Por Carlos de Bustamante

( Plumilla de Fredes Ortiz, de felicitación de Navidades ) (*)
No tonto y además -permítanme una miaja de vanidad-, amante hasta decir basta de al pan, pan, y al vino, vino. Frutos ambos de trabajos agrícolas que tan bien conocíamos los dos amigos.
Se llamaba Bartolomé. Pero ¡qué manía, con perdón, la de Jesús! A quienes destacaban por algo, enseguida (Jesús era de pueblo y a mucha honra) a escape, digo, les ponía mote. Pues ¿mira que a dos amigos míos, Hijos del Trueno? O más complicado: Boanerges. Me caían ¡de miedo!; de bien, claro: Santiago y Juan.
Aunque muchos días los pasaba enteros con mi Ama y Señora, otros -y no me olvido de Bartolomé-, Ella misma me rogaba para que fuera a ver dónde estaba y de lo que hablaba su Hijo. Myriam era muy lista ¡a ver…! porque aunque lo sabía divinamente, lo hacía ¡seguro!, para que su esclavito, libre, Tarsicio, se enterara y con ello aprendiera. ¡Que buena falta me hacía!
A Bartolomé no le conocía de nada. Sólo que era de Betsaida. Lo vi únicamente el día en que Jesús le llamó. Fue después de que mi Amo y Señor de enseñase a las multitudes que le siguieron hasta el monte verdades como templos. Tan desconocidas, que causaron asombro. Y eso que eran de cajón. Bartolomé venía de su pueblo. Yo, Tarsicio, ni apóstol ni discípulo declarado, estaba cerca de Jesús. Fino de oído, escuché cuando éste se acercaba: “He ahí un verdadero israelita en quien no hay doblez ni engaño”. Etíope Tarsicio, no dominaba idiomas. Si Bartolomé era o no mote, de verdad que no lo sé. Porque “el nuevo” era indistintamente Bartolomé o Natanael. Lo que sé, seguro, es que a mi Amo y Señor le gustó un montón. Porque en él “no había doblez ni engaño”.
Tarsicio, ignorante, cada día lo era menos junto a Jesús.
Lo que aprendí junto a Myriam, es punto y aparte. Merece tal calificativo, que ni está escrito. ¿Acaso saben ustedes todo sobre el Amor puro y limpio, sobrenatural? El Amor con Myriam -en su casa todo era Amor-, no era en absoluto amor sólo terreno. Sin saberlo de fijo, lo entendía como Amor del cielo. Lugar, dicen, inmejorable. ¿Mejor que la casita de Myriam y junto a Ella? Permítanme que lo dude.
También tenía narices que a Simón (Cefas), mi viejo amigo pescador, lo apodase Pedro, que, al parecer, significa roca o piedra. Tarsicio aún ignorante. ¿Piedra como los pilares (columnas) de los imponentes edificios romanos? Ignorante. Simón: la roca. Piedra. ¿De qué…? Como tabla rasa -yo-, en la que no hay nada escrito. Veremos más adelante en qué para todo esto.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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