Por Javier Pardo de Santayana

( Cartel de la película “La Mala educación”) (*)
Hace tiempo que publiqué en este mismo blog un artículo al que titulé “La mala educación”. Se refería a una película cuyo director era uno de los pandilleros “de la ceja” interesado entonces en retratar la educación católica desde una siniestra intención de desprestigio. Hoy aquellos pandilleros tan mediáticos y tan alborozados por las ocurrencias de su adorado líder espiritual – el mismo que nos ocultó la crisis y nos condujo a la miseria – han retornado ya sin ceja al escenario de sus entusiasmos con la misma voluntad de antes. En efecto, una declaración suya de principios les identifica como amigos y asociados de otra pandilla parecida: la de los muchachos del tic tac, ese versión cursi y pretenciosa de la Cofradía de la Mala Baba.
Vaya por delante que, salvo en mi niñez – colegio de las Teresianas de Valladolid, del que conservo un recuerdo entrañable como vecino y “niño de las monjas” – nunca pasé por escuelas religiosas, pero sí viví intensamente un determinado estilo educativo. Y éste, naturalmente, estaba reflejado en los institutos de San Isidro de Madrid, Español de Lisboa y Ramiro de Maeztu de Vitoria, amén de en la Universidad de Valladolid en la que hice la reválida. Y puedo asegurar que en ninguno de esos sitios encontré profesores despiadados, lascivos o politizados.
Por el contrario, sí encontré buenos y muchas veces admirables profesores empeñados en transmitir con gran pasión su conocimiento de las asignaturas y de lo que fuera objeto de su vocación: docentes de categoría tanto personal como profesional. Por eso, aunque comprenda que para dar emoción a una película se busquen situaciones exageradas e incluso irreales, no me cabe duda alguna de lo pretendido en aquel caso, puesto que el percal me era de sobras conocido: ya sabemos por donde va esa gente de la ceja y de los manifiestos. De ahí que me surgiera la idea de proponer un comentario gráfico como posible chiste al estilo Mingote: sencillamente, el título de la película – “La mala educación” – bajo la caricatura de su director como fruto característico de lo que él mismo pretendía desprestigiar.
Bueno, pues mire usted por donde, quienes quisieron bautizar con un título redondo toda una época y, sobre todo, una educación a la que identificaron como un mal ejemplo, han encontrado ya la ocasión de demostrar en vivo y en directo lo que ellos consideraban “la buena educación”. Y ahí tienen ustedes hoy, como demostración de su ideal educativo, un friso vivo, fruto natural de las semillas sembradas por el líder que antes les mantuviera con las cejas en acento circunflejo..
Ahí tienen, por ejemplo, el buen comportamiento de ese montón de alcaldes y alcaldesas de finos modales y aspecto inteligente, tan impecables en el trato oficial como el tal “Kichi de Cádiz”, que va de guayaba, despechugue y faldón-fuera a un acto en un buque de la Armada con los marinos impecablemente uniformados por respeto a la ocasión y a los señores invitados. Y no me digan que no es fetén y elegante hacer como él esperar hora y media al cónsul alemán y, según dicen, calificarle gentilmente de “nazi” en un aparte. Todo un récord de buena educación, como lo fue también sustituir el cuadro del Rey por el de un anarquista desconocido para la generación actual y de sus padres. O como el de esa alcaldesa de Madrid que desprecia la invitación del embajador norteamericano en un 4 de julio y acude a la audiencia con Su Majestad el Rey con una bolsón en el que habría cabido incluso un cóctel molotov. La misma dama que tiene de portavoz a una joven criada sin duda en los más finos pañales puesto que se permite irrumpir en un templo católico para en él desprenderse de algunas prendas íntimas y dejar constancia de sus buenos deseos anunciando una futura quema de iglesias al estilo del año 36. Claro que su mentora nos había demostrado fehacientemente la alta calidad social de sus amigos al rodearse de esos chicos tan bien educados que llamamos “okupas” y que con gran delicadeza y sentido del arte manejan la mugre física y moral. Luego está una tercera edil – la de Barcelona nada menos – que inició su andadura designando para ocuparse de la comunicación a una dama tan fina que se dedica a hacerse fotos despatarrada y orinando en las avenidas mientras exhibe una mueca de gran carcajada.
Estoy de acuerdo con ustedes en que, tal como se comportan, no resulta fácil presentar a estos señores y señoras a la restante sociedad de Europa, acostumbrada a otras normas y conceptos de la buena educación. Pero eso puede arreglarse con una campaña explicativa orientada al extranjero, como para los nacionales sería conveniente difundir las razones por las que esa autoridad adornada de tan buenos modales pese a sus escasos por no decir nulos estudios, se ha permitido el lujo de estar ausente en un acto que como alcaldesa directamente la concierne: la colocación de la primera piedra de una importante conexión de la ciudad que ahora regenta. Mas no olvidemos que así, casi recién nombrada y antes de intentar cualquier cosa de provecho, andaba aún ocupada en las actuaciones más urgentes. Por ejemplo, en descolgar de unos salones que la venían grandes los bustos y retratos de miembros de la Familia Real. Esto, por supuesto, con amplia cobertura de los medios, pues esta gente domina el protocolo. Y algo parecido tuvo que hacer también la otra, o sea la alcaldesa de Madrid, a la que cayó la china del día del Orgullo Gay y se vio obligada a ocuparse a toda prisa del cambio de nombre de las calles de la capital, que ya veremos lo que eso da de sí para el progreso de la capital y su buen nombre. Por lo pronto ya han defenestrado a Vázquez de Mella aprovechando que no puede protestar. En fin, que las tres autoridades, así como el gran Kichi de Cádiz, han estado liados con todas esas cosas que ha venido insistentemente reclamando la “ciudadanía”, y que sin duda justifican lo radical del cambio. Por lo demá,s ninguno de las cuatro nos ha servido todavía para nada más que para incordiar.
Imagino que ahora, aprovechando la buena coyuntura, al conocido director de cine y amigo de la ceja y el tic-tac hará una nueva cinta – quizá sobre “La buena educación” – en la que además de salir estas lindezas, se vea también a la clásica estudiante que acaba con su propia vida como consecuencia del acoso escolar, hoy tan frecuente, y unas buenas escenas de acoso y derribo de maestros corridos a gorrazos o perseguidos a cates y a patadas por sus simpáticos alumnos, cuando no alguna escena atrevida de abusos sexuales por parte del profesorado como de cuando en cuando ahora se detectan. Y que añadirá, seguro estoy de ello, algunas inevitables secuencias cómicas a costa de los tarugos hoy producto de un sistema que evita la incómoda presión de las notas y de los exámenes sobre el mísero educando. Todo ello fruto de la indudable buena educación que hoy se imparte en nuestras aulas. Como imagino igualmente a nuestros socios, los europeos de siempre, fascinados y sin dar crédito a lo que están viendo y oyendo sobre España; algo que supera ampliamente incluso el ámbito de los informes Pisa.
Y uno, naturalmente, se pregunta si no sabíamos ya de antes lo irresponsables que éramos, porque esto está siendo ya de espectáculo circense. Sí señores; esto es algo realmente indescriptible: la pura expresión de la inepcia y también de un odio desatado y cuya extensión quizá desconocíamos.
Espero que la inmensa mayoría de los españoles que se tomaron la cosa a la ligera e hicieron sin pretenderlo el papel de tontos útiles con un rictus de dignidad herida caigan ahora en la cuenta de la que se ha armado por su culpa. Porque si insisten en este juego estúpido, lo que aquí ocurre será carne de psiquiatra como tengo ya avisado.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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