El ejemplo de todo un hombre

Por Javier Pardo de Santayana

( El 25 de marzo de 1980, ETA asesinaba en Bilbao al subdirector de La Unión y El Fénix y conde de Aresti, Enrique Aresti Urien) (*)

Lo que voy a decir en este artículo no es, como habitualmente, fruto de mi imaginación o simple interpretación de lo que veo. Se trata más bien de trasladar a ustedes el contenido de algo escrito por otra persona, pero tan singular y emocionante que vale la pena hacerlo conocer por otros. Quien lo escribió lo confió a una publicación determinada, y como supongo que sus lectores se circunscriben a un grupo limitado de personas por muchas que éstas sean, creo obligado hacer un esfuerzo personal por ampliar el círculo de aquellos a quienes sí alcanzó el conmovedor mensaje.

Sí; hoy estamos acostumbrados a saber lo que nos dicen personas que no son precisamente ejemplares, a oír mensajes ensuciados por el odio, la falsedad o el egoísmo – o sea, por el mal – así que será bueno que entre tanto ejemplo negativo reluzca como debe el de un hombre de bien en toda la extensión de la palabra.

El hombre se llamaba Enrique Aresti. Digo que se llamaba porque la panda de asesinos que ahora representan quienes se pavonean pisando moqueta en el País Vasco le pegó un par de tiros hace treinta y cinco años. Hecho que ahora nos recuerda su hijo Carlos, que se siente obligado a contarnos, con datos y documentos fehacientes, lo que en aquellos días sucedió.

Enrique Aresti, conde de Aresti, vivía en Bilbao, Gran vía número 26, tercero, y trabajaba como agente de seguros. “El entorno de ETA – dice su hijo Carlos – había descubierto que si creaba una agencia de seguros podía conseguir grandes comisiones, en base, como siempre, a amenazas y coacciones”. Pero su padre lo denunció públicamente en el Colegio de Seguros de Vizcaya. Cuando acabó de hacerlo, quien se sentaba a su lado le auguró: “Enrique, acabas de firmar tu sentencia de muerte.”

Y así fue. Meses más tarde le llegaría una misiva de la banda en la que se le exigía el mal llamado ”impuesto revolucionario”. Y él, naturalmente, no lo pagó. Lo que sí hizo fue irse al notario y redactar – léanlo con detenimiento – lo siguiente:

“En Bilbao, a 7 de febrero de 1979, yo, notario del Ilustre Colegio de Burgos con residencia en esta Villa, por la presente hago constar:

Que comparece ante mí don Enrique Aresti Urién, conde de Aresti, mayor de edad, viudo, abogado, vecino de Bilbao, con domicilio en Gran Vía, 26, tercero y DNI nºX.

El señor…conde de Aresti manifiesta: Que nació en Gordejuela (Vizcaya) el 7 de octubre de 1917 y declara su condición de católico, vasco y español. Como católico, apostólico y romano, pide a Dios perdón por el mal que haya podido hacer y sobre todo por el bien que haya dejado de hacer. No admite discusión en su condición de vasco y de español con cualquier advenedizo que pudiera discutir estas realidades”.

Ahora agárrense a lo que a continuación dice el documento notarial:

Manifiesta que, habiendo sido requerido para satisfacer un impuesto revolucionario, y amenazado de muerte en caso de no satisfacerlo, no está dispuesto a entregar un solo céntimo en tal concepto porque el hacerlo supondría una traición a su condición antes declarada de católico, vasco y español.

Y sigue:

Lógicamente de dicha oposición pueden derivarse dos consecuencias: a) la muerte. b) La retención para obtener, bajo amenazas, lo que voluntariamente no está dispuesto a dar. En el supuesto a) que antes o después a todos llega, no se necesitan instrucciones especiales. En el supuesto b) ordena a todos sus familiares que se atengan a su deseo expreso y terminante de no entregar cantidad alguna por su liberación a pesar del mucho cariño que le puedan tener y precisamente en aras de ese cariño. Esta orden la hace extensiva a todos los que a través de cualquier relación económica pudieran sentirse obligados a hacerlo, y manifiesta que no reconocerá como válida ninguna deuda que en su nombre ni el de sus familiares se pudiera contraer con ninguna entidad bancaria en orden a su liberación.

Para terminar así:

Al agradecer a Dios el regalo de la Fe, le pide que le ayude, en cualquier circunstancia que surja, a cumplir con su deber. Se despide de sus hijos agradeciéndoles el cariño que siempre le han tenido y lo mucho que le han acompañado, y les anima a que, con alegría, sigan el camino que haga posible que un día se vuelvan a encontrar con su madre bajo el amor de Dios…”

¿Qué me dicen ustedes? ¿Alguien ha visto una prueba mayor de generosidad a la hora de hacer aquello que considera propio de un buen español y un buen cristiano, o, simplemente de un hombre de verdad?

Pues sí, le mataron un año más tarde y lo hicieron como era de esperar; o sea, por la espalda. Y le enterraron en su pueblo de origen, es decir, en Gordejuela, provincia de Vizcaya, tal como él anunció al recibir la carta conminatoria. Entonces dijo: “No van a echarme de mi tierra porque seré enterrado en ella”.

Dirán ustedes: ¿Y qué hicieron las autoridades “autonómicas”? Pues también lo que era de esperar: el Presidente – perdonen la mayúscula – cuya sede estaba en la puerta de enfrente de la casa del señor Aresti, ni siquiera se dignó cruzar la calle. ¿Y el alcalde? Tres años más tarde suprimiría el nombre de la plaza del “Conde de Aresti”, Diputado General de 1898 a 1902. Verdaderamente, ¡qué contraste entre la grandeza de unos y la bajeza de otros, entre los que incluyo no sólo a los abyectos asesinos, sino también a los que el conde llamaba “advenedizos”!

Carlos acaba diciéndonos que su padre le enseñó, como a todos los hermanos, a no odiar nunca a nadie, porque: “Breve o larga, la vida sólo vale algo si en el momento de entregarla no tenemos que sonrojarnos de ella”. Ahora queridos lectores, díganme quienes hicieron motivos para sonrojarse, y quienes tienen sobrados motivos para que les admiremos y tomemos como ejemplo.

Que éste es el objetivo de mi artículo: el que, en este patio de vecinos en el que andamos enredados en torpes polémicas y ridículas minucias – aquí, donde tan sólo se habla de cuestiones inanes y tantas veces contemplamos la exaltación del mal – la lección de aquel gran señor que fue don Enrique de Aresti sea conocida por el mayor número posible de españoles.

Que no sea vano su ejemplo.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7604/16308796883_7854bc87ee_o.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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