Por Javier Pardo de Santayana

( Puesta de sol. Acuarela de Javier Minguez) (*)
Pensarán ustedes que saco punta a todo, que tengo una mente asaz calenturienta. Y quizá tengan razón. En todo caso es cierto que suelo fijarme en cosas en las que raramente se fijan los demás.
Hoy, por ejemplo, he caído en la cuenta de un hecho curioso que se refiere a los océanos. ¿Que cómo se me ocurre algo como eso? Pues, la verdad, no creo que la cosa sea como para extrañarse, ya que en la superficie del planeta hay bastante más agua que tierras emergidas. Y supongo que también más peces que animales terrestres. O sea que si no fuera por la superioridad que nos concede la inteligencia que Dios tuvo a bien regalarnos, el planeta podría ser considerado como el dominio del agua y de los seres marinos.
Mas no fue esto lo que me hizo reflexionar en este caso, sino el haber caído en la cuenta, de repente y no sé bien por qué, de una más que aparente casualidad: el hecho de que todos los océanos sean esdrújulos, circunstancia que se compadece con una realidad que, como la suya, nos abruma y supera. La realidad de esas inmensas masas de agua que cubren no menos de tres cuartas partes de la superficie del planeta.
Para empezar, me fijé en un término que comparten todos ellos; la palabra que les describe a todos en conjunto. Vemos, efectivamente, cómo ya el mismo nombre de “océano” es no sólo esdrújulo sino también bastante descriptivo, y para probarlo ahí están esas dos “Oes” con las que se introduce y se remata una imagen que sugiere enormes, imponentes masas de agua que se extienden abarcando los arcos de la Tierra: esos meridianos que conforman la enorme esfera en que vivimos los humanos. Así que entre la espectacularidad sonora del acento que nos sitúa en una dimensión que podríamos calificar de superior, y la sugerencia de una estructura fuerte y voluptuosa, “océano” es palabra que se identifica con lo que define.
Pero no sólo es espectacular el nombre genérico de estos grandes colosos de la geografía, sino que algo similar sucede con cada uno de ellos en particular, puesto que todos ellos son igualmente esdrújulos: ahí están el Atlántico, el Índico, el Pacifico, el Antártico y el Ártico. Y no creo que esto sea casualidad. Quienes así los bautizaron quisieron, sin duda, revestirlos de grandeza y suntuosidad otorgándoles sonoros nombres de raíces clásicas: términos sugeridores de grandes hazañas y héroes míticos a tono con su tremendo potencial; el que les permitiría arrasar los continentes tal como ahora nos auguran los celosos vigilantes del cambio climático,
¡Qué diferencia con el nombre que hemos asignado a nuestro mar más próximo y amigo, este Mediterráneo cuna de ensueños y civilizaciones! Su nombre no sugiere como el de los grandes océanos una masa de agua inabarcable, poderosa, presta a rebelarse en cualquier momento y animada por los ciclones o la fuerza de otros vientos desatados. Sigue, sí, siendo esdrújulo, que no en vano fue escenario de las grandes hazañas de personajes míticos, de cruentas batallas navales y de incursiones de piratas tan osados como el temido Barbarroja. Pero en él siempre prevalecieron las orillas y también su poder de conexión de unos pueblos con otros. Su historial de aventuras no contiene la incógnita del contorno de sus costas; quizá por eso tiene que ver – medi-terráneo – con una situación central y con la tierra misma, es decir, con algo que convierte a este mar nuestro en un lugar no abierto a la distancia y a lo desconocido sino a la relación humana y a la vida.
Yo he podido conocer a todos menos uno, aunque “el mío” sea el Atlántico, en cuya vecindad – esto es, en peñas arriba cercanas a sus costas – se fue fraguando mi vieja familia de “foramontanos”, no lejos del lugar donde nació quien trazara la primera carta náutica de América. Luego viví bastantes años en Lisboa y visité la punta fundacional de Sagres: allá donde donde se forjaría un imperio. Así mis orígenes y mis primeros pasos se mantuvieron en la proximidad de aquel océano desde cuyas orillas hoy escribo.
Más tarde lo cruzaría muchas veces. También alcanzaría el otro océano en la costa oeste de Estados Unidos y la canadiense isla de Vancouver, y me adentraría en él hasta llegar a las islas Hawai, en pleno Pacífico. Y por casi todas partes encontraría rastros del valor y la osadía de los españoles. Ahora, por razones familiares, viajo con frecuencia a las costas africanas del Índico para vivir tan cerca de él que puedo verlo al despertar cada mañana.
En cuanto a los dos océanos polares, solo he tenido ocasión de conocer el Ártico, desde Tromsö,hasta las islas Lofoten. Allí llegué ver el sol de medianoche y a pescar en sus límpidas aguas casi heladas. E hice escala en Islandia y visité Terranova, esos lugares de última frontera donde uno se siente como en el fin del mundo.
Una cosa quisiera hacer notar aparte de mis observaciones personales sobre la grandeza cósmica de los océanos – esos compañeros nuestros de viaje – y la identificación con ella de los nombres que les atribuimos. Porque es difícil oír a un español que haga ver a los demás la excepcional ubicación geográfica de este país nuestro, y porque ésta es su situación central en el conjunto de las tierras emergidas. Para observarlo basta con un simple atlas, en el que, de seguro, la enorme superficie del océano Pacífico, que ocupa la tercera parte de la superficie del globo, y la escasa población asentada en sus dispersas islas, habrán aconsejado presentar a nuestra vista el conjunto agrupado de los continentes. Allí, en medio de la zona habitable del planeta – como en el ombligo del mundo – encontrarán nuestra península.
No es extraño, por tanto, que nuestra nación fuera la primera en rodear el globo y que una vez alcanzada la unidad hiciera suyos los océanos para poder decir que allá donde reinaba el Rey de España no se ponía el sol.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8772/16963214719_e48fa1113f_o.jpg