A los progresos de las Artes. 25. El palacio de Santa Cruz, compartido

Por José María Arévalo

(Boceto de techo (detalle). Óleo de Victoriano Chicote Recio -1874 a 1961-, en el Catálogo de pintura del museo de la Real Academia de la Purísima Concepción, de Valladolid, realacademiaconcepcion.net. 0,70×0,95)(*)

En apartado que titula “Relaciones de la Academia con la Universidad en el uso del edificio de Santa Cruz”, continúa doña Amalia Prieto Cantero la relación de lo sucedido tras la desamortización de Mendizábal, en su libro “Historia de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid”, que estamos reseñando, con lo que nos unimos a la celebración del 230 aniversario de que Carlos III admitiera a la Academia vallisoletana bajo su protección, en 1783. Concluimos así el periodo 1850-1855 de la vida de la Real Academia.

A cargo ya de la Academia el “Museo” ahora llamado “de Bellas Artes” -explica doña Amalia-, desde octubre de 1850, y continuando éste instalado en Santa Cruz, como también las Bibliotecas que habían pasado a poder de la Universidad, ambas corporaciones hubieron de tener relaciones íntimas por razón de vecindad. “Mientras el Museo estuvo a cargo de la Comisión Científica y Artística y, más tarde, de la Comisión Provincial de Monumentos, el servicio de éste se había realizado por la escalera principal del edificio que, pese a ser lugar de tránsito, estaba ocupada por diversos objetos de arte. Para la Biblioteca se utilizaba una escalera secundaria, próxima a la entrada principal del edificio y, de esta forma, el servicio se realizaba con independencia. Tal estado de cosas cambió por gestión del Rector Manuel Cuesta, que creyó necesario utilizar la escalera principal para la Biblioteca. La Academia quiso oponerse a este proyecto por el riesgo que suponía para las obras de arte depositadas en la escalera. La situación llegó a ser tirante y se sometió al arbitrio de la Reina que la resolvió a favor de la Universidad.

“Prohibición de sacar objetos del Museo

Interesa hacer notar que los objetos artísticos entregados a la Academia lo habían sido en calidad de depósito para su conservación y custodia y, por ello, no podía permitir que se sacasen sin conocimiento y autorización del Gobierno. Los propios Gobernadores de la provincia, Presidentes de la Comisión, tampoco podían sacados. Por este motivo la Academia hubo de reclamarles la devolución de unos sillones que, para su sala de despacho, les había prestado la Comisión referida.

Estado en que se encontraba el Museo de Bellas Artes cuando fue entregado a la Academia

En el año 1850, en el que la Academia de la Concepción se hizo cargo del Museo, ya se habían terminado, en él, los traslados e ingresos de objetos de arte procedentes de los conventos realizados sucesivamente, a partir de 1836, por las Juntas Recolectora y Clasificadora y, finalmente, por la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos. Lo fundamental ya estaba logrado, tan sólo faltaban algunas aportaciones tales como la del convento de carmelitas calzados de la ciudad, recibida más adelante, y la vuelta al establecimiento de algunas obras de arte como el Cristo de la Luz, que estaba depositado en la capilla del que fue Colegio de San Gregario. En lo sucesivo tan sólo se efectuaron ingresos de objetos procedentes de los concursos de arte de que más adelante se tratará. Por tales motivos los trabajos de la corporación académica al frente del Museo estuvieron reducidos, en un principio, a resolver las peticiones de personas y entidades que reclamaban la devolución de obras de arte en él depositadas. Para emitir los pertinentes informes hubo de recurrir a solicitar antecedentes conservados en su Archivo por la Comisión Provincial de Monumentos, los cuales se remontaban a los tiempos en que dichos objetos ingresaron en el citado Museo o, tal vez, a épocas anteriores siendo, por ello, del mayor interés como los datos que proporcionó con ocasión de reclamarse por el cabildo catedralicio la devolución del cuadro titulado “El Bodegón”; y más tarde, por el marqués de Alcañices, la de las pinturas de las franciscanas de Fuensaldaña.

El cuadro “El Bodegón” había sido cedido al Museo por el cabildo metropolitano a cambio de la sillería del convento dominicano de San Pablo de esta ciudad. Esta pintura había sido rescatada, por dicho cabildo, de manos de los franceses, en tiempos de la guerra de la Independencia. Entonces fue colocada en el coro de la catedral. Por el mismo tiempo el citado cabildo había salvado también del poder de los franceses invasores, la sillería del referido convento -suprimido por Napoleón-, colocándola igualmente en el templo catedralicio, en donde estuvo hasta 1824, en que fue devuelta a la indicada comunidad de dominicos a cuya devolución, por 1818, se había mostrado contraria la Academia vallisoletana de Nobles Artes encargada de velar por el decoro de los monumentos artísticos. Suprimido el convento, de nuevo, en 1835, se hizo cargo de la sillería la Comisión Científica y Artística y Junta Clasificadora que la cedió, en 1841, al cabildo metropolitano a cambio del citado cuadro “El Bodegón”. En 1854 el cabildo redamó la devolución de esta pintura, la cual no se realizó porque hubiera tenido que devolver -él- la sillería que por el cuadro había recibido, ya que el trueque había sido doble: devuelto uno de los objetos hubiera sido preciso devolver el otro, con lo que el cabildo resultaría perjudicado por ser de menor valor el cuadro que la sillería.

En cuanto a las pinturas del convento de Fuensaldaña, depositadas en el Museo, en 1842, cuando se estaba organizando ya cerca de las cuales había redactado, por 1825, un interesante dictamen Pedro González Martínez -como ya se ha indicado- dio también la Academia un detallado informe cuando el marqués de Alcañices, Patrón del convento de franciscanas de dicha localidad, las reclamó. Una vez más fue la Comisión de Monumentos la que proporcionó los antecedentes que en su Archivo tenía, los cuales se remontaban a la época de la invasión de los franceses, que habían trasladado tales pinturas a la Corte, deteriorándolas gravemente por haberlas enrollado en un cilindro de escaso diámetro. La pretensión del Patrono tampoco tuvo efecto por no haberse consignado en la donación hecha, cláusula a su favor y, además, porque las monjas de tal convento habían recibido por ellas, a cambio, ciertos objetos de culto con lo que su derecho era nulo.

Finalmente otra reclamación, como la que hicieron los duques de Medinaceli, de una colección de cuadros-retratos de sus familiares, tuvo también análoga solución favorable al Museo.”

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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