Los lunes, revista de prensa y red

“Al borde del precipicio”, de Luis Herrero, y “La libertad de obligar a los demás”, de Ignacio Aréchaga

( Viñeta de Sansón en El Norte de Castilla el pasado día 25 de septiembre) (*)

AL BORDE DEL PRECIPICIO

Artículo de Luis Herrero publicado en Libertad Digital el pasado día 28 de Septiembre

Si de lo que se trataba era de averiguar si los independentistas iban a conseguir su doble objetivo –mayoría absoluta de escaños y de votos–, la respuesta es no. Se han quedado donde la inmensa mayoría de los predictores nos dijeron que se quedarían: un poco más allá de la mayoría absoluta de escaños (4 más) y un poco más acá de la mayoría absoluta de votos (2,3% menos). Así que los predictores se quedan muy contentos por haber acertado y los separatistas se quedan aparentemente contentos por haber logrado, al menos, la mitad de lo que querían. Sin embargo, ningún observador objetivo podrá suscribir la tesis de que los ciudadanos de Cataluña han optado mayoritariamente por independizarse de España.

El 51% de los votantes han apostado por opciones políticas más o menos unionistas. De entre ellas, Ciudadanos es la vencedora indiscutible de la noche. Pulveriza los pronósticos. Segunda fuerza en el Parlament. Primera fuerza nacional. Ha subido de 9 a 25 escaños (+16). Ha pasado del 7,5% al 18% (+10,5%). Ha sacado más del doble de votos y escaños que el PP, a quien le roba un tercio de sus antiguos votantes. Se coloca a 9 escaños de distancia y más de 200.000 votos de su inmediato perseguidor, el PSC, y capta a 8 de cada 10 de los 350.000 nuevos votantes que abandonaron la abstención para apoyar opciones políticas contrarias a la independencia. Es el catalizador casi monopolístico del voto útil.

Los socialistas salvan los muebles y sólo pierden 23.000 votos respecto a las elecciones de 2012, si bien es verdad que apenas se benefician en nada del fortísimo incremento de la participación. Ayer votaron en Cataluña, en números redondos, medio millón de ciudadanos más que en las últimas elecciones catalanas. De ellos, 150.000 han optado por listas separatistas. El resto, por lo contrario. Pero ninguno de ellos ha querido bailar con Iceta.

Podemos ha demostrado que despeñarse sí se puede. El tal Lluís Rabell cogió las expectativas electorales de su coalición en el 13,9% al comienzo de la campaña y ha cosechado un resultado final que está cinco puntos por debajo (8,9%). El suyo es, de todos, el resultado más extrapolable al ámbito de las elecciones generales. Demuestra que en la izquierda ya es indisimulable el trasvase de votos de Podemos al PSOE. Muchos hijos pródigos vuelven a casa después de haber dilapidado su ilusión en coqueteos con un Pablo Iglesias que les prometió vida más allá de este sistema democrático corrupto y herrumbroso y luego se convirtió en otra fiera más del mismo circo.

El trasvase confirma Pedro Sánchez como candidato firme a ganar la batalla electoral de diciembre. Su pelea con Iglesias será digna de verse. Pero, hasta entonces, por lo que respecta al desafío catalán, uno y otro van a mantener, por desgracia, posiciones parecidas. El PSC quiere que Cataluña sea una nación (es decir, sujeto de su propia soberanía) y Podemos quiere que se le reconozca el derecho a decidir. Son reivindicaciones idénticas que persiguen el mismo objetivo: una reforma constitucional que haga posible el referéndum a la escocesa que reclaman los separatistas.

Eso es lo peor de lo que nos espera: que frente a la reivindicación de la independencia express se configura ahora un segundo frente partidario de la independencia a plazos. Primero ofrecerán el reconocimiento de Cataluña como nación, luego admitirán la convocatoria de un referéndum limitado al ámbito de la nueva realidad nacional y por último avalarán los resultados de esa consulta, en la que muchos de ellos votarán sí después de haber predicado el no.

Lo único que puede evitarlo es que Pedro Sánchez ponga proa desde hoy mismo al pacto con Ciudadanos para llegar a la Moncloa. Anoche ya entró en campaña con una puesta en escena televisiva que parecía ir en esa dirección: delante de una bandera española –flanqueada por la senyera y la bandera europea– habló de unidad y de lealtad constitucional con porte de presidente del Gobierno. Si se cumple la lógica, la sangría de Podemos llevará muchos votos a las unas del PSOE y el subidón de Ciudadanos se los quitará a las del PP. Las cuentas salen.

Por eso la sede del PP es, a estas horas, lo más parecido a un camposanto. No sólo han perdido 8 escaños y 4,5 puntos. Se han convertido en penúltima fuerza en número de votos. El efecto Albiol se ha quedado en simple espejismo. Los catalanes le han dicho, alto y claro, que no se sienten protegidos por esa extraña doblez que les hace desplegar banderas españolas en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona los días de campaña y mirar hacia otra parte cuando los separatistas se ciscan en la ley, incumplen las sentencias judiciales o inundan de esteladas la Meridiana.

He oído y leído comentarios, estos días, que afirman que los chamanes de Génova –apóstoles del voto del miedo– querían que pasara algo así para encarar las elecciones generales presentando a Rajoy como la última esperanza blanca capaz de evitar el cataclismo. Siempre me ha parecido un argumento retorcido y autocomplaciente. Si los ciudadanos catalanes, que viven en el epicentro del peligro, no confían en él como guardián del orden constitucional, ¿por qué tendrían que hacerlo el resto de los españoles? Ciudadanos sale de esta contienda en cohete. Albert Rivera ya es el jefe de la oposición al separatismo en Cataluña y desde ahora se convierte en la alternativa creíble a la abulia de Rajoy.

Mientras tanto, en las fuerzas separatistas pintan bastos. Lo más probable es que a Artur Mas se lo estén llevando los demonios, de pensamientos para adentro, por tener que poner en marcha un proceso de desconexión con España sin la legitimidad electoral suficiente y con la necesaria colaboración –sin ellos no tiene la mayoría en el Parlament– de una CUP que le acusa de haber sido un lastre para la causa y que quiere ver su cabeza clavada en una pica sacrificial en la plaza de Cataluña.

Oriol Junqueras también debe de estar tirándose de los pelos, en la soledad de su dormitorio, por haberse dejado embaucar por un President que olía a chamusquina antes de las elecciones y a cadaverina después de ellas. ERC, en una lista solitaria, hubiera sacado mejor tajada. Ahora sería el líder de la secesión. No tendría que apuñalar a Mas, un magnicidio político inevitable, ni conspirar en secreto con David Fernández su investidura como jefe de la manada.

Que la resolución del conflicto se produzca por la vía rápida que patrocinan Junts pel Sí o por la vía de espoleta retardada que promueven Podemos y PSC dependerá de la capacidad del Gobierno para hacer que se respete la Constitución –de aquí a fin de año– o de la fortaleza de Ciudadanos –si hay alternancia en diciembre– para impedir reformas irreversibles. Los resultados de las elecciones catalanas, desde este punto de vista, nos colocan al borde del precipicio. Podía haber sido peor.

Artículo en: http://www.libertaddigital.com/opinion/luis-herrero/al-borde-del-precipicio-76792/

LA LIBERTAD DE OBLIGAR A LOS DEMÁS

Artículo de Ignacio Aréchaga publicado en Aceprensa el pasado día 22 de septiembre

El 10 de diciembre entra en vigor en Quebec la ley que autoriza a un médico a practicar la eutanasia a un paciente que libremente la pida y esté en una condición grave y con un sufrimiento intolerable. La condición del enfermo no tiene por qué ser terminal y el dolor puede ser también psicológico, según determinó este año una sentencia del Tribunal Constitucional que autoriza el suicidio asistido.

En Quebec estaba ya todo a punto. El Colegio de Médicos había preparado unas directrices y un protocolo con las instrucciones a seguir para la inyección letal. Pronto tendrán los médicos los “kits de eutanasia”.

Pero en medio de lo que parecía un consenso social, ha caído como una bomba la postura de los 29 centros de cuidados paliativos de la provincia canadiense, que han declarado que no practicarán ningún acto de eutanasia. Los médicos alegan que es incompatible con la filosofía y los valores de estos centros, ya que la eutanasia no es un cuidado paliativo ni una cura.

Theresa Dellar, directora del West Island Palliative Care Residence, ha declarado a la prensa que su clínica no quiere saber nada con la eutanasia: “Nuestra filosofía incluye proporcionar confort, cuidados y dignidad a las personas durante el fin de su vida y permitir que llegue la muerte natural”. De acuerdo con su experiencia, la directora explica que “cuando los síntomas y el dolor son debidamente tratados, las personas pueden morir de un modo digno”.

También los médicos del Hospital Universitario de Montreal se han expresado contra la eutanasia.

Están en su derecho. La ley reconoce la objeción de conciencia de los médicos. Y los centros de cuidados paliativos son independientes desde el punto de vista legal. La misma ley sobre el fin de la vida reconoce que “los centros de cuidados paliativos determinan los cuidados de fin de vida que ofrecen en sus locales”.

Sin embargo, el Ministro de Sanidad de Quebec, Gaétan Barrete, se ha tomado muy a mal que los objetores ejerzan su derecho, que él ha calificado de “obstruccionismo”. Les acusa de “querer obligar a los pacientes alojados en sus instalaciones a tener que irse a otra parte para tener acceso a la ayuda médica a morir”. En realidad, es él quien quiere forzar a los centros a hacer lo que no quieren, pues ningún paciente está obligado a ir a uno de estos centros para morir.

Pero se comprende su irritación. Le molesta que el sector más dedicado y competente sobre los cuidados en el fin de la vida, considere que la ley es innecesaria.

También le fastidia que se haya roto lo que se había presentado como fruto del consenso social. En el largo debate parlamentario, la oposición al suicidio asistido se había descalificado como un signo de cerrazón, pero ahora se descubre que la sociedad no comulga en una única visión.

Igualmente ha saltado por los aires la idea de que la eutanasia garantiza la libertad de elección del paciente, sin obligar a nadie. Theresa Dellar ha recordado que el gobierno dedica cada año 18 millones de euros a financiar los cuidados paliativos, pero con estos fondos “se garantiza el acceso a este tipo de cuidados solo al 16% de los canadienses que los piden. ¿Cómo se puede decir que en este tema existe la libertad de elección?” Desde luego, el “kit de eutanasia” es mucho más barato.

Pero incluso esta financiación de los centros puede estar comprometida si se desmarcan de la práctica de la eutanasia. El ministro de Sanidad ha recalcado que todos los centros sanitarios públicos tienen que tener un procedimiento para proponer “la ayuda médica a morir”.

Los medios para vencer la resistencia se advierten en la amenaza que ha hecho el abogado Jean-Pierre Ménard, jurista especializado en los derechos del paciente, que ha propuesto retirar la financiación pública a estos centros si no quieren practicar la eutanasia. “No estaba previsto que las clínicas se comportaran así. Esto compromete el derecho de los ciudadanos al acceso a los cuidados”. No deja de ser curioso que el abogado califique como “cuidado” un gesto de muerte por el que el paciente deja de necesitar más curas. Pero no hay que pedirle mucha lógica. Al no poder acusar a estos centros de incumplir la letra legal, les reprocha que “así no se respeta el espíritu de la ley”. Y tras recordar que una parte de su financiación es pública, se pregunta “si como sociedad debemos continuar financiándolas”.

Se repite así un proceso bien conocido de la dictadura del relativismo. Para garantizar la libre elección de un nuevo “derecho”, hay que impedir que decidan libremente otros agentes que no quieren involucrarse en una práctica que rechazan. Si en uso de su libertad quieren mantenerse al margen, la amenaza será la retirada de la financiación pública, no porque su servicio no sea útil, sino porque “discriminan”. En cambio, discriminar en el uso de los fondos públicos no por lo que haces sino por lo que no quieres hacer, responde al espíritu del permisivismo intolerante.

Artículo en: https://blogs.aceprensa.com/elsonar/la-libertad-de-obligar-a-los-demas/

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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