Por Javier Pardo de Santayana

( “Cabeza de mujer joven”, óleo de Pablo Picasso, propiedad de Jaime Botín, que fue interceptado en Córcega el pasado 31 de julio por el servicio de Aduanas francés) (*)
Ustedes habrán oído hablar de ello este verano. Me refiero a un cuadro de Picasso vinculado a un banquero hermano del Botín más conocido. Por lo visto éste quería venderlo pese a que se trata de un cuadro catalogado que no podía salir de España por prohibición expresa. Así que lo han recuperado antes de que esto ocurriese y lo han depositado en el Reina Sofía temporalmente y en espera de decisión judicial.
Pues muy bien, dirán ustedes, y pensarán que si el señor Botín pretendía deshacerse del cuadro sería para sacarse unos dineros. La duda que les asaltará seguramente es si siendo banquero y llamándose Botín puede ser aplicable este escenario. Yo, desde luego, a riesgo no ya de equivocarme, sino incluso de ser pasado por las armas, aventuro otra posibilidad para mí más comprensible, que es la de que el dueño se hubiera querido desprender de él sencillamente por lo malo que es.
Y así entro en un tema muy tratado en este blog, cual es el del hartazgo ante los paripés del arte. MI compañero y director, buen conocedor y excelente crítico en esta materia, ya se ha referido repetidamente al movimiento “hartista” que, no dispuesto a tragar con cuanto hoy se traga en este campo, sigue el ejemplo de aquel niño que dijo lo de que “el emperador está desnudo”. Y yo mismo he escrito también algún artículo en el mismo sentido, porque una cosa es comprender e incluso alentar la innovación creativa y la libertad de expresión en este campo, y otra considerar que cualquier cosa es buena siempre que distorsione la realidad o la costumbre, tanto en el sentido del arte como tal, como del arte como producto para la compraventa.
Y es que la gente se deja engatusar con cualquier camelo que es presentado como genial por los “gurús” del arte y aceptado gracias a una ignorancia que pretende pasar desapercibida aceptando las grandes palabras y fingiendo hallarse identificada con un discurso frecuentemente ininteligible de expresiones tan vacías como rimbombantes. Sin caer en la cuenta que, por otra parte, el tinglado del arte tiene hoy más que ver con el dinero que con la imaginación o la belleza.
De acuerdo con que en este caso concreto se trata de una pintura de autor de fama bien reconocida y que es considerado como el Ferrán Adriá de la pintura. O sea que para el coleccionista cualquier obra suya será considerada materia interesante con independencia de su valor intrínseco. Pero reconozcamos que verlo colgado en nuestra propia casa – por poner un ejemplo – podría resultar insoportable. De entrada me parece una pintura plana, sin vida, y con trucos baratos, como se percibe claramente en el sombreado de los bordes. Y desde luego, la mujer no es prototipo precisamente de una joven. Nada, en efecto, más lejano de esto: su cuello es desmesurado, como de levantador de pesas, con una zona también sombreada en la que los trazos semejan, más que una sombra de la piel, una mata de pelos como los que suelen emerger del pecho de un hombre velludo. Por otra parte, se diría que el torso de la supuesta joven es el de un fornido boxeador y no precisamente del peso ligero. O sea que en el lienzo no se observa ni un miligramo de juventud o de feminidad. Como tampoco un mínimo hallazgo de interés: los ojos carecen de luz e incluso de mirada y la única expresión está, quizás, en una oreja como de duendecillo que no embellece en absoluto el rostro. Sólo la firma, supongo que debidamente contrastada, asegura que la obra es fruto de la inspiración de un genio.
Sí, ya sé lo que dirá quien lea esto. Hasta he oído que la “Cabeza de mujer joven” – que éste es el título del cuadro – es tenida nada menos que por una “pieza clave para entender la pintura del siglo XX” supongo que por ser significativa para comprender el proceso de evolución del gran artista en el camino que va de la figuración a esa especie de “desestructuración” que llevaría a don Pablo a pintar sus conocidas señoras con ambos ojos en un mismo lado, lo que para nuestro astuto genio tenía la ventaja de no precisar de modelo vivo en que inspirarse. Pero es hilar demasiado fino. Vamos, que yo aseguro con la mayor sinceridad del mundo que si yo mismo hubiera perpetrado algo parecido a esta “obra de arte” – cosa que no veo tan difícil – lo más probable sería que hubiera empezado por deshacerme del lienzo cuanto antes para no desmerecer en mi prestigio. Y si la exhibiera en las paredes de mi casa porque me lo hubieran regalado, cosa que es demasiado suponer, no lo haría para recrearme en su contemplación, sino como curiosidad inducida por la enorme fama del autor o por haber sido finalmente subyugado por los gurú del arte y por la “corrección política”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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