Por Carlos de Bustamante

( La Resurrección. 1578/81. Óleo de Jacopo Robusti en la Scuola Grande di San Rocco de Venecia. 529 x 485.Foto en Pintura.aut.org ) (*)
Ora miraba a la estrella, ora al sepulcro. De pronto, noté como que el suelo se hundía bajo mis pies. Terremoto o seísmo, como demontres se llame, pero descomunal. O, asustado, eso me pareció. Ruido a continuación como el rodar de numerosas carretas. Desde mi cotarro y sin nadie a la vista, salvo la guardia de legionarios inmóviles, la piedra que, sellada, cerraba la entrada del sepulcro, rodó, sola. No vi la boca negra de lugar tan tétrico, sino una luz que para mí, Tarsicio, era familiar. Ahora es cuando, de verdad, se me cayeron todos los palos del sombrajo. Uno o dos ángeles que, deslumbrado no lo sé seguro, estaban, refulgentes, a la boca de entrada. Los intrépidos legionarios abandonaron el “puesto” despavoridos. Huyeron. Como alma que lleva el diablo. ¿Se lo imaginan? Sabrán pronto lo que ocurrió. Si Dios es servido. Como que me llamo Tarsicio.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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