Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)
Creo conocer la importancia y la dificultad del periodismo. No es fácil, ciertamente, echarse a la calle para sumergirse en un escenario que se desconoce, intentar hacerse cargo en dos minutos de una situación más o menos caótica cuyos motivos pueden ignorarse, no estorbar demasiado, moverse sin interferir, dar prioridad a la fotografía sobre el socorro al desgraciado, pergeñar un relato a partir de unos datos escritos a vuela pluma o confiados, incluso, a la memoria, y tener la osadía de inquirir y molestar a quienes, implicados en el acontecimiento, no se hallan en disposición de contestar. Tampoco es fácil soportar los efectos del olvido: ver cómo el esfuerzo de hoy deja de ser noticia y cae en la papelera al día siguiente como si de un basura se tratara.
Pero todo lo compensa la importancia del trabajo: el periodista sabe, no sólo que es testigo de la historia, sino que muchos ojos verán el mundo según lo que él diga o comente; que todo depende de su interpretación del hecho.
El problema de fondo está en que la vida es muy compleja y no se deja reflejar tal como es, y así el periodista intentará relacionar los hechos con todo cuanto pille: no podrá escapar a la tentación de aplicar la relación causa y efecto a acontecimientos que sólo la casualidad une en el tiempo.
Acompañaba yo a un importante personaje con jurisdicción en Europa – y bastante más allá – que se entrevistaría con una autoridad española cuando, el día anterior, un conocido jerarca ruso en proceso de transformación ideológica había hecho ciertas declaraciones en Madrid, por lo cual sería de esperar que los medios atribuyesen la causa de nuestra visita al deseo de neutralizar aquéllas. «Querido amigo, desengáñese: nada se puede hacer a este respecto, ya que será imposible evitar que relacionen una cosa con otra» dijo aquel hombre sabio. Pero claro, lo que los periodistas digan y comenten quedará en las hemerotecas, y éstas son fuente esencial de información para quienes nos cuentan lo que pasa por ahí. Y es bien sabido que unos tomarán datos de los trabajos de otros. Por otra parte, el periodista, como el historiador, tenderá a utilizar datos de enlace, sean éstos aparentemente reales o supuestos pero casi siempre insuficientes, para componer una versión de la realidad que encaje en las ideas previas del informador, cuando no en sus esquemas ideológicos.
Sí, efectivamente, así se escribirá la Historia. No será infrecuente, por tanto, que cuanto más intente recrear el pasado más se aleje uno de lo que en realidad ocurrió.
Situémonos ahora en un lugar concreto que es ya historia. Hablamos del desierto y de algunos acontecimientos que aún recordamos. La situación es tan complicada que periodistas de todo el mundo se congregarán ávidos de información. Todos los días habrán de remitir sus crónicas, así que si no encuentran temas frescos, los buscarán de cualquier manera, y, si no los encontraran, se los inventarán. Por lo cual, consciente de ese problema humano y de que lo que dicen los medios es un factor más relevante aún que los blindados, me esforzaría por apoyarlos en la medida que pudiera: con rueda de prensa diaria, por ejemplo, u organizando visitas de interés periodístico a unidades desplegadas. O abriendo mi puerta a quien se me acercara. Hasta pondría despacho al delegado de Información en los momentos álgidos.
Y sin embargo un conocido reportero que redactaba sus crónicas desde Barcelona me adjudicó una función falsa: la de entregar una plaza a los marroquíes que se según él se harían cargo del lugar. Un amigo suyo fue a verme mientras yo volaba en una Dornier siguiendo el movimiento de la fuerza, vio que no estaba y, sin más, se inventó simplemente la noticia. Luego rectificaría, pero ya se sabe que en ese aspecto las rectificaciones no funcionan.
Así que cuando tuve ocasión de seguir diariamente la Guerra del Golfo desde un bunker, me esforcé por comunicar con el mayor detalle todo cuanto allí vi y aprendí al respecto. La relación con los medios era uno de los puntos siempre abordados; con él se remataba el «briefing» diario. Y aun aproveché una breve visita del que fue responsable de la relación con los medios en aquel conflicto para ponerme en contacto con él y pedirle la doctrina vigente en ese campo.
Termino con otro buen ejemplo, este de desenfoque: acababa yo de inaugurar un «master» en colaboración con la universidad: un curso cuya simple existencia suponía ya de por sí una novedad interesante y especialmente significativa. ¿Creen ustedes que alguno de los periodistas invitados preguntó por el hecho que tuvo lugar o dio al menos la noticia pertinente? Pues ni una cosa ni otra; sólo intentaron que yo respondiera a una pregunta totalmente ajena a la cuestión pero con gran carga de polémica.
Para terminar sólo añadiré que raro es el acontecimiento que he vivido y cuya relato periodístico haya coincidido al cien por cien con la realidad. Hasta en mi nombre de pila he encontrado algún error de bulto. Yo lo achaco benevolentemente a las prisas y a una cierta superficialidad inherente a ese trabajo; al menos eso pude apreciar cuando en alguna ocasión indiqué amigablemente la existencia de un error.
Les aconsejo, por tanto, que sean cautos y no hagan demasiado caso a lo que leen u oyen. Póngalo siempre – digo siempre – en cuarentena. Desconfíen ustedes de todos, como deberán hacer con los políticos, que si en éstos encontrarán ustedes siempre alguna variante de la falsedad aunque sea bien intencionada, en los medios deberán tener en cuenta la más que probable presencia del error. E infórmense de quien es el que habla o escribe, que los hay con vocación polémica y fama de liantes.
No se fíen, no. Ustedes saben de nuestra actual tendencia al cotilleo, de la fascinación que produce la polémica, elevada ya al rango de categoría. Y de lo bien que hoy se pagan los excesos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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