Por José María Arévalo

( Javier López de Uribe, académico de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, que pronunció la lección inaugural en la apertura del Curso Académico 2015-2016) (*)
El 8 de octubre pasado, en la Casa de Cervantes, Javier López de Uribe y Laya, académico de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, pronunció la lección inaugural en la solemne apertura del Curso Académico 2015-2016, con el salón con que cuenta esta institución abarrotado de público, y una conferencia que titulaba “En contra del relativismo artístico”, y que nos pareció del mayor interés y actualidad, por lo que vamos a reproducirla en sucesivos artículos. “Me he propuesto combatir el relativismo en el arte –explicó el conferenciante-, a partir de la osadía que supone la elección, y exposición ante un público entendido en arte, de mis diez obras maestras de la National Gallery, The National Gallery de Londres”. Explicó la elección de este gran Museo para proponer su selección de las obras más canónicas de un Museo dedicado a la pintura por haber tenido la inmensa fortuna de recorrer sus salas en varias ocasiones en el pasado mes de agosto y por ser un museo dedicado exclusivamente a la pintura occidental.
Empezó su disertación abordando un primer capítulo que tituló “El relativismo en arte”. “Vivimos una época en la que predomina el relativismo, tanto en la sociedad como en la cultura y el arte. Los historiadores y filósofos suelen explicar que es consecuencia del derrumbe de las utopías e ideologías que han presidido el pasado siglo XX. El relativismo sería pues el rasgo más acusado de la condición postmoderna que cabe detectar desde comienzos de la década de los ochenta. Incluso conceptos comúnmente compartidos por la sociedad occidental, como son los valores que en nuestra civilización siempre se han considerado inherentes a la naturaleza humana son puestos en duda, llegando incluso a replantear si realmente existe un derecho natural y, en consecuencia, un patrimonio de valores comunes que debamos custodiar”.
“Todo ello –continuó López de Uribe- ha afectado al mundo del arte, como comprobamos a diario en supuestas exposiciones artísticas en las que se hace ostentación de lo banal, de lo feo, de lo brutal y de lo más morboso que el hombre pudiera pensar. No está de más recordar aquí, a modo de ejemplo, la exposición de cadáveres reales plastinados, mediante una técnica descubierta en 1977 para facilitar los estudios de anatomía. Los cadáveres han abandonando las salas de anatomía y disección de las Facultades de Medicina e invadido el terreno del arte con la excusa de que también forman parte de la representación realista y verídica de la figura humana.
¿Acaso no valoramos como obras de arte –se nos dice– los dibujos anatómicos de Leonardo da Vinci? Argumento sutil y falso, pues lo que valoramos es el dibujo magistral de Leonardo, y sus manuscritos de notas y dibujos –elaborados para su uso privado– carecían de toda finalidad morbosa, al igual que carecen de ella los actuales tratados de anatomía que manejan nuestros estudiantes de medicina.

( Leonardo da Vinci. Estudios anatómicos del hombro, 1510-1511. Carboncillo, lápiz y tinta sobre papel. 28,9 x 19,9 cm. Biblioteca Real del Castillo de Windsor, Inglaterra ) (*)
Es evidente que tras estas provocadoras exposiciones se encuentra la explotación por parte de los galeristas de las tendencias más bajas y morbosas de la sociedad de masas con una finalidad mercantilista. Todo ello manifiesta una profunda crisis de valores, y con ella una crisis de lo que realmente se entiende por arte. No todo lo que se expone y atrae al público es arte. También las barracas de feria y los circos del siglo XIX atraían multitudes con la exhibición de seres humanos con graves deformidades.
Es necesario pues que los teóricos e historiadores del arte, los académicos y artistas nos propongamos combatir el relativismo artístico. Que adoptemos una postura crítica, fundada en el estudio y en el análisis del gran patrimonio artístico occidental, que en nuestros días es acosado y combatido desde diversos frentes. Se acusa al arte occidental de elitista, de no tener en cuenta las civilizaciones no europeas, de imponer un canon dogmático, o de no atender a movimientos emergentes de finales del pasado siglo.
El canon occidental
Por todo ello me siento identificado con el crítico literario neoyorkino Harold Bloom (Harold BLOOM, The Western Canon: The Books and School of the Ages, Harcourt Brace, New York, 1994), firme defensor en sus escritos de la existencia de un canon occidental, formado por las obras más excelentes de la literatura universal, entre las que, en su opinión, el Hamlet de Shakespeare y El Quijote de Cervantes ocuparían los primeros lugares.

( The National Gallery de Londres, elegida por el conferenciante para proponer su selección de las obras más canónicas de un Museo dedicado a la pintura) (*)
Son muchos los pensadores que en el campo del arte se propusieron defender los valores objetivos de calidad artística, como fue el caso del profesor inglés Ernst Hans Gombrich, quien ya en los años setenta se percató de que el gran peligro que se cernía sobre el arte era el relativismo, publicando desde entonces una serie de artículos y libros en defensa del canon occidental en el arte ( E. H. GOMBRICH, “Art History and the Social Sciences” [1975] y “Canons and Values in the Visual Arts” [1976], ambos en “Ideales e ídolos: ensayos sobre los valores en la historia y el arte”, Gustavo Gili, Barcelona 1981 [1979], pp. 156-222. También “Relativismo en las humanidades” (1985) y “Relativismo en la apreciación del arte” (1989), ambos en “Temas de nuestro tiempo: propuestas del siglo XX acerca del arte y del saber, Debate” 1997 [1991]).
En alguno de sus escritos Gombrich ha explicado cómo todos dependemos de un canon aprendido que recibimos por ósmosis en nuestro entorno familiar o docente. Nadie comienza su formación a partir de una tabula rasa; nuestro entorno social nos ofrece las primera indicaciones de aquello que tenemos que valorar, de las grandes obras de arte que debemos conocer, o de los artistas que debemos admirar. Con el paso del tiempo, cada uno seremos libres de ir alterando, incorporando o refinando ese canon recibido, según nuestros propios gustos o inclinaciones”.
Dejamos presentado este capítulo de la conferencia, “El canon occidental”, que completaremos en próximo artículo, la semana que viene, y continuaremos con un nuevo apartado, que el académico tituló “La moda de los listados”, para en otros dos artículos, las semanas siguientes, recoger lo que denominó “Diez pinturas canónicas de la National Gallery”.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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