Últimas horas de playa

Por Javier Pardo de Santayana

( Niños a la orilla del mar. 1903. Óleo de Sorolla) (*)

¡Qué sabrosas son estas últimas horas de playa! Son como un plato sabroso que aún podemos degustar o como los minutos postreros de una vida. El paisaje es aún esplendoroso, total. El sol sigue estando azul, y el mar parece decirnos con la insistencia de sus olas que él sigue allí, como siempre, esperándonos. Y buscamos nuestro consuelo en el recuerdo como buscaría el náufrago algo a lo que agarrarse para salir del trance. Todavía queda gente tumbada en la arena y paseando por el borde del agua, y aún juegan algunos niños con sus cubos en los charcos. Pero detrás de ese bullicio remanente está ya brotando la melancolía. Ya estamos añorando prematuramente nuestras plácidas horas de verano.

No sé lo que ocurrirá en otros países, pero en España el veraneo es el centro luminoso del año. Algo que, en efecto se añora a todo lo largo de él y que ya se saborea antes de comenzarlo. Casi nos hará soltar lágrimas de fastidio cuando se acaba, pues volvemos a la rutina del resto del año, y esto nos causa un doloroso desconcierto. Nos hace, por ejemplo, recordar otros veranos: aquellos en que disfrutábamos de él cuando vivían nuestros padres, aquello época en que éramos “pequeños” y, para nosotros, era el verano un largo tiempo de continuo juego, de deslumbramientos y de agradables momentos a la sombra. O aquellos que vivimos ya de jóvenes; cuando lo veíamos como ocasión para abrirnos al amor. O los que vivimos viajando a lugares fascinantes que nos marcaron para siempre. En aquellas temporadas que ahora se agolpan en nuestro recuerdo, predominaba la ilusión de vivir; una ilusión que bebíamos a grandes sorbos.

Pero, naturalmente, ya entonces el recuerdo del verano nos traía el contrapunto de su inevitable final con el retorno a una rutina que se hacía casi insufrible en el contraste. Era el retorno a unos despertares aún de noche, de salto de cama obligado y de ducha tempranera para después pelearnos con la vida. Dias planos, sin aliciente. De ahí que, como aliciente para volver a ellos, rebuscábamos en la memoria – como buscaría el náufrago algo a lo que agarrarse para salir del trance – los escasos momentos gratos del invierno: el encuentro quizá con los amigos o la plácida oscuridad del cine los viernes o los sábados. En fin, cualquier instante de abandono o de ensueño que saliera del baúl de los recuerdos.

Alcanzada a lo largo del verano la felicidad del chiringuito, del chapuzón reconfortante o de la dulce siesta a la sombra, el español se siente de repente como huérfano, como abandonado por la suerte. Y vuelve a contemplar la vida como una aventura sin sentido en la que contará los días y las horas que le quedan libres, o se resignará a la realidad de haberlas consumido ya del todo, porque aún le quedan demasiadas jornadas de trabajo – casi una eternidad – para recuperar la vida veraniega.

Luego se recuperará, estoy seguro de ello, y encontrará muchos motivos para disfrutar, porque el español no podría vivir sin alegría. Y lo hará, aunque ya no tan vehementemente, aunque por el momento, al decir adiós a la playa, la vida le parezca totalmente insulsa y carente de cualquier sentido.

Momentos de nostalgia éstos de las últimas horas de playa antes de abandonarla definitivamente hasta el próximo año. Por eso se hace más insoportable la molestia añadida por quienes añaden a esta nostálgica disposición anímica la incertidumbre y la preocupación por la amenaza de la pelea política, que en el caso de esta vuelta concreta del verano, incluirá, además de las consabidas peleas sobre el fondo de la negación sistemática de cualquier buena noticia, nada menos que el peligro de la desintegración de España. Justo lo que faltaba.

Ya sabemos a quiénes agradecer este regalo envenenado que ahora nos cae como una piedra en el estómago.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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