Dejar constancia de la vida

Por Javier Pardo de Santayana

( Foto antigua) (*)

Esta temporada ando poniendo en orden mis papeles, que no crean que es empresa fácil. El tiempo pasa con demasiada rapidez a estas alturas, y lo que creo conveniente hacer me está ya metiendo cierta prisa.

Reflexiono, pues, sobre esta prisa mía. Pienso que hay tanto por ordenar en esta casa que conviene que me vaya apresurando un poco para dejar hecho el mínimo de orden que considero conveniente hacer. Pienso que aquí no dejaré más que una cierta presencia remanente en la cabeza y el corazón de mi familia, y que aquella se irá haciendo más y más tenue cada día hasta esfumarse totalmente. Nada o poco más quedará de lo que hubo, porque con la muerte desaparece siempre una gran parte de lo que cada generación puede ofrecer a la siguiente. Quizá cuando la ciencia sea capaz de recuperar nuestros recuerdos extrayéndolos de nuestro cerebro y fijándolos en algún soporte tecnológico se saque de ellos más aprovechamiento, pero aún falta mucho para que tal cosa ocurra. Además supongo que cuando esto sea posible se plantearán
grandes problemas en el terreno de la ciencia médica: por ejemplo, saldrán a colación objeciones morales de consideración respecto a la revelación de pensamientos íntimos que no deben ser conocidos por persona alguna.

Pero también parece improcedente hurtar a los demás la experiencia de quienes por aquí pasaron antes, por mucho que de ella quede en hijos, nietos y demás personas que compartieron el día a día de una vida entera. Parece, pues, tan justo como conveniente que permanezca un poco más explícito el propio pensamiento y la opinión de quienes nos precedieron en su día. En todo caso es evidente que cada vez que alguien fallece se pierde un inconmensurable cantidad de datos relativos a la aventura humana. Tantos, que el gran problema sería el manejo de tan abrumadora información, si bien ésta ya vendría en tiempos en los que la tecnología lo permite, no sólo en su manejo, sino también en su ordenado archivo, dando así una dimensión nueva a lo que dejamos de expresión escrita e incluso hablada, puesto que, tal como ocurre con las imágenes, existe la posibilidad de grabar la voz sin recurrir a los expertos,

Comparo mentalmente mi colección con el recuerdo que me queda de las fotografías que nos legara la generación nuestros padres. Desde luego la diferencia entre aquélla y éstas llama poderosamente la atención. Pero no hay que ir tan lejos para encontrar otra diferencia parecida en nuestra propia vida, es decir, entre nuestra época de niños y de jóvenes y los tiempos que vivimos actualmente. Imagino la cantidad de recuerdos interesantes que podría yo tener reunidos si entonces hubiera hallado la facilidad de ahora para captar escenas. Echo de menos, por ejemplo, unos buenos reportajes de mis vuelos por el cielo de los Estados Unidos, con mi gorrilla azul y mis alas plateadas después de hacer el primer vuelo en solitario o de los aterrizajes casi imposibles en los interminables bosques de Alabama. O de los misiles surcando los cielos del desierto allá por Nuevo Méjico y de tantas y tantas otras aventuras de las que no dejé recuerdo gráfico porque aún no nos había ganado la obsesión por plasmar en imágenes lo que era simplemente una vida.

Decía yo antes que estoy poniendo en orden mis recuerdos, y constato que no me bastó con rellenar un armario entero de álbumes clasificados por años e ilustrados poco a poco para casi convertirlos en expresivas obras de arte. Por todos los rincones aparecen bolsas y cajas de zapatos atiborrados de fotografías sugerentes que han de encontrar un lugar al cual pueda acudirse para consultarlas. Así que ando “estresado” reuniendo las fotos sobrantes o que no llegaron a recibir tales honores por falta de tiempo y exceso de trabajo. Lo voy haciendo con la impaciencia a la que me tengo acostumbrado y siguiendo el sistema de hacer montones de un mismo concepto a los que luego busco acomodo en lugar diferenciado. Así he acabado por invadir y poner patas arriba la mitad de la casa. Supongo que, como ocurre con casi todas estas actividades familiares tenidas por poco relevantes, ustedes mismos habrán pasado por experiencias parecidas si sus respectivos cónyuges no optaron ya previamente por la papelera .

Lo que ahora digo no es sólo aplicable a la fotografía, pues, mientras me esfuerzo en tan agotador esfuerzo, trato de completar y mantener también en cierto orden lo mucho que ya tengo escrito y que ha copado el “piso preferente” de las estanterías de mi biblioteca. Por ejemplo, la copia de estos mis artículos del blog, que reúno de cien en cien y a los que tengo medio organizados con sus portadas, sus introducciones y sus índices en espera de que se completen los que están rozando ya los setecientos.

Claro que también está mi archivo de “palabras”, o, más concretamente, de las pronunciadas en inauguraciones y clausuras, presentaciones de libros, comensales y conferenciantes, cuando no en intervenciones en mesas redondas y otras ocasiones en las que hube de expresarme con cierto sentido y precisión. Lo cual completaré ahora eligiendo de entre las fotografías recién puestas en orden y concierto las que mejor puedan servir como portadas o ilustraciones que “amenicen” esos contenidos. Tarea también en la que me hallo implicado últimamente.

Espero que tantos trabajos como éstos que hoy me tienen medio “groggy” sirvan para aprisionar el tiempo. Cierto es que para que esto sirva para algo se necesita que la generación siguiente mantenga un mínimo de curiosidad sobre la nuestra, no desde luego por mi vida propiamente, sino por el pasado y la familia o por lo que pueda tener de utilidad teniendo en cuenta que el hombre es y será siempre deficitario en lo que se refiere a la experiencia.

Pero no crean que lloraré en mi tumba si así no fuera y cuanto he escrito y conservado se fuera desde el principio a freír espárragos, pues toda mi vida me esforcé en múltiples actividades sin pretender retribución alguna. Mi lema siempre fue como el de mi mujer: esto es, “hacer lo que se debe hacer cada momento” y aplicarlo siempre así. Lo que ocurre es que, entre tantas cosas como “deben hacerse” en nuestra propia vida, no debiera ser menor la de dejar constancia de ella.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm9.staticflickr.com/8882/17931965468_04a57898a2_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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