Notas de Mozambique: Miércoles de Ceniza en Maputo

Por Javier Pardo de Santayana

( Teresa de Calcuta. Acuarela de Mari Carmen Oliva en arteoliva.blogspot.com.es) (*)

Hoy, Miércoles de Ceniza, he vivido una experiencia conmovedora; una ocasión de aquellas que le hacen a uno darse cuenta de verdad de realidades esenciales que sólo pueden calibrarse cuando se experimentan personalmente y en directo. Una ocasión que se me ofreció en bandeja y que no pude por menos de aprovechar.

Viajar – ya lo he dicho en alguna otra ocasión en mis artículos – le permite a uno ver las cosas con otra mirada, ya que cada ambiente de partida, es decir, aquel en el que uno nació o al que con el tiempo se ha ido acomodando, constituye un medio circundante que tiende a empaparnos y a hacerse parte de nosotros mismos: un carril único por el que nos movemos por la vida haciendo en parte nuestra voluntad, pero, sobre todo, siguiendo hábitos que damos por supuestos. De aquí que muchas veces ni se nos ocurra modificar lo que nos pide el cuerpo por costumbre.

De lo cual se deriva lo sano que resulta tener la ocasión de presenciar y vivir personalmente otras realidades: otros ambientes diferentes que nos permitan contemplar formas distintas de afrontar la vida. Incluso el haber leído – que nos abre nuevas perspectivas – es rara vez algo tan influyente como para cambiar radicalmente nuestros comportamientos habituales, porque, como ocurre con lo que vemos en el cine o la televisión, ver la vida glosada en la pantalla o en unas hojas escritas no tiene la fuerza suficiente como para hacerlo. Sólo la experiencia de vivir puede, en efecto, conmovernos hasta el punto de cambiarnos los esquemas.

El caso es que hoy se me presentó la oportunidad de acompañar a algunas personas que preten-dían conocer de cerca las necesidades básicas de la gente de aquí más desprovistas de lo esencial para una vida que se pueda considerar medianamente digna, y que, de este modo, llegué a visitar un lugar fuera de la circulación conocido como la Casa da Alegria de Maputo; un lugar donde las Misioneras de la Caridad, esas mujeres admirables que siguiendo los pasos de Santa Teresa de Calcuta, ejercen su virtud en beneficio de aquellos a los que las propias familias abandonan: pobres seres carentes incluso del más mínimo afecto familiar.

No crean ustedes que nos fue fácil dar con la casa: el GPS nos condujo por algunos lugares im-posibles; rincones infectos cuyo aspecto habría hecho desistir a la mayoría de los mortales, acos-tumbrada a rincones menos hostiles y agresivos. Así fuimos tropezando con enormes vertederos de basura, caminos casi intransitables y plagados de inmundicia, y, por si esto fuera poco, grandes zonas inundadas por la tormenta de la noche de San Valentín, cuando se iluminó el cielo y retumbaron los truenos hasta la madrugada. Una noche plagada de relámpagos a los que acom-pañó una inmisericorde lluvia que se culminaría con el consabido y sonoro festival de sapos.

Como suele suceder aquí, los niños de la calle fueron nuestros mejores guías. Colgados de los costados del cuatro por cuatro, irían indicándonos los vericuetos por los que debíamos conducir nuestros dubitativos pasos. Y, aunque aquel dédalo de caminos inundados y contaminados por la pobreza no auguraba ningún final feliz, acabamos llegando al lugar pretendido: la llamada “Casa de la Alegría”, de nombre tan contradictorio.

Las misioneras nos acogerían con la dulce mirada de quienes están seguras de haber escogido un futuro que vale la pena: aquel que consiste precisamente en aliviarla. Allí estaban los desheredados del mundo, los marginados incluso por los suyos: los bebés y los niños abandonados por sus padres, los jóvenes y no tan jóvenes marcados por el sida, los que sufren rechazo por su in-capacidad mental o porque han perdido la razón; esos a los que, según me cuentan, los propios las propias familias abandonan en el campo – “no mato” dicen aquí – en espera de una inevitable muerte.

Yo de entre todos ellos destacaría a los bebés. Porque allí estaban también otros niños un poco más crecidos; pero éstos sonreían y esperaban que les hiciéramos caso; tanto que se nos venían encima. Yo, desde luego, me di una buena paliza levantándolos en vilo e incluso lanzándolos al aire. Hambrientos de cariño, hasta se ponían en cola para que repitiera. Aquello era como si hu-biera llegado el circo o poco menos. ¡Y con qué alegría acudían hacia donde yo estaba para que les cogiera con mis brazos! En cuanto a los mayores, parecían correctos pero tristes, como au-sentes de la vida; muchos de ellos sin capacidad para decir su edad o cualquier otra cosa así de fácil. En fin, un desamparo sólo paliado por los cuidados de las monjas.

Sí; todo ello daba mucha pena. Pero los bebés…¡ay los bebés! Yo veía a todos muy formalitos, sentados codo con codo como en unas celdillas de madera, muy bien colocados y atendidos, pero formando una larga fila de rostros inexpresivos de mirada fija. Yo pretendía hacer lo de siempre: una caricia o alguna payasada de esas que hacían sonreír a mis nietos: en fin, una caricia, sacarlos un gesto, una sonrisa: alguna muestra de sensibilidad y vida. Pero todo era inútil. Eran muchos y muy formales , pero ninguno hacía el menor gesto de nada, y eso que la cuidadora repetía a cada uno de ellos “mamá, mamá” como para que esta palabra quedara relacionada para siempre con su propio rostro…

Entonces tuve una sensación como de pesadilla a la que fuera imposible dar salida; como si lo que yo estaba viendo fuera un friso de pequeños rostros infantiles como muñecos autómatas de los que a veces aparecen en los filmes de terror. Y, al darme cuenta de que no era así, de que lo que tenía ante mis ojos eran las miradas de unos niños de verdad, la imposibilidad de poner aquello en orden me hizo no poder parar mis lágrimas.

Acabamos rezando en la capilla ante María y Jesús crucificado. Una de las hermanas misioneras entonaría entonces un dulce canto a la Madre de Dios. Y yo mirando fijamente a la cruz musitaría: “Verdaderamente, éste si que es un Miércoles de Ceniza auténtico. Quizás el más auténtico de mis más de ochenta años de vida.”

¨No podemos hacer grandes cosas pero sí cosas pequeñas con un gran amor¨ Teresa de Calcuta

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8564/16668936711_2b214a8326_b.jpg

OFERTAS ORO

¡¡¡ DESCUENTOS ENTRE EL 41 Y EL 50% !!!

Una amplia variedad de las mejores ofertas de nuestra selección de tiendas online

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído