Por Javier Pardo de Santayana

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La verdad es que me ha extrañado esto de Bale. Hasta ahora las grandes transacciones futbolísticas solían ser precedidas por la fama de los elegidos. Recuerden: los dos Ronaldos, Figo, Zidane y todos los demás que ustedes saben. Pero de Bale no se sabía demasiado; por lo menos éste era mi caso personal.
Sí sé que jugaba últimamente en un buen equipo inglés, pero no en uno de los de verdadero relumbrón. Y, sin embargo, ahora no se habla más que de él y de su fichaje por el Real Madrid. ¡Vaya si se habla! Se habla como si le conociéramos de toda la vida: como si, a pesar de ser galés, hubiera nacido para jugar en nuestra superliga. Y se le trata como si fuera un superhéroe; el bálsamo de fierabrás para ganar todos los títulos. Así que – si no estoy equivocado – finalmente se apoquinaron noventa y un millones de euros al club inglés y se acordaron otros seis por temporada para el futbolista. Sí, no exagero: noventa y un millones de euros de curso legal para los Hotspurs y medio millón por mes para el muchacho. No está mal para abrir boca.
Se dice que el joven prometía mucho, pero que, como a su llegada al Tottenham coincidió con una mala racha del club, los forofos le apodarían «El Gafe», o sea que la cosa no pudo empezar con peor pie. Muchos méritos tendría que acumular para remontar su personal partido a contrapelo y acabar en el Real Madrid.
En fin, hasta aquí todo más o menos bien. Pero lo que me viene ahora a la cabeza es cómo puede pagarse tal fortuna por algo aún inexistente. Porque nuestra experiencia es que los ciudadanos pagamos por servicio o producto recibido y no por algo que puede llegar o no con el futuro. Quiero decir que hasta ahora los goles del muchacho Bale no los disfrutaron los merengues sino el Tottemham Hotspurs.
Desde luego mucho parece estar dispuesto a exponer quien así paga. Esto sí que es jugar y no tanto al fútbol como a la lotería, porque el muchacho Bale es un joven de veinticuatro años que no difiere mucho de los mozos de su edad, y el fútbol es deporte de veintidós jugadores en el que la intervención de cada uno se limita a unas contadas ocasiones. ¿Cuántos tiros a puerta podría hacer un delantero como Bale en un partido? Y de ellos, ¿cuántos goles entrarán? Porque dos son ya objeto de la mayor admiración.
Quiero decir con esto que una cosa es un deportista que compite de forma individual y del que se pueda afirmar que «es el mejor» sin duda alguna, y otra muy distinta el que destaca en un juego colectivo, cuando los resultados dependen del acierto de muchos que actúan coordinadamente. ¿Qué se paga entonces? Pues, amén de una cierta habilidad con el balón, una considerable velocidad y una potencia patrimonio común de muchos otros, una especial imaginación para salir del paso airosamente a cada pase que recibe, y – en su caso – acabar la jugada con el ansiado gol. O sea, un cierto plus de casi nada pero tan significativo para el juego del conjunto que, por lo que se ve, merecería una cantidad desmesurada de dinero que multiplica por no sé cuanto lo que pudiera ambicionar el más ambicioso y más cargado de responsabilidades, conocimientos y experiencias de nuestros ciudadanos.
Yo imagino la presión psicológica que puede sentir un mozo tan joven ante ochenta y cinco mil espectadores dispuestos a abroncarle o desprestigiarle con sus críticas y frente a unos aguerridos defensas conjurados para cerrarle el paso a toda costa. Supongo que en estas condiciones el campo de fútbol le parecerá algo inmenso, interminable. Se preguntará el muchacho: «¿qué habría de hacer para lograr el éxito?» Y le parecerá imposible la tarea. Quizá se diga para darse ánimos: «si hasta ahora triunfé haciendo lo que en cada momento se me viene a la cabeza, ¿por qué no va a ocurrir lo mismo ahora?» Pero, claro, el joven Bale desconoce aún lo que en España son la prensa y un público ardorosamente incitado a la polémica.
Dice el muchacho que él siempre deseó jugar en este equipo. «Así que habría venido al Madrid por un centavo», dice transido de entusiasmo. Y al saberlo no puedo dejar de imaginar a Florentino – tan consciente del valor de los dineros y del manejo del parné – tirándose de los pelos al constatar que, por primera vez en su existencia, acaba de aflojar muchos millones por algo que quizá pudo haber sacado gratis. O sea que, habiendo podido devolver la pelota a los ingleses que se llevaron gratis el Peñón, les acaba de pagar innecesariamente un dineral – más de noventa millones de euros nada menos – por una joyita futbolera cuyo rendimiento está aún por constatar en nuestras canchas.