Por Carlos de Bustamante

( La Trinidad rodeada de ángeles. Anónimo Gótico-Renacentista del siglo XV. Tabla en el Museo del Prado. Pintura.aut.org. 97 x 86) (*)
Cuando anochecido marcharon las multitudes, encantadas de las palabras y portentosas curaciones de Jesús en el monte, los apósteles rodearon a Jesús. Y yo, Tarsicio, con ellos. Nos insistió sobre la indisolubilidad del matrimonio. Nos explicó las dudas sobre las instrucciones recibidas en el largo sermón. Hasta el tonto del pueblo hubiera entendido así todo.
Inolvidable lo referente a las oraciones largas, largas, de los fariseos. Nuevamente y si no los puso a caldo del todo, sí nos dijo qué y cómo debíamos orar nosotros. Que no era precisamente a fuerza de palabras rebuscadas y biensonantes como ellos.
“Habéis de decir…”. Y nos enseñó el que, desde entonces, llamamos Padrenuestro.
El que nuevamente volviera a llamar Abbá, Papá, a su Padre Dios, motivó que el velo que aún pudiera ocultarme el misterio, se me fuera cayendo… Impresionante: Dios-Él mismo- era a la vez Padre e Hijo. Y, según Jesús dijo que dijéramos, su Padre y Padre nuestro también. Más impresionante aún, que si nos dijo que nos dirigiéramos a Dios-Él- llamándole Padre, es que Jesús era Padre nuestro. Y Tarsicio, esclavo, ¡hijo de Dios! ¡Amado por Dios! ¡¡Soberbio por fuera y por dentro!!
Como bien sabía desde antiguo de la existencia de Dios Espíritu Santo, barrunté, más que supe, el Misterio de la Santísima -¡a ver…!- Trinidad. Pese a mi natural ignorancia en tan alta sabiduría, creí lo que escuché en persona. Ventajas que tiene ser esclavito y negro etíope en casa de Jesús y Myriam.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7419/16303924858_193ec3c302_b.jpg