Tesoros ocultos

Por Javier Pardo de Santayana

( ¿Està Vmd… pues, Como dígo… eh! Cuidado! si nó… Capricho de Francisco de Goya y Lucientes. Estampa de la edición de 1799. Aguafuerte y aguatinta bruñida y punta seca. Museo del Prado. Pintura.aut.org) (*)

Desde luego yo no tengo gran problema para encontrar asuntos con que ocupar mi tiempo. Al simple roce con las noticias matutinas o al correr las persianas y ver entrar el sol ya me ha surgido a veces una idea. Pero no sé por qué lo que de verdad estimula mi mente es la ducha matutina. Entonces me baila una frase que puede dar lugar a una poesía, recuerdo, por ejemplo, que me quedó pendiente una consulta a Google, o me apetece empuñar un lápiz para ilustrar un cuento. Incluso, como hoy mismo, puede bien ocurrírseme un tema para el blog.

Esta vez ha sido después del desayuno, que suelo tomar de pie y aprisa, cuando he visto frente a mí, en la estantería que flanquea la chimenea, mi colección del “National Geographic”. De pronto me he dado cuenta de las muchas cosas con las que convivo pero que no exploto pese al inmenso potencial que ofrecen. Efectivamente, he caído en la cuenta de que, aun sin tomar conciencia de ello, estoy viviendo rodeado de cosas valiosísimas, como si esta modesta casa mía fuera en realidad el arca del un tesoro.

No necesitaría, por tanto, partir en busca de nuevas emociones, puesto que ya las tengo a mano y gratis; sin ir más lejos, encerradas en una colección de revistas dedicadas a explorar el mundo y sus curiosidades. Así podría revivir o seguir extrayendo de un rincón del salón un alud de posibles sugerencias que acumulé durante años a partir de una de mis estancias en América, cuando los tiempos eran de aventura y de descubrimientos espectaculares que quedarían vivos en sus páginas.

Mas aunque consiguiera dar cobijo a esta colección entre diversos álbumes y libros, unos y otros quedarían tan apretados que sería difícil acceder a un ejemplar determinado sin descabalar el resto de la instalación, así que el intentar hacerlo resultaría inútil. Además, mi mujer no me permitiría ni siquiera subirme a una escalera, cosa que por lo visto tengo vedada por mi ya avanzada edad. Y esta es la razón de fondo por la que transcurrirían demasiados años sin que yo me atreviera a bucear en la atiborrada estantería para buscar, por ejemplo, aquella revista que contaba la historia de los increíbles peces que con la marea trepan a los árboles; aquellos que luego encontraría en los manglares de la mozambiqueña isla de Inhaca, no lejos de la costa en que desovan ls tortugas y de las playas tapizadas de estrellas de mar de todos los colores. Pero hoy me ha bastado una mirada para recordar que arriba – justo enfrente de donde me siento para ver la televisión, leer el periódico o simplemente descansar – yo mismo había sembrado todo un mundo de sugerencias a la espera de que mi curiosidad las encontrara.

Sí, efectivamente, había descubierto de repente un mundo desde ha tiempo abandonado; tan sólo visitado muy de tarde en tarde. Y caería en la cuenta de que, en el fondo, mi descuido provenía de una desatención en cuyo origen bien podría estar el atasco de información que hoy me rodea y que procede de la acumulación de incitaciones transmitidas por periódicos, revistas, emisoras de radio y de televisión, conferencias y conversaciones, más la presión de mi casi permanente pasión creativa; chaparrón inclemente que acabó por acostumbrarme a sólo buscar la inspiración que necesito para matar el tiempo en los estímulos que llegan del exterior sin requerir búsqueda previa, olvidando así la silenciosa presencia de otras cosas que, a mi disposición y gratis, duermen habitualmente el sueño de los justos. Por ejemplo, el relato de las hazañas de Cortés escritas por un soldado de sus tropas: Bernal Díaz del Castillo, que sólo ojeé lo que me fue suficiente para que provocara mi fascinación. Y, poco más allá, un Tratado de Castellología con el que podría adentrarme en los misterios de nuestra Edad Media e imaginar la vida en otros tiempos. Como podría interesarme el indagar algo sobre aquel país frío y lejano que tuve la emoción de visitar más allá del círculo polar: Noruega. O curiosear sobre la tormentosa historia de la antigua Dacia, la que sería latina, luego otomana, e incluso soviética, para acabar por fin siendo europea. O investigar sobre el Fuero Viejo de Castilla o la Crónica de Veinte Reyes. Esto, claro está, sin despreciar las intrigantes estampas y dibujos de Escher, los vigorosos caprichos de Goya o las majestuosas obras del gran Rembrandt. Y así podría citar “toneladas” de asuntos intrigantes que me podrían proporcionar disfrute intelectual o artístico a partir de pensamientos un día surgidos en la mente de otros pero que bien pudieran desencadenar toda suerte de sugerencias en la mía.

Para terminar, una observación. Quizás mi improbable lector piense que lo que acabo de tratar en este artículo es algo esencialmente ingenuo; que es cosa bien sabida que los libros encierran gran sabiduría, y que la simple lectura de una página puede cambiar incluso nuestras vidas. Pero quizás sí haya caído en cuenta de que lo que yo he intentado hacer es ir un poco más allá, Quizás al leer este modesto artículo él mismo se haya identificado con lo que he venido sosteniendo; esto es, con el hecho de que a veces se descubren cosas evidentes que están a la vista pero a las que no recurrimos, arrastrados como estamos por situaciones o hechos inmediatos de nuestra orteguiana circunstancia.

Quizás, el buscar la inspiración en la lectura o en una observación curiosa más que en lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, podarnos desenganchar nuestra sesera de este día a día de nuestros pecados, que, al tiempo que nos proporciona temas tanto o más asombrosos que el de los peces trepadores, nos machaca sin piedad alguna mostrándonos el execrable rostro de la estupidez humana.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/1/618/22166999085_1b7013082e_b.jpg

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído