Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de José María García Fernández, “Castilviejo”)(*)
Hay sosiego y tranquilidad en el campo cuando se va a él en busca de paz. Cuando se vive en él y de él, el sosiego y la tranquilidad son una vorágine de actividades: una tras otra sin solución de continuidad. Terminó con bien g.a D. la pesadilla del entresaque y escarda del “cerial” achicorias y remolachas. Sin prisa y sin pausa da comienzo otra labor en el regadío de no menor importancia. Las tierras suaves, mollares y limosas del valle del Duero, son “que ni pintadas”(o sea superioronas) para la importante producción de patatas en ellas que abastecen a media España. Sin embargo, no son de aquí las que se utilizan como sembraderas. Patatas pequeñas -terciadas- criadas en lugares más hostiles que, al enterrarse, humildes, en tierras más feraces, se desarrollan a sus anchas con más y mejores rendimientos que las autóctonas procedentes de la cosecha anterior. Las patatas propias no aptas para el consumo por demasiado pequeñas (cochineras) se emplean en la alimentación de los cochinos cocidas y envueltas con salvados y toda clase de restos de comida. Animales que no pueden faltar en ninguna casa de labradores. Aprovechado hasta el rabo de ellos, son la despensa de cuantos dedicados al oficio más antiguo del mundo (la agricultura y no otro…) proporciona con pocos gastos el complemento en la alimentación de la mayoría de las familias que viven en y del campo.
Degeneradas y poco productivas las exquisitas patatas “Roja riñón”, Sólo se cultivan y producen en huertos familiares. Con procedencia de la cordillera andina, “ayer” irrumpieron en el mercado español las variedades tempranas con certificado y garantías de origen: Palogán, Red Pontiac, Dessirée… Oriundas de peor suelo y clima, encontraban en los terrenos suaves y mollares del valle del Duero, excelentes condiciones para crecer y desarrollarse a sus anchas con altas producciones. Pero el cultivo “ayer” de las patatas, alimento básico desde hace sólo tres siglos, exigió abundante mano de obra y no menos sudor de quienes, para satisfacer la continua demanda de mercados, siempre exigentes, finalizaban la recolección propia o a jornal para un “amo”, con el cuerpo cada vez más encorvado y encalladas las manos y como garfios al empuñar el azadón.
Créanme ustedes si les digo que, alimento tan vulgar y tantas veces caprichoso, puso a prueba el coraje y la resistencia, hasta límites inimaginables por inhumanos, de nuestros castellanos del Valle.
Con el recuerdo no tan lejano y experiencia en lo que les digo, seguiré paso a paso algunas de las labores (imposible todas) con el tubérculo, que hoy no tienen comparanza posible con las de ayer.
Los camiones, con resoplidos de animal herido, llegaron con el género al caserío. Rodeados “deseguida” por todo el personal, los comentarios no se hicieron esperar:
-“¡Páicen cochineras!, dijo Santiago “Fogato” en “cuantis” que abrió uno de los sacos que, por la lona blanca de la que estaban hechos, parecían costales de harina.
-“¡Ande estén las de `reñón´, que se quiten éstas, blancas como la leche!, exclamó ahora Nicolás `el Croner´. Que tengo ó en el `buerto´ las de `to la vida´. Las de reñón –prosigue orgulloso- que me guisa la mi Jacinta que, `an sin tajadas de la olla, `pái´ que las `puson´ lo mejor del cochino en el puchero. ¡Velay éstas-continúa- si hasta `tien la color´ de estar `marrotadas´… `Quisió´ -pai que finaliza la curiosa perorata- si al amo no le habrán`enveredau´ `quisió ande´ gato por liebre…”
Y “el Sábanas” el cachicán:
-“Pa mi que sos adelantáis sigún luhacen los chichotes”. Y, sentencia: Al freír será el reír y no “antes de conantes”. ¿No están las mozas que da la bendición el verlas blancas como recién enjalbegadas…? Pos a qué ton –finaliza- tanta repunancia a lo que no conocís”.
Arado en invierno el cacho del Sotillo, pasaron por él los hielos y las nieves y quedó suave y mullido. En condiciones “superioronas” para recibir a las madres que morirán bajo el terreno para dar vida, y vida abundante, a las hijas Palogán que “vinon de quisió ande”.
Cientos de carros con basura dejaron el Sotillo “sembrado” de pequeños montones de estiércol que docenas de obreros esparcieron hasta dejar el cacho, cubierto como con una manta del alimento que agradecerían las patatas con generosidad de frutos. Tapada la basura bajo tierra y pasada la grada, el Sotillo era una carta “ande escribir” una de las labores de ayer más duras en nuestros campos del Valle.
Al siguiente día de recibir las palogán sembraderas, el primer carro con los “costales de harina” (sacos “elegantes”) bajaba la cuesta pina del Sotillo con la extraña carga. Tan pina es, que “Fogato” el mulero tuvo que echar fuerte la galga (freno) para detener el carro que, demasiado “agudo”, bajaba directo al río, al final de la tremenda cuesta abajo. En “cualisquier caso”, pensó, mejor que cuando le tocara subir cargado. Abajo esperaban tres pares con arados de vertedera; en charla de lo más animada –y ruidosa-, varias mujeres, todavía derechas como velas, con las sembraderas de saco al hombro.
Sin pérdida de tiempo, el par de “Bobarras”, sin volver la vista atrás, abrió el primer surco de alto en bajo: varios cientos de metros de punta a punta del Sotillo. Herida abierta en la tierra limosa trazada como con tiralíneas. Todo el cacho, menos al llegar a la “Cuadra del Caballo”. Allí, con el terreno en pendiente hacia el río, describió (veremos porqué) una curva amplia, perfecta.
Fogato llenó las sembraderas de las mujeres. En seguida y tras el surco abierto por el arado, comenzó la siembra. En un continuo “toma y daca” sacaban una a una las patatas que lanzaban, precisas, exactas, y a cada paso, a la falda del surco recién abierto. Con igual precisión las pisaban luego para que quedasen “una miaja” enterradas. Encorvadas con las sembraderas llenas, volvían a enderezarse lentamente a medida que proseguía la siembra. Y en la misma medida, pesaban cada vez más las alpargatas por el continuo pisar en terreno mollar y pegajoso por la humedad del tempero. A mitad del cacho, esperaba el relevo de otra moza encorvada por la sembradera llena.
-“Pos no veo ó, que éstas palogán o como demontres se llamen, tengan nada que envidiar a las de ´reñón´, que `velasaquí´ están con `mu bien´ `diojos´, dijo la Margarita con la última patata de la sembradera en la mano.
-“Ojos o yemas, terció la Pola, que venía con toda su gran humanidad escorada como una embarcación corrida a un lado la carga, si por cada una `espunta´ una rama, `quisió´ las patatas que no tendrán luego debajo. Que todas saben a patata, sean o no de `reñón´.o. Y `pa mí´-termina- que las palogán doblarán en cantidad a las nuestras que ya se están `hiciendo´ viejas”. La Pola continuó donde hizo el relevo a la Margarita. Regresó ésta al carro a por más, al tiempo que daba la razón a la compañera: “¡A ver…!”. Sembrado el primer surco, el par de “Cagaris” tapó con el arado de vertedera lo recién sembrado. Y para formar el caballón de tierra donde tomar jugos las que pariera la madre, otro par, el de “Engañabaldosas”, arrimó la suficiente al tiempo que dejaba hecho el surco para el riego.
Así se hizo ayer este trabajo de sólo siembra. Si Dios es servido, será otro día de similar primavera cuando les recuerde las “dieferencias” con las labores de hoy en el mismo cultivo. Intentaré omitir las expresiones que, como las patatas “trempanas” Palogán se “hizon” definitivamente viejas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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