Por Dios y por España

Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarelas de Jesús Lozano Saorín en artesaorin. blogspot.com.es) (*)

Ando últimamente a vueltas con los recuerdos familiares. En la antigua casa de mis padres en lo que antes conocíamos como la Montaña se conservan álbumes de fotos, libros, revistas y fotografías sueltas amén de recordatorios de tíos y abuelos. Ahí están y es cosa buena que allí sigan, pero mucho me temo que las generaciones venideras no se detengan demasiado en ellas cuando con ellas tropiecen al abrir algún cajón o rebuscar en las estanterías. Por otra parte, muchas de las fotografías carecen de indicaciones acerca de personajes que para los jóvenes serán desconocidos.

Así que este verano, instigado por uno de mis sobrinos que últimamente se ha ocupado de seguir el rastro de nuestros ancestros, y ante su entusiasmo al encontrar entre mis papeles relatos que convertían unos simples nombres en personas concretas que vivieron una realidad tanto o más interesante que la nuestra, decidí pasar fotos y documentos a mi ordenador como colección “Ilustrada” con anotaciones. Caería entonces en la cuenta de que, salvo por las antiguas fotos de estudio, la mayoría eran tan diminutas que la posibilidad de presentarlas ocupando la totalidad de la pantalla, más la vida insuflada por la información añadida y los retoques de la tecnología, cambiaban de raíz el panorama y hasta incitaban al placer de la contemplación. Luego me permití añadir a cada álbum una nota introductora.

Naturalmente, con unas y otras cosas he rememorado viejos tiempos y descubierto pequeños detalles significativos. En más de una ocasión lo que antes fue un recuerdo es ahora ya vivencia y a veces también motivo de emoción. Les hablaré tan sólo, para que lo entiendan, de una cosa concreta: la fijación de algunos recuerdos remanentes de personas cuyos nombres evocaban la guerra que entre mis tres y mis seis años viví en Valladolid, y en la que, pese a mi corta edad, fui capaz de percibir el generoso ambiente de ilusión que llevaría al sacrificio a muchos hijos de familias conocidas. Era sí, por ejemplo, una tarjeta enviada desde el frente por mi padre en la que destacaba una bandera roja y gualda como símbolo del patriotismo que dominaba por aquel entonces. O recordatorios de la Primera Comunión de parientes y amigos incluyendo el de la mía propia o la del hermano de un compadre mío de este blog. El resultado fueron muchas emociones removidas y, a veces también, la percepción de algún dolor patente.

Dolor, por ejemplo, en el recordatorio de la muerte en combate de un tío mío, joven ingeniero vallisoletano. Recuerdo cómo su madre, viuda, seguía el avance de las banderas de España en nuestro mapa de la galería de San Blas 2 duplicado, junto al Colegio de las Teresianas. Sabía que mi padre se había cruzado con él en una carretera y que el muchacho le había saludado con una sonrisa y un simpático gesto de la mano: esto es todo lo que yo siempre supe acerca de él. Ahora ya sé también que fue Capitán de una Centuria que mereció las Medallas Colectivas del Alto de León y Retamares.

Sigo seleccionando otros recordatorios y los voy pasando a mi ordenador hasta llegar a tropezar con uno muy especial. Al principio sólo me fijo en una circunstancia llamativa: es un recordatorio doble. Se ve que los caídos son hermanos, así que busco la fecha y los lugares de sus muertes. Las fechas corresponden a dos días seguidos – 14 y 15 de 1936 – y el lugar es distinto para cada uno de ellos: la avanzada del Alto del León y la reconquista de El Espinar. Me fijo entonces en su edad: tan sólo 17 y 19 años. ¡Pero qué jóvenes, Dios mío! Y sin embargo su aspecto es de hombres hechos y derechos, agraciados, de rostro noble y serio.

Entro entonces en el tema y veo que ambos muchachos eran Congregantes de María Inmaculada y Cofrades de las Siete Palabras. El de los 19 años, también socio de las Conferencias de San Vicente de Paúl, que tanta caridad ejercen, y el de los 17 Catequista de la Parroquia de San Pedro. O sea que estos jóvenes – estudiantes de Primer y Tercer curso de la Facultad de Medicina – sabían emplear su tiempo. He aquí el tipo de gente de la que yo, admirado, oía hablar por entonces en Valladolid.

Mas no pararon ahí mi asombro y mi sorpresa. Cuando al cabo de unos días se me ocurrió echar una ojeada a las jaculatorias que hasta entonces había pasado por encima, encontraría algo que refleja aún más exactamente la categoría moral de quienes se enfrentaron a la muerte con la fe puesta en Dios y los ojos enjutos. Helas aquí: ”Queda tranquila, madre. Cuando el peligro nos cerque diremos: Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”. Esto dice una de las jaculatorias del mayor. A la que se añade luego: “Ultimas palabras dichas a su madre antes de salir para Guadarrama”. Y entre las del más joven, nada menos que esto: “…Y si muero, decid tan sólo: “Dios lo ha querido. Alabado sea”. El recordatorio acaba señalando que son “palabras dichas en los días que precedieron a su muerte”.

Sí, esta fue la juventud que yo recuerdo de mis años vallisoletanos, cuando los jóvenes morían “Por Dios y por España”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/1/703/23671481905_862c2beec6_b.jpg

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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