Por José María Arévalo

( Cartel de la exposición de Paul Cézanne, en el museo Thyssen) (*)
Llevamos cuatro años recorriendo felizmente la historia de los maestros impresionistas, los padres del arte moderno –calificativo que especialmente se concede a Cézanne, como inspirador del cubismo- con una serie de exposiciones verdaderamente antológicas, de las que hemos ido dando cuenta en estas páginas, desde aquel 2010 en que la remodelación de salas en el Musée d’Orsay nos permitió ver en La fundación Mapfre un centenar de obras de los impresionistas clásicos, al tiempo que el Thyssen ofrecía 23 cuadros de Monet, y cinco más en la Fundación Caja Madrid; precedidas el año anterior por la de Matisse en el Thyssen y sucedidas por la de Renoir en el Prado en 2011, y “Gauguin y el viaje a lo exótico”, también en el Thyssen en 2012; y el año pasado de nuevo en el Thyssen “Impresionismo y aire libre. De Corot a Van Gogh”, y, casi en simultáneo, las Salas Recoletos de Mapfre con dos muestras, “Luces de bohemia”, en la que los impresionistas eran también protagonistas, y sobre todo “Impresionistas, postimpresionistas y el nacimiento del arte moderno. Obras Maestras del Musée d’Orsay”, con el desarrollo del final del impresionismo, continuación de aquella primera, completando así lo más importante del gran museo francés del impresionismo. Finalmente, el Thyssen volvía a una monográfica de Pissarro, preludio, como veremos ahora, de la que se acaba de inaugurar sobre Paul Cézanne.
Procedentes de museos y colecciones privadas de todo el mundo, el Museo Thyssen-Bornemisza presenta, hasta el 18 de Mayo, 58 pinturas de Cézanne (1839-1906), 49 óleos y nueve acuarelas, bajo el título “Site/Non-site” tomado de la dialéctica entre la pintura al aire libre y el trabajo en el estudio que planteara el artista y teórico irlandés Robert Smithson. Es la primera retrospectiva que se dedica en España, después de 30 años, al maestro postimpresionista, precursor del cubismo y el más cotizado de la Historia del Arte. Hasta la última década de su vida, sus obras eran rechazadas una y otra vez en el Salón de París y la crítica lo vapuleaba sin piedad. Decían que era un artista torpe y su pintura, infantil y tosca. «Siempre fue el último de la fila, el bufón del grupo impresionista», ha comentado en la presentación el comisario de la muestra, Guillermo Solana. Pero hace dos años un cuadro de Cézanne, «Los jugadores de cartas», se convirtió en el más caro del mundo, al adquirirlo la Familia Real de Qatar por 250 millones de dólares.
Mientras que, por ejemplo Monet triunfó muy pronto pero su pintura fue tildada de anacrónica por las corrientes de vanguardia que dominaron las primeras décadas del siglo XX, hasta que a mediados del siglo los jóvenes abstractos americanos y europeos lo redescubrieron, en el caso de Cézanne fue justo lo contrario, casi toda su vida fue un incomprendido, incluso fracasado, como lo había sido Claude Lantier, el protagonista de la novela de su amigo Émile Zola, “L’Oeuvre”, en quien Cézanne se reconoció, lo que provocó la ruptura con su amigo de la infancia. Paul, como otros impresionistas, procedía de una familia rica, y se mantuvo casi toda su vida a costa del patrimonio familiar, sin otra concesión que los estudios de Derecho que realizó a petición de su padre.

( Paul Cezanne. Monte Sainte-Victoire y Chateau Noir . 1904-1906. Óleo sobre lienzo. 25 3/4 x 31 7/8. Bridgestone Musem of Art. Tokyo) (*)
Toda su vida se dedicó con poco éxito –como veremos- a la pintura, y hasta 1895 no consiguió presentar una exposición individual, en la galería de Ambroise Vollard. A partir de ese momento, al final de su vida, su obra pudo ser vista en otras exposiciones y comenzó a ser valorada y a influir en los jóvenes fauvistas y en los futuros cubistas. Su exposición póstuma, celebrada, tras su muerte, en París en 1907, fue toda una revelación y desencadenó el comienzo del cubismo.
Solo había expuesto en dos ocasiones con el grupo impresionista. Después se separó de ellos. “La relación de Cézanne con los impresionistas –dice Wikipedia- fue complicada, nunca se sintió uno más de ellos”. Frecuentaba el Café Guerbois, en cuya tertulia coincidía con Monet, Renoir, Pissarro, Sisley… Expuso tres obras en la primera Exposición Impresionista, de 1874. Lo hizo solo una vez más, en 1877, momento en que se separa del grupo. Lo cierto es que habían influido abiertamente en su pintura, antes caracterizada por colores oscuros y un intenso uso del negro, con pigmentos espesos, muy empastados. Se habla de un periodo impresionista suyo, el transcurrido en Provenza y París entre 1870-1878. En L’Estaque había cambiado sus temas para dedicarse principalmente al paisaje. Al instalarse en 1872 en Auvers (Val-d’Oise), comenzó su estrecha relación de trabajo con Pissarro. Junto con Monet, Renoir y pocos más, Pissarro había desarrollado un estilo para trabajar al aire libre de forma rápida, utilizando colores puros para atrapar la luz fugaz. Bajo la influencia de Pissarro, Cézanne comenzó a abandonar las normas académicas y la paleta sombría y fuertemente empastada, por colores primarios y sus complementarios, además de forzarle a observar atentamente la realidad. Desarrolla un estilo de pintura aéreo y ligero. Fue Pissarro, diez años mayor que él y a quien consideraba un maestro, con el que tuvo mayor relación y más le apoyó. Trabajaron juntos en Pontoise. Durante muchos años la obra de Cézanne sólo fue conocida por sus antiguos colegas impresionistas y por unos cuantos artistas jóvenes radicales de la línea del postimpresionismo, entre los que se incluían Vincent van Gogh y Paul Gauguin. Esta generación posterior aceptó prácticamente todas las rarezas de Cézanne.
De periodo de madurez se califica el que transcurre en Provenza, de 1878 a 1890. Independizado de los impresionistas, centrados en París, prefiere el sur, su país natal y su paisaje. El aislamiento y la concentración, así como la singularidad de su búsqueda, podrían señalarse como los responsables de la increíble evolución que sufrió su estilo. Su serie de la montaña Sainte-Victoire en Estaque (1880-1883) y otras de Gardanne (1885-1888) son conocidas como el «Periodo constructivo». De 1888 a 1890 se interesó por la figura humana, primero con personajes de la Comedia del arte, y desde 1890 la serie sobre Jugadores de cartas.

( Paul Cézanne. Autorretrato con paleta. 1885-1887. Óleo sobre lienzo. 36 1/4 x 28 3/4. Stiftung Sammlu-ng E.G. Bührle. Zurich ) (*)
En lo que se considera su periodo final, Provenza, 1890-1905, el paisaje laberíntico de las canteras de Bibémus y la montaña Sainte-Victoire le inspiran el estilo cubista en embrión. Se concentró en unos pocos géneros: bodegones, retratos, paisajes y estudios de bañistas (desnudos en el paisaje) dibujados sin modelos. Pinta lo que era familiar, su esposa e hijo, campesinos locales, niños, y su marchante. Continua pintando del natural con brillante colorido de tipo impresionista, pero fue simplificando para expresar el volumen sólo con el color. Hablaba de modular el color en lugar de modelar el claroscuro de la pintura tradicional. Para Cézanne la solución a todos los problemas técnicos del impresionismo radicaba en utilizar el color de un modo más ordenado y expresivo que el de sus compañeros impresionistas.
Sus últimas grandes obras con figuras humanas (la serie de pinturas dedicadas al tema de los y las bañistas) revelan distorsiones dictadas por el rigor del sistema de modulación cromática que él mismo impuso sobre sus propias representaciones.
Cézanne pasó los años finales de su vida retirado en su Provenza natal, pintando al aire libre los paisajes y los campesinos de los alrededores de Aix-en-Provence , así como numerosas naturalezas muertas en la soledad de su nuevo estudio situado en lo alto de los Lauves. Hacía mucho tiempo que la pintura había dejado de ser para él una mera representación del mundo para convertirse en un proceso analítico de investigación de las estructuras constitutivas de la realidad, y para ello nada era más adecuado que la naturaleza muerta.

( Paul Cezanne. Los jugadores de cartas. 1890-1892. Óleo sobre lienzo. 134 x 181,5 The Barnes Foundation) (*)
La retrospectiva de Cézanne de 1907, un año después de su muerte, en el Salón de Otoño impactó grandemente la dirección que tomó la vanguardia parisina, dando crédito a su posición como uno de los artistas más influyentes del siglo XIX y al advenimiento del Cubismo. Fueron las exploraciones de Cézanne de simplificación geométrica y fenómenos ópticos las que inspiraron a Picasso, Braque, Gris, y otros para experimentar con múltiples visiones aún más complejas del mismo tema, y, con el tiempo, a la fractura de la forma. Hay una frase, atribuida tanto Matisse como a Picasso, según la cual «Cézanne es el padre de todos nosotros». Matisse admiraba su utilización del color y Picasso desarrolló la estructura de la composición plana de Cézanne para crear el estilo cubista.
Sin embargo es Matisse (1869-1954) el maestro del color, el investigador del color, como Cézanne el investigador de las formas. Matisse recortaba pliegos de distintos colores e iba colocando unos papelitos junto a otros hasta encontrar la combinación que le gustaba. En una de sus últimas etapas incluso los pegaba en el cuadro, los famosos collages que han sido otra de las revoluciones de la expresión artística, una forma de escapar de la pintura. Cézanne y Matisse, prescindieron de todos los detalles posibles para encontrar la creatividad en la expresión. Matisse –decíamos en nuestro comentario a la exposición de 2009- estructura los motivos para definirlos solo con los colores, y consigue que el color sustituya al dibujo. Ambos prescinden de la perspectiva natural y de las sombras, y utilizan sobre todo colores puros, consiguiendo así una pintura brillante y armónica. Matisse toma de Cézzane la necesidad de estructurar bien las formas; de Gauguin, llevarlo a cabo con el color; y de Van Gogh, la independencia de formas en color del motivo real. “No se deben –decía también- establecer relaciones de color entre el modelo y el cuadro; únicamente considerar la equivalencia que exista entre las relaciones de color del cuadros y las relaciones de color del modelo».

( Cezanne. El Hermitage en Pontoise, 1881) (*)
Cita Arnold Hauser en su “Historia social del Arte y la Literatura” una frase clave de Georges Rivière, uno de los primeros historiadores y teorizantes del impresionismo, en 1877: “El tratamiento de un tema según los tonos y no según el tema es lo que diferencia a los impresionistas de los demás pintores”. Y continúa Hauser: “La acentuación del color y el deseo de transformar la superficie pictórica en una armonía de efectos de luz y color son los que absorben el espacio y disuelven la tectónica de los cuerpos. Pero el impresionismo reduce no solo la realidad a una superficie bidimensional, a un sistema de manchas sin perfil; renuncia, en otras palabras, no solo a la plasticidad, sino también al dibujo, no solo a la forma espacial del objeto, sino también a la forma lineal. Lo que gana la representación en dinámica y atractivo sensual por lo que pierde en claridad y evidencia es innegable, y este beneficio era lo más importante para los impresionistas. El público, sin embargo, estimó en más la pérdida que la ganancia, y hoy, después que el modo de ver impresionista se ha convertido en uno de los componentes más importantes de nuestra imagen óptica del mundo, no podemos hacernos ya una idea de cuán perplejo estaba aquel público frente a esta barahúnda de manchas, borrones y chanfarriones. Sin embargo, el impresionismo constituyó simplemente el último paso en un proceso constante de oscurecimiento iniciado siglos atrás”.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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