó políticamente las acciones de su esposa. Aquí, el lenguaje transita por el ámbito de la opinión y la acusación política, mientras que la responsabilidad jurídica compete únicamente a los tribunales.
Como nota curiosa, el artículo convierte nombres y situaciones reales en los personajes de una farsa política: Copérnico, Beauvoir, una “escena siciliana” y hasta una “sesión de ouija” se entrelazan para retratar la confusión del poder con una combinación de sarcasmo, cultura y provocación periodística.
