Por Carlos de Bustamante

( El regreso del hijo pródigo. 1668-1669. Óleo de Harmennsz van Rijn Rembrandt en el Museo del Hermitage. Pintura.aut.org. 262 x 205 ) (*)
El padre de los dos hijos (como los de Rufo), -el bueno y el malo- se quedó triste. Pero, por más desgraciado el hijo malo, siempre lo quiso. Entrañablemente. Cada mañana oteaba el horizonte desde una colina esperando la vuelta del pobre hijo. El que dilapidó su hacienda de mala manera. Tarsicio, inculto, esclavito y negro, lo entendió divinamente. Los fariseos, también. Aumentó su odio.
Entre la asquerosidad de los cerdos, el hijo sinvergüenza pensó:
– Volveré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros”.
Lo pensó. Lo meditó. Se arrepintió. ¡Y lo hizo! Fue y se lo dijo. ¡Mal arrepentimiento hubiera sido con sólo arrepentirse! No. Fue -insisto-y se lo dijo a su padre. O sea, boca a boca. Auricular.
Lo demás, sucedió como bien saben. Su padre le perdonó primero las ofensas. Luego, se lo comió a besos.
Medité en la parábola el resto del día… y de la noche, y hasta el resto de mis días. Si Myriam era Hija de Dios Padre, también Tarsicio era Hijo de Dios: mi Amigo Jesús. Una locura… bendita.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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