Demasiado fúnebre

Por Javier Pardo de Santayana

(Retrato del acuarelista Tomas Campuzano y Aguirre,1857 – 1934. Acuarela de Francisco Pedro Roldán)(*)

Ahora, cuando a punto ya de los ochenta, es de suponer que esto acabe a no más tardar, me parece oportuno abordar un tema algo gafe y desagradable pero no por ello menos oportuno. Me refiero a la parafernalia anexa a ese tránsito al «otro mundo» que en el fondo nos trae a mal traer.

Y entro en el tema sacando a colación el vocabulario anexo, o sea el horroroso juego de vocablos que venimos utilizando para referirnos a diversos aspectos de la cuestión. Por ejemplo, lo de «cementerio». Porque ¿qué demonios tiene que ver el que uno diga adiós a este mundo para identificarnos con el cemento o cosa parecida? Que yo sepa, el único cemento que allí entra es para sellar la tumba, y tiene pajolera gracia que el mencionado ingrediente dé nombre y carácter a situación tan embarazosa y molesta como la de que le «entierren» a uno, palabra ésta que también tiene bemoles… Claro que el término podría referirse a la desmesurada cantidad de piedra, mármol y material más o menos parecido, que en nuestros pagos tapiza el camposanto convirtiendo artificialmente a éste en un lugar de apariencia fría y hostil.

¡Qué diferencia, por cierto, entre nuestros «cementerios», dominados por la desagradable frialdad del cemento y de la piedra, y esos lugares dedicados a lo mismo en los países anglosajones, con su césped y sus bellas perspectivas campestres! O con los antiguos cementerios acogidos a la protección de las parroquias y participantes de la espiritualidad de los lugares santos, donde incluso se tenía la alegre compañía de las simpáticas cigüeñas… Lo digo porque nuestros cementerios actuales suelen ser como grandes ciudades de los muertos prudentemente alejadas de las de los vivos por la distancia y – digámoslo sin ambages – por el miedo y el rechazo que provocan cuando, en realidad, todos acabaremos allí pese a ser gente tan honrada y normal como cualquiera. O sea que, siendo todos los mismos como somos, debiéramos seguir lo de «hoy por mí, mañana por ti».

Y qué me dicen de que sólo por haber acabado ya el circuito, acaben refiriéndose a ti como «el difunto»; sí, a ti que no sólo no tuviste culpa alguna de tu situación, sino que maldita la gracia que te hace… Es como si todo el mundo estuviera empeñado en dramatizar a tu costa en el momento más inoportuno. Oiga, usted – dan ganas de decir – pero ¿a qué viene todo esto? ¿No decía usted que era ley de vida? Pues dé mayor naturalidad al asunto, caballero, que, además, ya ni se acordará en tres o cuatro días. Haga usted al revés: fíjese en lo sonriente que está la gente en los funerales con lo de que por esta vez no la haya tocado a ella …

Luego están esos espantosos vocablos con efe: «difunto», «funeral», «funeraria» y honras «fúnebres», y tantas otras palabras que hasta dan miedo como los bufidos de los gatos. ¿Y qué me dicen de «tanatorio» y «cremación»? ¿Creen ustedes que podrían encontrase términos más desagradables? Se diría, sí, que los ponen para fastidiar – también con efe – un ambiente ya de por sí siniestro. Y los trapos oscuros, y qué se yo cuantas otras cosas más. Oye uno «tanatorio» y le parece ver a Tánatos en persona disfrazado para una de terror estilo zombies. ¿Y lo de «cremación»? No podrían haber escogido una palabra que mejor evocase un churruscamiento casi en vivo…

Da la impresión de que lo que se quiere hacer es aislar lo más posible a quien pasó por la vida y ya no cotiza a Hacienda, y que para ello no hay nada mejor que meter miedo al personal. Por eso yo, aún en posesión de mis facultades básicas y cotizando todavía cada año como debe ser, reclamo un trato a nuestros muertos más parecido al que se da al resto del personal; al fin y al cabo, si nos guiamos por las sacrosantas reglas de la democracia, los difuntos son – ya iba a decir «somos» – la inmensa mayoría.

Sí, señores; recordemos que antes o después nosotros mismos militaremos en el otro bando: razón suficiente como para cambiar las cosas ahora que aún gozamos del derecho a voto.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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