Por Carlos de Bustamante>

( Estudio para la Virgen de las Rocas. Dibujo de Leonardo da Vinci) (*)
Puesto que se aproxima el momento en que Jesús dio comienzo a su vida pública, permítanme que omita fantasías para tratar con mayor rigor y seriedad el inicio de los acontecimientos trascendentales del que fue y es Amigo.
En diversas ocasiones salió a colación que, finalizado el trabajo bien en el taller bien en el campo o en el lago, Jesús y Myriam, su Madre, charlaban de lo que por la discreción más elemental yo, Tarsicio, voluntariamente esclavito en aquella casa, no escuchaba. Había algo, sin embargo, que me era imposible que pasase inadvertido. Por la belleza de los ojos de Myriam y por cuanto leía en ellos, no era difícil colegir que la conversación había sido cuando menos importante. Diría mejor trascendental.
Acostumbrado a servir con el regusto que daba hacerlo a quienes bien sabía lo que eran los de esta nuestra casa, nada tan grato como por la lectura de las miradas, anticiparme a sus deseos. Para mí, órdenes de la mayor amabilidad.
La interpretación de cuanto imaginaba ver en los ojos de Myriam, no era tarea fácil. ¿Cómo serlo la cuasi divina dulzura con el dolor de presagios indefinibles? ¿Cómo la alegría pareja al dolor? Había en ellos conformidad sobrenatural junto al mayor sufrimiento humano. Sólo saber que mi Ama y Señora, era, realmente, la Madre de Dios en su Hijo Jesús me daba el sosiego de imaginar que no tenía nada de lo que llamamos malo. Verla sufrir, aunque fuera sufrimiento alegre, resultaba superior a mis escasas entendederas. Como se duele un hijo normal viendo sufrir a su madre. Lo que se me escapaba -¡pobre esclavito Tarsicio!- era unir la alegría al dolor. Y ambos en Myriam eran inmensos; como inmenso mi desconcierto. Me esforzaba entonces en que mi servicio fuera “el acabose” (perfecto). Recibía de sus ojos, bellísimos, lo que, imposible de expresar, era la caricia incomparable de su mirada agradecida y no sé por qué, interpretaba misericordiosa.
Es preciso tener la fortuna, como yo la tuve, de vivir las escenas relatadas junto a Ella, para que entiendan siquiera una mínima parte de lo que transmitían los ojos de la que para siempre sería Madre; además de Ama y Señora. Si me lo permiten, y por la lectura de sus ojos, Madre también de cuantos se han esforzado en seguir, de alguna manera protagonistas de las escenas comentadas, reales, aunque lo hayan sido entre bromas y veras.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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