Apócrifo III. 31. Los ciegos ven; los cojos andan; los muertos resucitan

Por Carlos de Bustamante

( La resurrección de Lázaro. Políptico, parte central. 1461. Tabla de Nicolás Froment en la Galería de los Uffizi, Florencia. 175 x 134) (*)

Camino de Jerusalén para celebrar allí la Pascua, vimos venir corriendo un mensajero. Era un criado de la casa de Lázaro, Marta y Myriam, amigos todos de Jesús. Y su casa, el lugar donde, por amistad, se había hospedado numerosas veces. Eran amigos íntimos. Y por amigos, los amaba. Precipitadamente y casi sin resuello por la carrera, el mensajero le dijo:

-¡Señor -le dijo-, mira que aquel a quien amas está enfermo! -. Y calló. Descansó junto a Jesús.

Dirigiéndose a nosotros (o sea, a los discípulos, porque yo, Tarsicio, sin protagonismo alguno, sólo estaba con ellos para informar después a Myriam de cómo se encontraba su Hijo) les comentó algo así:

-“Esta enfermedad no es mortal, sino que está ordenada para gloria de Dios, con la mira de que por ella el Hijo de Dios sea glorificado”. Y se quedó dos días más, descansando, en el mismo lugar donde recibió el recado. Asustados como estaban los suyos porque se dirigía a Jerusalén donde los fariseos le odiaban, no dijeron ni pío. Al cabo de estos dos días Jesús les (nos) dijo:

-“Vamos otra vez a Judea”.

Aunque algunos se oponían por miedo, al fin partieron. No sé muy bien lo que dijo a los más próximos de que su amigo Lázaro dormía. Pero sí lo que le contestaron:

-Señor, si duerme, sanará. Pero no comprendieron que su Maestro hablaba del sueño de la muerte. Hasta que les dijo claramente:

-“Lázaro ha muerto”.

Al llegar, le salió al encuentro Marta.

-Señor -le dijo-, si hubiera estado aquí no hubiera muerto mi hermano…

-“Yo soy la resurrección y la vida-; quien crea en mí, aunque haya muerto vivirá…”.

Lo mismo le dijo luego María. El esclavito Tarsicio, que nunca acabaría de asombrarse, vio con éstos sus ojos, cómo Cristo, Iahveh, Dios, Jesús, YO SOY, prorrumpió en sollozos, porque muy amigo, le amaba. Jesús se acercó al sepulcro y mandó quitar la gran piedra que lo cerraba. Y Marta, asustada:

-¡Señor, que ya hiede! Porque hace cuatro días que está muerto -le dijo.

Lo oímos todos. Lo que Jesús contestó sólo lo oyó ella. Entre expectantes y asustados, todos contemplábamos la escena, fijos los ojos, ora al sepulcro, ora a Jesús.

-“¡¡Lázaro, sal afuera!!” -retumbó la voz potente. Caímos casi del susto. Por lo que vimos. El que olía mal porque llevaba muerto cuatro días, salió del sepulcro ligado de pies y manos y tapado el rostro con un sudario.

-“¡Desatadle y dejadle ir!”.

Ver para creer. Salió y se fue. ¡Vivo!

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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