Por José María Arévalo

( Ilustración de Joan Miró en la exposición de Las Francesas) (*)
Con cien obras del artista catalán que fuera uno de los máximos representantes del surrealismo, pero más conocido aún por su pintura a partir de los años sesenta, de gran simplicidad, propia de la espontaneidad infantil, de gruesos trazos y colores primarios, la Sala municipal de Las Francesas ofrece, hasta el 18 de octubre, la exposición “Joan Miró. Cántico al sol y otros diálogos literarios”. Se trata de ilustraciones con las que se acompañaron textos literarios entre las que abren la muestra las que realizara para la obra de San Francisco de Asís citada en el título, y continúa con las dedicadas a libros como ‘Barcelona’, ‘Liberte del Libertes’, ‘Tapís de Tarragona’ o sus múltiples colaboraciones con la revista ‘Papeles de Son Armadans’, dirigida por Camilo José Cela en Mallorca.
La obra de Miró está recogida sobre todo en la Fundación Joan Miró, creada en 1975, y ubicada en Barcelona con un gran fondo donado por el autor; otros lugares con importantes fondos de sus obras –explica la web de esa Fundación- son la Fundación Pilar i Joan Miró de Palma de Mallorca, el Museo Reina Sofía de Madrid, el Centro Pompidou de París (Musée National d’Art Moderne) y el MOMA de Nueva York.
Joan Miró –explica también la web de la Fundación- nace en Barcelona en 1893, pero sus paisajes emocionales, los que lo formarán como persona y artista, son esencialmente Mont-roig, París, Mallorca y más adelante Nueva York y Japón. Mont-roig, una pequeña población de la comarca del Baix Camp, será el contrapunto a la agitación intelectual que vive en París en los años veinte junto a los poetas surrealistas, y al estímulo del expresionismo abstracto que descubre en Nueva York en los años cuarenta. Más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial, Joan Miró abandonará su exilio en Francia y se instalará en Palma de Mallorca, espacio de refugio y de trabajo, donde su amigo Josep Lluís Sert diseñará el taller que siempre había soñado.

( Uno de los paneles de la exposición de Las Francesas) (*)
Me ha llamado la atención cómo en 1910 trabajaba como contable en la casa Dalmau i Oliveres, de Barcelona, especializada en droguería y productos coloniales; época en la que participó, por primera vez, en una exposición, de retratos y dibujos antiguos y modernos organizada por el Ayuntamiento de Barcelona. Lo que me ha recordado mis inicios en la pintura, también apoyado en una droguería, la de mi queridísimo Luis Moneo en Zamora, quien me impulsó a pintar regalándome un lienzo con su bastidor fabricado por él mismo, y los primeros tubos de óleo que manejé.
Miró fue un rompedor, lo que no fui yo. En numerosas entrevistas y escritos que datan de la década de 1930, Miró manifestó su deseo de abandonar los métodos convencionales de pintura, en sus propias palabras de «matarlos, asesinarlos o violarlos», para poder favorecer una forma de expresión que fuese contemporánea, y no querer doblegarse a sus exigencias y a su estética ni siquiera con sus compromisos hacia los surrealistas.
A partir de 1925, Miró comienza a frecuentar a poetas de la mano de André Masson. Llega a escribir que le interesan más los escritores que los artistas plásticos, a quienes considera «gente preocupada exclusivamente por su oficio». De sus amigos surrealistas –Breton, Éluard, Leiris, Tzara– a los autores catalanes contemporáneos –Brossa, Cirlot, Foix, Gasch, Santos Toroella– pasando por clásicos como su querido San Francisco de Asís, el Miró ilustrador sumó 260 libros firmados.
«Esta exposición muestra aspectos más desconocidos de Miró, su condición de ilustrador, de poeta y de gran lector», explicaba la comisaria, Dolores Durán, en la presentación de la muestra, y recogía El Norte. «Durante cincuenta años ininterrumpidos, Miró ilustró textos literarios. Compaginó su obra plástica con esta actividad, que le permitió una mayor difusión y le procuró un campo más de indagación. Tanto el grabado como la ilustración le abren otras puertas a su creatividad».
Pero Miró también tuvo sus detractores, en una época de gran desconcierto creativo como fue el siglo pasado. Lo cuenta Antonio Boix Pons, que publicó su tesis doctoral “El compromiso de un artista, 1968-1983”, en la que describe un Miró que consideraba injusto que los jóvenes artistas en los años 60 le tratasen, tanto privada como públicamente, como a un artista acabado para la vanguardia y, sobre todo, poco comprometido y pasivo en la lucha política contra el franquismo y la crítica a la sociedad. “Se lamenta ante Raillard en 1975 de las críticas por su pasividad política: ‹‹Me han dolido algunos juicios que, más que maldad, dejan ver pereza intelectual.›› Raillard resume estas críticas: ‹‹(…) se ha dicho con frecuencia: Miró sólo se ha interesado por las transformaciones plásticas, los juegos de formas, sin mirar más allá, etc.›› y el artista replica con una obviedad que a menudo pasaba desapercibida para sus contemporáneos: ‹‹La expresión “transformación plástica” implica en sí misma una transformación de las ideas.›› Con motivo de las muestras monográficas de Barcelona en 1968 y 1969, dos jóvenes artistas, alumnos del último curso de la Escola Superior de Belles arts de Sant Jordi, atacaron a Miró por ser un artista burgués. Uno decía: ‹‹Miró no es un pintor del pueblo ni para el pueblo… es un exponente de arte burgués que es el único posible dentro de una sociedad capitalista››. Y el otro era todavía más duro: ‹‹Se le han hecho muchas interpretaciones estúpidas, desde tomarlo por un payés catalán hasta hombre mediterráneo, pasando por callado trabajador, hombre-niño e inocente artista, pero lo cierto es que la clave de su éxito está en que su estéril atrofia, su irremediable torpeza, su asfixiante dificultad para crear, son los mejores alicientes para el público de este siglo, que padece la misma enfermedad colectiva que Miró sufre a escala individual.››

( Ilustración de Joan Miró en la exposición de Las Francesas) (*)
Entre quienes le fustigaban sin piedad destacaban sobre todo los adeptos del Pop Art, el nuevo movimiento que arrasaba en todo el mundo artístico desde mediados de los años 60, con Andy Warhol como ídolo, y los del Nuevo Realismo inspirado en el anterior, que contaba en España con Eduardo Arroyo y el Equipo Crónica en cabeza.
El Equipo Crónica, más tardíamente, usará las obras de Miró con un talante mucho menos crítico hacia el artista, en apropiaciones iconográficas que eran manipuladas en un sentido desmitificador.
Otros advertían un cierto agotamiento artístico y decorativismo, de cuyo tenor podemos hacernos una idea con los ejemplos del pintor Ramón Gaya, que le calificaba de mamarracho y vago, del artista J. J. Tharrats (1990), que le criticaba por autolimitar su libertad creativa: ‹‹Miró fue un hombre impresionante, hasta los años 55 ó 60 y luego, al entrar en el juego de las grandes galerías perdió su libertad.››, del escultor vasco Jorge Oteiza (1992) que le tildaba de decorador: ‹‹Gaudí es un genio. Miró, en cambio, es una mierda, un niño de 90 años que no sirve para nada, adorna, adorna… Coge una línea, parte otra línea y aquí rojo y allí amarillo… Eso es tonto.›› Más moderado, el escultor Modest Cuixart declaraba en 1999 que algunos artistas repiten sus obras por haber ‹‹agotado la creatividad›› y le ponía como ejemplo: ‹‹Miró, del que soy un gran admirador, hubiera hecho muy bien si en los últimos quince años de su vida, en lugar de pintar, se hubiera dedicado, por ejemplo, a escribir sus memorias. Y repito que le admiro muchísimo y que para mí es uno de los paisajistas contemporáneos más inéditos.››
“Miró no estaba solo –continúa Antonio Boix Pons en su tesis- en sufrir esta desmitificación, pues Arroyo también parodiaba a Duchamp, del que dos años antes había realizado “Vivre et laisser mourir ou la fin tragique de Marcel Duchamp” en la Galerie Greuze de París (1965), en la que rechazaba la glorificación neodadaísta de Duchamp en los años 60. A Picasso también le caían palos por doquier: en 1964 y 1965 aparecen dos libros desmitificadores, respectivamente “Life with Picasso” de su segunda esposa Françoise Gilot y Carlton Lake, y “Success and failure of Picasso” de John Berger, y Greenberg carga contra toda la obra del Picasso “feísta” desde 1945 cuando reseña en “Artforum” una exposición en la National Gallery de Washington en el verano de 1965.”
En un capítulo dedicado a “La ideología y el compromiso de Miró entre 1968 y 1983”, esta tesis doctoral explica cómo Miró era en 1968 un hombre viejo en años, pero con mucho quehacer por delante como artista. Un hombre complejo y contradictorio, vitalista, apasionado por sus ideales, muy consciente del papel socio-político del arte, con un prestigio personal que podía ser utilizado ante la opinión pública, que vive un periodo histórico importantísimo, en los años de la lucha, al principio clandestina, al final abierta, contra el régimen franquista, y luego en los primeros años de retorno de la democracia.
“Miró mantuvo siempre una continuidad notable en su ideología católica, catalanista y una mezcla de elementos conservadores (fueron fundamentales en su juventud) en lo social y, en cambio, progresistas (fueron predominantes en su madurez) en lo político. Y ahora, en sus últimos años, la congruencia es máxima y sus ideas se entreveran con su compromiso, tanto en actos como en declaraciones, respecto al catalanismo, que se funde con el progresismo político y la vanguardia artística, a la vez que sigue fiel a la religión católica.” Lo que explica, por ejemplo, su interés por decorar iglesias (que ya se había manifestado en 1947-1949) y más concretamente en 1978 en su oferta de diseñar unas vidrieras para la Catedral de Palma. Era admirador de Juan XXIII y de los renovadores conciliares, y de tanto en tanto no podía menos que rebelarse contra una Iglesia que juzgaba excesivamente dominante de las conciencias de sus feligreses, que él deseaba libres, excepto en los temas del divorcio o del aborto, en los que era un conservador casi decimonónico. “Tenía numerosos amigos eclesiásticos, siempre cumplió con todos los preceptos del ritual católico como asistir a misa con perfecta regularidad, y murió devotamente”.
Yo creo que sobre los autores del llamado arte moderno no está dicha todavía la última palabra, pero sin duda la obra de Miró es representativa de esa época, especialmente en el uso del color, aunque él mismo lo supeditaba siempre a la forma, como en más de una ocasión declarara. La exposición de Las Francesas es un manifiesto de su especial uso del color sobre formas planas, que es el Miró que a la mayoría le queda en la retina.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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