Apócrifo III. 9. Pilares del edificio

Por Carlos de Bustamante

( Plumilla de Fredes Ortiz, de felicitación de Navidades ) (*)

No tonto y además -permítanme una miaja de vanidad-, amante hasta decir basta de al pan, pan, y al vino, vino. Frutos ambos de trabajos agrícolas que tan bien conocíamos los dos amigos.

Se llamaba Bartolomé. Pero ¡qué manía, con perdón, la de Jesús! A quienes destacaban por algo, enseguida (Jesús era de pueblo y a mucha honra) a escape, digo, les ponía mote. Pues ¿mira que a dos amigos míos, Hijos del Trueno? O más complicado: Boanerges. Me caían ¡de miedo!; de bien, claro: Santiago y Juan.

Aunque muchos días los pasaba enteros con mi Ama y Señora, otros -y no me olvido de Bartolomé-, Ella misma me rogaba para que fuera a ver dónde estaba y de lo que hablaba su Hijo. Myriam era muy lista ¡a ver…! porque aunque lo sabía divinamente, lo hacía ¡seguro!, para que su esclavito, libre, Tarsicio, se enterara y con ello aprendiera. ¡Que buena falta me hacía!

A Bartolomé no le conocía de nada. Sólo que era de Betsaida. Lo vi únicamente el día en que Jesús le llamó. Fue después de que mi Amo y Señor de enseñase a las multitudes que le siguieron hasta el monte verdades como templos. Tan desconocidas, que causaron asombro. Y eso que eran de cajón. Bartolomé venía de su pueblo. Yo, Tarsicio, ni apóstol ni discípulo declarado, estaba cerca de Jesús. Fino de oído, escuché cuando éste se acercaba: “He ahí un verdadero israelita en quien no hay doblez ni engaño”. Etíope Tarsicio, no dominaba idiomas. Si Bartolomé era o no mote, de verdad que no lo sé. Porque “el nuevo” era indistintamente Bartolomé o Natanael. Lo que sé, seguro, es que a mi Amo y Señor le gustó un montón. Porque en él “no había doblez ni engaño”.

Tarsicio, ignorante, cada día lo era menos junto a Jesús.

Lo que aprendí junto a Myriam, es punto y aparte. Merece tal calificativo, que ni está escrito. ¿Acaso saben ustedes todo sobre el Amor puro y limpio, sobrenatural? El Amor con Myriam -en su casa todo era Amor-, no era en absoluto amor sólo terreno. Sin saberlo de fijo, lo entendía como Amor del cielo. Lugar, dicen, inmejorable. ¿Mejor que la casita de Myriam y junto a Ella? Permítanme que lo dude.

También tenía narices que a Simón (Cefas), mi viejo amigo pescador, lo apodase Pedro, que, al parecer, significa roca o piedra. Tarsicio aún ignorante. ¿Piedra como los pilares (columnas) de los imponentes edificios romanos? Ignorante. Simón: la roca. Piedra. ¿De qué…? Como tabla rasa -yo-, en la que no hay nada escrito. Veremos más adelante en qué para todo esto.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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