Apócrifo IV. 8. Más que miedo, ¡espanto!

Por Carlos de Bustamante

( “Llanto sobre Cristo muerto” del Maestro de san Pablo de la Moraleja, en el Museo de la Catedral, Valladolid ) (*)

El pequeño cortejo con Jesús muerto (aunque cierto, porque yo lo vi, no me lo podía creer), pasó muy cerquita de mi cabaña. No iban en él Myriam, ni las dos marías que la acompañaron durante la terrible crucifixión. Sí, y encima arrogantes, los fariseos hipócritas. Detrás, una escuadra al menos de legionarios.

Al primer impulso de bajar hasta el sepulcro para acompañar al Amigo en su última “correría” en la tierra, le siguió el miedo a la escolta. La que los hipócritas pidieron a Pilato, para asegurarse de la victoria definitiva sobre el impostor que les había dejado tantas veces en evidencia. Para que todos me entiendan, aunque no sea momento de bromas, por el que tantas veces se les vio el plumero ante el pueblo que le seguía.

El miedo se transformó en espanto cuando desde mi atalaya observé cómo los legionarios despejaban a punta de lanza hasta a los propios fariseos que pretendían introducirse en el sepulcro. Me quedé, quieto, petrificado; que los legionarios no se andaban con chiquitas y lo mismo te empujaban sin miramiento alguno, que te traspasaban sin piedad con las espadas o lanzas. Vi cómo los fariseos ensoberbecidos, pero no humillados, cuchicheaban no sé qué con ellos. Sellaron la piedra de entrada. Silencio, luego, sepulcral. Con el espanto dentro por todo lo sucedido, me preguntaba consternado, ¿pero qué más le quieren hacer estos hipócritas en el sepulcro si ya le han vencido con el más atroz de los suplicios hasta hacerle morir como un vulgar malhechor? Y es que, según se retiraban del sepulcro y de los legionarios, aún les amenazaban cerrando el puño y con miradas de odio.

Sólo permitieron entrar a José de Arimatea. El otrora cobarde, con audacia insospechada ahora, había conseguido bajar de la Cruz el Cuerpo de mi Dios y Señor y, con gran energía, como que les puso firmes para entrar al sepulcro a embalsamar su Cuerpo roto. Desde la entrada me hizo una seña para que bajara. Rilándoseme las piernas, lo hice. Enseguida le ayudé a introducir en la cueva la enorme cantidad de ungüentos. Horrorizado Tarsicio. Espantado con esto que también vi.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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