Música de fondo

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Thomas W. Schaller en Facebook) (*)

Ya conocen mi interés por por pequeños y grandes asombros cotidianos. Me asombra, por ejemplo – y éste es el asunto que hoy traigo a colación – que admitamos con naturalidad la intromisión de la música en el cine. Ustedes entenderán por qué.

El cine pretende que vivamos las historias de otros sabiendo que son falsas. Por tanto, parecería inconveniente introducir mayor artificialidad a un escenario en el que no estamos de verdad y en el que ya tenemos que admitir, de entrada, la perturbadora presencia de un tercero inexistente que somos nosotros mismos, testigos mudos de todo cuanto ocurre. Y no sólo esto; que también tendremos que aceptar, por ejemplo, el movimiento de las cámaras para tomar el plano conveniente en las tomas o registrar alternativamente los rostros de quienes participan de una conversación, hasta el punto de que la más destacada habilidad de quienes desarrollaron la técnica del cinematógrafo consistió en hacernos asumir este lenguaje sin perturbar el seguimiento de la historia.

En los albores la música tenía otro sentido. La mayor artificialidad de entonces era el hecho de que no se oyera nada. El cine era totalmente mudo, y este hecho establecía una barrera para su credibilidad. Así que a alguien se le ocurrió romper tal incomodidad interpretando alguna música que resultara bien; acelerándola si se iniciaba una carrera o una persecución, y endulzándola en los momentos del amor. Cosas así. Con ello se reconocía, siquiera fuera muy someramente, el poder evocador del arte musical. Pero ahora la cosa es ya distinta, sobre todo desde que los efectos especiales y la agilidad de las cámaras son capaces de acentuar las emociones acrecentando aún más el realismo.

Para mí que la integración de un fondo musical en la acción y en la situación de las películas se ha producido por dos vías diferentes. Una se basa, no tanto en que este artificio sonoro – coincidente ahora ya con la palabra sin interferirla – contribuya a describir una y otra con mayor poder de convicción, sino en que refuerza nuestras reacciones provocando una emoción que se identifica con la que ya sentimos. Así, por ejemplo, una música de espera que nos viene de fuera amplificará el efecto en nuestro espíritu de nuestra propia sensación de incertidumbre, de la misma forma que una música enervante acentuará el efecto del terror que ya sentimos. Pero también – y ésta es la segunda vía – acostumbrados como estamos a interpretar el lenguaje de la técnica cinematográfica, el simple arranque de una música determinada provocará sin más una predisposición a generar determinadas emociones propias. El misterio de verdad es el de la propia música: por qué los sonidos se identifican con los sentimientos.

MI tercera consideración se orienta a suponer que, ahora que ya se han identificado muchos motivos psícosomáticos para nuestros comportamientos más sutiles, podrá saberse por qué extraños mecanismos físicos sonidos que nada tienen que ver con la realidad de paisajes o situaciones actúan sobre nuestros sistemas de respuesta provocando sensaciones relacionadas con el temor de la incertidumbre, la placidez de un amor correspondido o aquella indignación que nos mueve a la venganza.

El hecho es que, de tal forma hemos asimilado la técnica cinematográfica, que ya no sabemos distinguir qué es lo que provoca qué. Así por ejemplo, el Oeste será ya para nosotros una música propia y determinada, creada en unos años muy concretos por personas también concretas, pero que nos evocará un paisaje de aridez y cerros como catedrales, saguaros, pedregales y matas secas arrastradas por el viento. Un lugar donde cabalgan unos hombres recios con sombreros anchos orlados de sudor.

El caso es que la música en el cine no sólo no ha perturbado el realismo de la narración añadiendo un artificio o tapando la voz de los actores, sino que ha acabado por consolidarse como uno de los ingredientes que hacen la historia más creíble. Tanto, que ahora se echa de menos en la vida real.

Y ahí nos gustaría verla: en los momentos del enamoramiento o la nostalgia, en las plácidas horas del descanso o de la ensoñación; cuando necesitamos ánimos para seguir, cuando nos llega el llanto, cuando imploramos compasión. Yo titulé mi primer libro de versos – por supuesto inédito – «Banda sonora», porque éstos vinieron a suplir lo que de verdad echo de menos en la vida: el acompañamiento de una música de fondo.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm8.staticflickr.com/7399/12341024684_7082342545_o.jpg

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído