Por Javier Pardo de Santayana

( Luces en la Gran Vía. Acuarela de F. J. Castro en acuarelasfjcastro. blogspot.com) (*)
El funeral ha sido tarde y salgo de la Catedral Castrense bien entrada la noche. Ferraz arriba, Madrid tiene ese aire de siempre entre zarzuelero y palaciego. Luego, Puerta de Hierro y los túneles del Pardo hasta que aparecen los cuatro grandes rascacielos que yo llamo de Florentino; una especie de islote de modernidad alzándose en el aire como un desafío al gran barrio que es, en el fondo, la capital del Reino. Y, de pronto, la luna. Una luna inmensa que llena todo el cielo con su imponente presencia de gran dama. Esta noche aparece total y dominante en una exhibición de poderío como de gran artista de la escena, pero yo veo en sus ojeras, más marcadas aún que de costumbre, una expresión de pena. La gran reina del equinoccio de septiembre tiene una dolor que no quiere ocultarnos.
Es la luna tan grande y se nos muestra esta noche tan cercana que puedo imaginar a Collins dando vueltas a su alrededor aquella noche en la que presencié la llegada del hombre desde mi casa de Puente Mayorga. Sí; ahora podemos evocarlo en todo su magnífico esplendor. Se trata del gran equinoccio de septiembre, y, sin embargo, la mayoría de los madrileños pasarán sin más del espectáculo, captada como está por las pantallas y sus mensajes enlatados.
Ya se acaba las M-40 y enfilamos la A-1 en dirección a Burgos. Ahora nuestra protagonista comienza a esconderse detrás de una nube oscura para transformarse simplemente en resplandor. Pero antes de desaparecer aún muestra un trozo que se asoma al borde como para observarnos desde lo alto. Luego retornará a la escena, pero asomando por debajo como para fisgar y ver si seguimos embobados mirándola, a la manera en que uno oculta su rostro a los bebés para – cu… cu… ¡tas! – reaparecer poco después y hacerles sonreír.
Ya andamos cerca de nuestro destino cuando topamos con otro espectáculo nocturno. Ahora son los aviones que se aproximan a Barajas. Vienen todos hacia acá; puedo ver incluso a seis de ellos simultáneamente. Uno pasa justo junto a nosotros con todas las luces encendidas. Puedo perfectamente distinguirlas. Los aviones que se acercan forman un archipiélago de luces en medio de la oscuridad nocturna; como un sarpullido de luceros que a veces forma cuadriláteros, o triángulos. Y, a medida que se van acercando, aparecen detrás de ellos algunos otros nuevos puntos luminosos, como si una multitud de luminarias se hubiera dado cita para acudir a un festival nocturno.
Luego, al aproximarse, todos ellos van transformándose en estrellas. En efecto, ya se advierte en ellos un parpadeo perceptible, y sus luces de situación pueden entonces percibirse – sobre todo las rojas, más visibles – como mínimos puntitos que se encienden y apagan intermitentemente. Observo que todos los componentes del desfile vuelan muy cerca los unos de los otros; hasta parece que pudieran saludarse o incluso chocar entre ellos; tal es la cercanía en que en esta noche mágica se encuentran.
Y pienso en la suerte que tengo de no vivir en la ciudad, donde todo esto pasaría inadvertido para el común de los mortales. Pienso, sí, en la suerte que he tenido con vivir en la ruta de las líneas aéreas, allá por donde pasan tantos sueños e historias. Al ver tantos puntos luminosos surcando la noche recuerdo que en cada momento se podría ver desde un satélite una cantidad inmensa de aviones como éstos sobrevolando la cara oscura de la Tierra y convirtiendo la faz del planeta en un inmenso globo navideño. Y, claro, parece mentira que cada uno llegue a albergar tanta gente dentro de sí haciendo cosas rutinarias, como cenar, dormir, o ver una película. Me asombra sobre todo que todos ellos, tan pequeños como yo los veo, puedan volar con tanta gente dentro y con tantos bultos y maletas; también con tanto combustible en sus depósitos. Y también la confianza que el hombre de hoy mantiene en la eficacia de una tecnología que le permite encontrar su camino en medio de la noche sin necesidad de buscar la estrella polar pese al desconcierto de la oscuridad y del silencio.
Si, es verdad que las luces de la noche engendran sueños sin quererlo. Por ejemplo, en este caso me han llevado a recordar mis vuelos de instrucción previos a la fase del vuelo nocturno. Era allá por los cielos de Alabama, y entonces me llevaban enclaustrado a ciegas en la parte trasera del avión con las ventanillas tapadas para no poder ver nada y sometido a maniobras imposibles que engañarían mis sentidos hasta que, por fin, el instructor me entregara el mando del avión: “Usted lo tiene”, me diría entonces. Y yo tenía que estabilizar el “Cessna” y ponerlo en actitud normal de vuelo. Pero, al mirar de nuevo afuera, veía yo un millar de luces sin saber a ciencia cierta cuáles pertenecían al cielo y cuales a la tierra, puesto que a simple vista parecían iguales. Todo el paisaje que yo veía entonces era, efectivamente, como un inmenso océano tachonado de estrellas luminosas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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