Por Carlos de Bustamante

(Nazaret. Acuarela de David Robert en “View the Holy Land”; odisea2008.com)(*)
Alguien dijo que tras la panza viene la danza. Como tampoco había sido para tanto lo almorzado, lo que sí me eché fue no danza alguna, claro, sino la siesta del carnero. Un poco traspuesto para no enfrentarme, supongo, con la cruda realidad. Justo el tiempo, para que durante ella se me viniera a las mientes el último sueño de los muchos que tuve durante la siesta del carnero.
Estaba con mi Amigo en el bosque de Nazareth. Aserrábamos con el tronzador un cedro gigante. El que, trabajado por José, sería la cunita del Niño esperado. Uno a cada lado de la enorme sierra. Antes, y con la sonrisa inolvidable de mi Dios y Señor, sacó algo de las alforjas mientras decía con alegría: Al tronzador tocino y al que tronza vino. Acto seguido bebimos por turno al chorro del pequeño odre de piel de cabra. Lo que algún sinsentido llamaba bota. Vino de la mejor calidad. Del lagar y bodega de José. Reconfortados, aserramos con brío. Al runrún continuo del tronzador que ronchaba sin interrupción, despertaron los animales del bosque.
-¿Es que ni aún en nuestra propia casa es posible descabezar un sueñecillo? –dijo un gazapo somnoliento entre los matorrales.
Nosotros a lo nuestro. Continuamos. El cedro, sólo dijo: ¡¡Aaay…!! Y se desplomó herido de muerte. Desperté. Justo a tiempo. Aunque mejor no haberlo visto. Horrible. Así fue la cruda realidad. Que yo lo vi.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm4.staticflickr.com/3004/3095537878_5b1b1e0821_b.jpg