Por Carlos de Bustamante

( Curación del paralítico en la piscina probática. 1679. Óleo de Bartolomé Esteban Murillo en la National Gallery de Londres. Pintura.aut.org. 237 x 261) (*)
Era una piscina. Beztata, Betsaida o de las ovejas.
Un ángel bajaba de cuando en cuando y removía las aguas. Bajo los cinco pórticos de la piscina, yacían enfermos aquejados de las más diversas dolencias. El primero de ellos que se introdujera en la piscina recién removida, sanaba de su enfermedad. No me pregunten por qué, pero Jesús lo sabía. Y acudía donde pudiera aliviar el dolor de los más necesitados. Cuando me era posible, yo con Él. Tenía el compromiso con su Madre, ahora Madre mía también, de cuidarle. Entramos en el balneario.
Llevaba paralítico y postrado en una camilla ¡38 años! esperando lo imposible. ¿Cómo bajar el primero al agua si no podía ni aún moverse? Así nos lo dijo cuando nos acercamos a él. Otra vez vi la compasión en la mirada de Jesús.
-“Toma tu camilla y vete a tu casa”.
Y lo hizo. Sin bajar ángel alguno. Sin remover el agua. Sanaba y perdonaba allí donde estuviera la necesidad o el pecado.
Fui atando cabos. “El que quita el pecado del mundo”. “Tus pecados te son perdonados”. ¿Sería a eso para lo que vino al mundo?
Comencé a ver la luz al final del túnel.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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