Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Borja Montoro en Libertad Digital el pasado 10 de Julio) (*)
Ordeno mis papeles y releo algunas cosas de hace no tantos años. Aún eran tiempos en los que yo vivía mi vida oficialmente activa. ¡Menuda diferencia! Desaparecida la amenaza soviética, nos proponíamos ordenar un mundo que de pronto se nos había hecho de verdad global. La democracia había triunfado de las ideologías que nos ofrecían falsas soluciones y España se integraba en las instituciones internacionales con eficaz elegancia y rapidez. Europa se hacía un ejemplo para el mundo y los españoles demostrábamos nuestra condición de gran nación: lo estábamos haciendo bien, así que nos respetaban y nos admiraban. En cuanto al ambiente, no podía ser sino optimista: llamaba a la unión y esto garantizaba nuestra cohesión interna. Se sabía ya el camino y no era cosa de cambiarlo. A nadie se le ocurría salirse del tiesto con monsergas populistas o baratas fórmulas de laboratorio. Nadie entraría en el club continental para traer nuevos problemas como los ya conocidos de los viejos clichés ya desacreditados; habíamos entrado en la “Sociedad del Bienestar” y ésta tenía pinta de evolucionar cada día hacia mejor.
Dejo los papeles archivados, y miro alrededor. ¿Que qué me encuentro ahora? Pues el resultado de un estropicio; el paso de lo que yo he llamado “el Decenio de los Irresponsables”. Y pongo cara a éstos: uno es aquel que quiso poner todo “negro sobre blanco” y enmendó la plana a los padres fundadores de la nueva Europa. Otro es un compatriota suyo: le cegó, como al primero, “la grandeur”, y rompió con sus socios del otro lado del océano, que se despegaron de nosotros y miraron hacia otras latitudes. Luego hubo quienes se creían muy listos pero no digirieron las innovaciones tecnológicas y crearon una economía virtual que acabó en fracaso. Así mataron a la gallina de los huevos de oro aunque ni siquiera se pusieran colorados: que aún mantienen un rictus de despreciativa superioridad.
Por nuestros pagos, la sociedad se instalaría en la mentira y viviría una democracia falseada por el aprovechamiento del terror y la manipulación partidista de las instituciones más serias, como la Justicia o la Educación. Adiós a la preconizada separación de poderes…
Algunos memos hasta arquearon las cejas, intentaron engañarnos con sus trucos y maniobras de café y se hartaron de hacer impresentables marranadas transformando así la política en basura. Nada de sentido común o cosa parecida; nada de aquella visión tan necesaria para consolidar un futuro de paz y de progreso; sólo visión plana y, sobre todo, interesada. Por el contrario, desacreditadas las ideologías prefabricadas del pasado siglo recogeríamos lo peor de las antiguas y – para mayor inri – las disfrazaríamos incluso de modernidad. Así que adiós a las convicciones y a la tradición. Una generación de ignorantes se inventaría una nueva sociedad de pulsateclas.
El resultado es hoy un ambiente caótico en el que hasta los jueces desconocen la justicia porque ésta depende de su filiación política y gran parte de los representantes del “pueblo soberano” es gente impresentable: portadores o agitadores de camisetas parlantes, coletudos de oreja con pendiente y aspecto patibulario, pancarteros vociferantes de eslóganes y pareados, zafios a quienes nadie medianamente educado invitaría a su casa sin fumigarla después.
Repito: ¡qué diferencia con aquellos tiempos! ¿Pero, no éramos los mismos casi todos? ¿Tanto puede hacernos cambiar una “agit prop» que nosotros mismos subvencionaríamos?
Ahí tenemos a jueces que consideran que la coacción mafiosa es una forma excelsa de la libertad; alcaldes que expolian los supermercados; rectores de universidad amantes de la mugre intelectual; catedráticos con el cuchillo entre los dientes arengando a supuestos indignados que, naturalmente, se dedican a quemar el mobiliario urbano; barrios de Burgos en pie de guerra; visionarios que cobran del Estado pero se esfuerzan por cargárselo; independentistas del tres por ciento trabajando para la familia; estrellas de cinco puntas rompiendo el mito del buen sentido de una sociedad ya definitivamente en decadencia; inductores de asesinatos, cuando no asesinos, pisando moqueta y liderando programas culturales europeos; caballeros que le presentan a usted a sus maridos y se molestan si se ríe; mujeres entusiasmadas con la idea de cargarse a la prole; jóvenes grafiteras de sus propios pechos empecinadas en mostrárnoslos…
¿Y los demás? Pues los demás como si todas éstas fueran respetables muestras de pluralidad y signos de los tiempos, y, en el ambiente, total carencia de ambición y de ilusiones; como si no hubiera un futuro que modelar, unos problemas que habrá que superar, unas metas comunes que alcanzar, es decir, como si estuviéramos montados al aire, contando nubes o simplemente dedicados a nuestra autodestrucción; cada uno dedicado a su obsesión particular o a aniquilar al adversario- situación estúpida por cierto – mientras los de Al Qaeda y otras franquicias revuelven todas las versiones del Oriente – próximo, medio o extremo – y anuncian nuevos califatos hasta en Londres; con el Sahel bullendo y con una nueva versión de Guerra Fría en la que Rusia está otra vez del otro lado, amenazando ahora el suministro de energía y la recuperación de la gran crisis; y con los cristianos perseguidos más que nunca. Con una USA del “yes, we can” que, siguiendo la regla del “dime de que presumes y te diré de qué careces”, parece no poder tanto como la de antes.
Así que, tal como puede constatarse, todo anda patas arriba. No sé si ustedes se dan cuenta de nuestro grado de confusión, no tanto política como intelectual. No sé; quizás aún no entendamos nuestro propio siglo, no seamos capaces de despegarnos de los vicios adquiridos, hayamos abandonado poco a poco lo fundamental. Quizá por eso andemos vagando sin saber a donde vamos. Sí; quizás hayamos errado en lo esencial.
Ahora permítanme decir que, para colmo, los alemanes endosan a Brasil un 7 a 1 en casa: una especie de anuncio del final del mundo. Adiós al “jogo bonito” y a un bello país desarbolado y en proceso de desmantelamiento; a una potencia de las llamadas emergentes a punto de desmoronarse moralmente…
Y, sin saber por qué, de pronto nos sentimos como desorientados por tan insignificante circunstancia. Hasta en esto hay algo que no acaba de encajarnos; algo que nos deja como enmudecidos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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