Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 4) (*)
Señores, les comunico que yo sí que estoy indignado de verdad.
En primer lugar estoy indignado con los indignados. Y lo estoy porque, con unas cosas y con otras, amén de con la colaboración de muchos tontos útiles, han contribuido poderosamente a hacer de España una nación ingobernable y a malograr todo el esfuerzo de los españoles por salir de la famosa crisis, ahora ya en camino de resultar un éxito tal como reconoce todo el mundo excepto nuestra oposición. Y, naturalmente, porque habiendo tocado ya el poder que tanto ansiaban, y transcurridos más de cien días de las elecciones últimas, no han hecho aún lo que se dice nada. Bueno, quizás habría que matizar esta expresión mía tan rotunda, porque sí han perpetrado más de una estupidez: han hecho sobre todo – tal como ahora se dice – “postureos” para manifestar sus odios. Han escenificado, por ejemplo, el odio contra “los borbones”. Lo que pasa es que casi todas las personas a quienes el odio se dirige están criando malvas desde hace, no digo ya decenas de años, sino siglos. O sea que, además de malos, estos indignados parecen bastante inútiles. Lo que pasa es que, lo que en realidad desean, es dejarnos sin ese Rey que a todos representa – porque representa a la Nación – y que trabaja a destajo por hacer ganar prestigio a España. Pero ya se sabe que a éstos indignados poco importa España; que lo que quieren es nada menos que “alcanzar el cielo”, es decir, el cielo del poder.
Para que ustedes calibren la endeblez de sus ideas y propuestas, recordaré a mi improbable lector que a estos indignados no se les ocurrió nada mejor que mandar a barrer las calles a los estudiantes universitarios. O sea, lo que nos faltaba después de los informes Pisa: en vez de hacer estudiar a estos muchachos para sacar a España de la ignorancia que demuestran, lo que hacemos es darles una escoba. Y añadieron otra enjundiosa iniciativa: hacer lo mismo en las escuelas, idea peregrina para la cual, hasta que se dieron cuenta de la pifia, sólo contaron con las madres a las que por lo visto aún sobra tiempo.
Hay que decir que entre estos indignados, diferenciados algunos en cuanto a sus causas y objetivos pero con igual afán de fastidiar, están los que, habiendo sacado su tres por ciento habitual, quieren ahora mayor rendimiento para sus familias por el procedimiento de romper con el resto de sus compatriotas. Y lo hacen manejando sin escrúpulos el argumento de una mentira histórica y falseando la realidad con el inestimable apoyo de los tontos útiles. Mas lo que han conseguido realmente ha sido caer en manos de un grupo de indeseables provenientes de la quema de contenedores y cuya forma favorita de expresarse es blandiendo sus sandalias. Verdaderamente ¿tan bajo hemos caído? Y nos asombra que esto ocurra aquí en España, que creíamos civilizada y vacunada de radicalismos.
Pero, ¿quién no se indigna contemplando la caterva que se nos viene encima? Es gente poco conocida pero igualmente impresentable, como, por ejemplo, esa “señora» (indudable eufemismo, puesto que parece todo lo contrario) que se jacta de haber orinado en varias renombradas vías urbanas, o sea que hace colección. O aquella sin título académico ni experiencia de gestión que nunca hizo otra cosa que un activismo demagógico. O aquel malvado que se carcajeó de unas personas mutiladas o asesinadas por los terroristas, los nazis y los violadores, revelando así una maldad profunda que no podrá disfrazar con otros gestos o palabras. Y me indigna, como es lógico, que esas machadas pasen sin recibir castigo, como ha pasado también la exaltación del crimen, la quema de retratos regios y banderas nacionales, o la exhibición de otras insignias hijas del odio y de la voluntad de destrucción.
Sí; en efecto, confieso que me indigna ver que, nada más tocado ya el poder, quienes se mostraban indignados y predicaban la corrección moral han colocado a dedo a sus amantes y sus deudos en importantes puestos. O se han permitido la chulería de premiar a quien osara profanar una capilla. Pues hace falta mal gusto y una intención perversa para desnudarse delante de un altar y, además hacerlo con incitaciones a quemar los templos como en los viejos tiempos. (Por cierto, las acabo de volver a ver, no más tarde que ayer mismo, en el exterior de la parroquia de mi pueblo). Claro que, para mayor abundamiento, tenían el apoyo de un rector de conocidos antecedentes familiares.
Todo esto le permitirá a usted comprender cumplidamente que me indigne con estos indignados como también con los llamados “tontos útiles”. Fíjese usted que, en su inamovible prioridad por cargarse al adversario por encima de todo, uno de nuestros repuestos “moderados” para la gobernación del reino – un señor muy fotogénico pero que no pasa de ahí – aventuró la idea de suprimir el ministerio de Defensa como solución a nuestros males económicos. Idea desde luego muy del gusto de nuestra desorientada progresía, mas que, con tan solo enunciarla, convierte a quien la expresa en el hazmerreír de Europa.
Para terminar diré que, aunque podría seguir con muchos otros ejemplos parecidos, los que ya he señalado parecen suficientes para justificar mi indignación ante los indignados, a los que, como ven, me permito añadir los tontos útiles, que deben ser legión. Tan solo cambiaría quizás el encabezamiento de este artículo, añadiendo que mi preocupación por el futuro me obligará a incluir en mi fundada indignación a lo que llamo “cofradía de la malababa” y a los desleales, liantes, aprovechados y listillos – cuya mayoría pertenece a aquélla – amén de otras especímenes cuya maldad o simple estupidez están contribuyendo poderosamente a que yo me sienta tan incómodo.
La verdad es que con lo majos que me parecen casi todos mis conciudadanos en el trato normal y diario… ¡también es mala suerte que los que más odian e incordian estén tocados por la vocación política!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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